Por Pablo Ibáñez para Ámbito Financiero. Salvo Eduardo Fellner, que asumió por primera vez a fines de los noventa, todos los que se quedan sin butaca en 2015 ascendieron, y si se quieren terminarán, en la década K: Scioli, Capitanich, Urribarri, el pampeano Oscar Jorge, el riojano Luis Beder Herrera, el tucumano José Alperovich, el sanjuanino José Luis Gioja y el mendocino Francisco «Paco» Pérez.
Un desamorado dictamen peronista, que no figura entre las «veinte verdades», advierte que cuando un dirigente bendice a su delfín, en realidad hace uso del último derecho que otorga el poder: elegir por quién quiere ser traicionado.
El 25 de octubre del 2015, el peronismo anotará su intervención número doce en una elección presidencial. Unos días antes, habrá cumplido 70 años de historia desde su iracunda y tumultuosa irrupción de 1945. Es un récord potente: sobre once disputas presidenciales, un peronista ganó nueve, que pudieron -o no-ser once si no hubiese soportado 18 años de proscripción.
Más que la estadística -esa foto del pasado que refleja más lo probable que posible- el 2015 revelará si el peronismo puede exorcizar un karma que lo persigue como un mal congénito y se nutre del complejo del delfín traidor: la incapacidad para sucederse a sí mismo.
El mandamiento peronista que reza que primero está la patria, después el movimiento y luego los hombres encuentra en su ideólogo, Juan Domingo Perón, a su refutador. A la hora de nombrar un albacea de su testamento político, Perón designó como su heredero al pueblo, a todos y todas en el dialecto cristinista; es decir, a nadie.
Carlos Menem cementó y potenció aquel pecado original cuando dinamitó las módicas expectativas de Eduardo Duhalde para vencer en 1999 a Fernando De La Rúa.
Néstor Kirchner, provocador y voraz, jugueteaba con tallar su apellido en el Olimpo político mediante la rotación sucesiva y progresiva del matrimonio en la presidencia para reinar a lo largo de 16 años.
Con la muerte del patagónico, aquella fantasía implosionó. Tres años después, las primarias del 11-A y la general del 27-O fulminaron, aunque no falten los que ensayen brujerías resucitatorias, toda utopía eternista de Cristina Kirchner.
La primera consecuencia es pura simpleza. En soledad y en retirada, Cristina tendrá que lidiar con la mácula peronista de las sucesiones frustradas y traumáticas. Ese dilema primordial es la llave mágica a los demás dilemas del peronismo próximo.
Un peronismo que puede, también, no ser.
1. SUCEDERSE A SÍ MISMO.
Perón, el último Perón, desistió de programar su ausencia irrevocable. Menem soñó con digitar una derrota como paso imprescindible para su regreso y casi le funcionó. Simuló una preferencia por Carlos Reutemann y luego montó una escenografía con Ramón «Palito» Ortega, sólo como variables para impedir que lo suceda Eduardo Duhalde.
Al final, contribuyó a la victoria de De La Rúa y en 2003 estuvo a 13 puntos de cristalizar su retorno.
Sobre aquellos dos antecedentes, Cristina Kirchner debe maniobrar hacia 2015. Días antes de ser operada, en una entrevista por TV con Jorge Rial, deslizó una pista envenenada. Aseguró que desconfía de todo el mundo, excepto de sus hijos. En clave política, la traducción es lineal: Cristina no tiene sucesor preferido.
Un axioma K sostiene que únicamente Cristina garantiza la pureza del modelo. Es la base para la hipótesis que sugiere una victoria ajena, pírrica, que opere como vindicación futura, el viejo truco del clamor. Algo así como el pueblo extrañando a Cristina y suplicándole que vuelva.
Es un concepto casi religioso que admite un plan B.
Hay tantas distancias ideológicas, modales y conceptuales entre Cristina y Daniel Scioli como las hay entre la presidente y Juan Manuel Urtubey, Jorge Capitanich o Sergio Urribarri.
Ese no parece el asunto de fondo: el imaginario K quiere encontrar más que una figura que certifique la continuidad o profundización del modelo K, una figura que acepte respetar la centralidad de Cristina fuera del poder. Es decir: no solo reconocer a Cristina como una electora determinante de su sucesión sino, también, asumirla como poder detrás del trono luego de su retiro.
Una emulación del setentista «Cámpora al gobierno, Perón al poder», o de la menos romántica pintada callejera patrocinada por Luis Barrionuevo en la que Kirchner aparecía como el «Chirolita» de Duhalde.
La mala noticia, que Cristina enunció al explicitar que no confía en nadie más que en sus hijos, es que no contempla esa variable porque sabe que es un espejismo.
Peronista al fin, Cristina conoce aquello de que elegir al delfín es elegir al traidor futuro. Al traidor conveniente.
Forma parte del posible aspirar a que el futuro presidente no blasfeme sobre su nombre -como los Kirchner hicieron sobre sus antecesores, hasta de Raúl Alfonsín en cuestiones de DDHH- o evitar que se ensañe en promover que la Justicia revise cada uno de sus actos de gobierno.
2. CAMBIO DE ERA.
No es un intríngulis que afecta solo a Cristina. En 2015, nueve gobernadores del peronismo K no pueden reelegir en sus provincias. Los que rastrean un atajo para gambetear ese fin de ciclo deben leer el freno de la Corte Suprema al artificio re-reeleccionista de Gerardo Zamora en Santiago del Estero como un indicio de que, salvo una reforma específica de la Constitución provincial, no habrá espacio para recovecos legales.
Es una encerrona, efecto colateral de los tres mandatos kirchneristas que mantuvieron cautivos a caciques en sus provincias
Salvo Eduardo Fellner, que asumió por primera vez a fines de los noventa, todos los que se quedan sin butaca en 2015 ascendieron, y si se quieren terminarán, en la década K: Scioli, Capitanich, Urribarri, el pampeano Oscar Jorge, el riojano Luis Beder Herrera, el tucumano José Alperovich, el sanjuanino José Luis Gioja y el mendocino Francisco «Paco» Pérez.
Un fin de temporada con perfume a cambio de era.
Lo que pudo ocurrir en 2011, se demoró para 2015. La sorda y germinal disputa por la sucesión que asomó tras la derrota de Kirchner en el 2009 se adormeció con la contraofensiva del patagónico y se esfumó con su muerte que reinstaló a Cristina en la cima indiscutida del poder y de las preferencias electorales.
La urgencia de perder el territorio puede agregar dramatismo y volatilidad a la conducta de los gobernadores que terminan en 2015. El ramal Tigre o la pata peronista de un Mauricio Macri silvestre pueden aparecer como tentaciones ante la cerrazón cristinista.
En principio, las prometidas PASO para encauzar la diversidad del FpV son una luz al final del túnel. Tarde o temprano, se introducirá un retoque al formato para permitir que el ganador de la primaria sea el candidato presidencial y el segundo, su vice. Ahora las fórmulas son indisolubles lo que alienta, de mínima, la conducta de «brazos caídos» de los perdedores que se quedan sin nada.
Las PASO, a su vez, son para Cristina una pastilla contra el despoder: la convivencia de dos o más ofertas dentro del dispositivo K servirá, siquiera en teoría, para evitar la fuga precipitada del mando sobre todo si la presidente finge cierta prescindencia que haga valer, sobre la hora, el peso de su dedo mágico a favor de alguno de los postulantes.
La hipótesis de la derrota autogestionada, a lo Menem, que circula como amenaza de café en usinas del hiperkirchnerismo, tiene al peronismo institucional como mayor estorbo. La decisión de desligarse de la suerte electoral de Duhalde, en 1999, trajo costos múltiples para el PJ: derrotas, jubilación sumaria de dirigentes y una crisis con muertos y un derrumbe económico brutal que, como una mala ironía, terminó con Duhalde como presidente.
La marcha al exilio suele ser solitaria. Le ocurrió a Menem en su retorno a Anillaco y a Duhalde en su peregrinación a la quinta Don Tomás en San Vicente, antes de una estadía en Montevideo entretenido con el Mercosur.
3. LA FRACTURA PERONISTA
El 27-O certificó que el pankirchnerismo administra un tercio del universo electoral. Con diez años encima, es un caudal nada desdeñable. Carlos Kunkel sostiene, desde mucho antes de las derrotas de este año, que «el modelo» tiene 30% de los votos. Es mucho pero insuficiente para garantizar el 2015. El cálculo de Kunkel puede invertirse y servir para un pronóstico perdidoso en el balotaje que viene.
La elección visibilizó una fractura del voto peronista, sobre todo en la provincia de Buenos Aires. El kirchnerismo se ilusiona con que un Macri presidencial se alimente de voluntades electorales del mismo plato de casi 45% del que comió Sergio Massa en octubre. El tigrense es una mezcla de causa y efecto: se benefició del mal clima pero, a la vez, lo multiplicó. En un dominio ultraperonista como La Matanza, el peronismo oficial perdió 100 mil votos respecto al 2011 que fueron, junto a otros que nunca votaron al kirchnerismo, al Frente Renovador. La monumental inversión del gobierno en ese municipio, donde el intendente Fernando Espinoza fue como candidato plebiscitario, apenas sirvió para arañar una victoria por 2 puntos y medio. Imposible sin capturar una buena porción de voto peronista.
Con el voto dividido, la provincia se fractura y constituye un fenómeno inusual: salvo en 2003, donde mayoritariamente apostó a Kirchner mientras que una tribu jugó con Menem y otra periférica con Adolfo Rodríguez Saá, el peronismo de Buenos Aires siempre jugó alinenado en las elecciones presidenciales.
En 2003, de hecho, el conurbano rabioso aportó el envión imprescindible para que Kirchner entre al balotaje del que, luego, Menem se bajó.
A simple vista, los caciques del peronismo del interior celebran la fragmentación porque los hace más relevantes. Partido, el peronismo de Buenos Aires, se debilita. Sin embargo, la unidad no alcanzó -salvo el ingreso por la ventana de Eduardo Duhalde en el 2002- entronizar a una figura de su matriz como presidente.
Lo paradójico sería que lo consiga dividido.
4. EL FACTOR MASSA.
En la estrategia personal de Cristina de Kirchner, la derrota en la provincia de Buenos Aires pudo demorar el vacío al evitar que 27-O brote Scioli como el candidato inevitable del peronismo oficial. Lo que vendría después estaba previsto: la entronización del bonaerense como jefe del PJ nacional y un pseudo lanzamiento en febrero desde la playa rodeado de caciques del peronismo del interior.
Ese plan quedó, por ahora, archivado. Entre todo el daño que Massa le infligió a su antigua jefa, le hizo un favor que no parece pequeño: demoró el surgimiento de herederos prematuros y únicos. No lo es Scioli, pero tampoco lo son ganadores como Urribarri y Capitanich, que lograron una cifra que parece de 2011 no de 2013. Los dos dependen del cobijo de la Casa Rosada para trascender.
Es historia vieja pero Cristina descreyó de los augures -el más contundente fue Julián Domínguez, cuya palabra fue refutada por Carlos Zannini, en Olivos, la mañana del sábado 15 de junio, una semana antes del cierre de listas- que le anticiparon que Massa sería candidato. La presidente decidió no creer para no reconocer lo que prenunciaba cualquier sondeo serio: si el tigrense jugaba tenía buenas chances de ganar.
Ahora, cabulero, el kirchnerismo celebra un deja vú como si fuese una premonición. Massa desempolvó el sello electoral Frente Renovador que usó Antonio Cafiero en los ’80 para desplazar a Herminio Iglesias por fuera del peronismo. A Cafiero la renovación le sirvió para destronar a Herminio y para ganar la provincia de Buenos Aires pero le resultó insuficiente para llegar a la presidencia.
La historia enseña. Cafiero creció por fuera del peronismo pero volvió al peronismo y perdió. Massa, que no es leído pero conoce aquellos episodios, observa el antecedente cafierista mientras reniega del corset partidario.
Tiene lustrada e intacta la medalla de haber destrozado a una superpotencia conformada por Casa Rosada, la gobernación, el PJ y 90 de los 135 intendentes bonaerense. La experiencia es una tentación para ensayar, en el formato nacional, la tercera vía.
Enfrente, Scioli se quedó sin el plus de ser el distinto en la galaxia oficial. Lo otro pero parecido que era Scioli ahora es Massa, una entidad que Zuleta define como kirchnerismo disidente.
Pero Massa tiene, como las hipótesis kamikazes del hiperkirchnerismo, enfrente al peronismo institucional. El PJ es un sistema de castas y categorías etarias al que la osadía de tigrense amenaza con jubilar o, en la variable menos dramática, convertir en empleados a sueldo.
Los jerarcas que secundaron a los Kirchner durante la última década sueñan con que el 2015 alumbre una conducción modestamente asamblearia. Para ellos, Massa no figura ahora como opción.
5. LOS CUATRO KIRCHNERISMOS.
La elección del 27-O aportó otro elemento. Consolidó la coexistencia de varias versiones del kirchnerismo, galaxia en la que aun a desgano orbita Massa, que no reniega de su pertenencia y vindica buena parte de la era K, al igual que Moyano y muchos otros.
A partir del 2012, el kirchnerismo se subdividió en cuatro kirchnerismos.
Cristina y el neocamporismo conforman el kirchnerismo oficial, que puede engordarse con las versiones no peronistas y los movimientos sociales.
Perdura, en paralelo, un kirchnerismo histórico, un nestorismo disminuido que tiene como último comandante a Julio De Vido, expresión de los pingüinos originales y primigenios.
El tercer kirchnerismo agrupa al grueso de los gobernadores junto dirigentes territoriales y sindicales que permanecen dentro del continente K pero fueron y son mirados como extranjeros.
La cuarta fracción es el kirchnerismo anti Cristina, que vindica la era pero se distanció de la presidente: ahí conviven, no juntos, desde Massa a Hugo Moyano, de José Manuel De la Sota a Mario Das Neves.
El sprint inicial de la interna por la sucesión K se perfila entre el primer y el tercer kirchnerismo. Pero para proyectar un escenario de victoria, la piedra filosofal de la supervivencia del peronismo, impone la incorporación de fragmentos del cuarto kirchnerismo.
La forma, aun a pesar de Cristina, de que al kirchenrismo lo suceda otro kirchnerismo.
Con el tiempo florecerá el próximo ismo.
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