«Divide y reinarás». El peronismo teme sucumbir en 2015 a la estrategia que ya Napoleón Bonaparte, entre otros, supo aplicar en los campos de batalla dos siglos atrás. Los caciques justicialistas sospechan que las PASO, impuestas por esta Casa Rosada pero nunca aplicadas, los divida y la oposición, en cualquiera de sus vertientes, aproveche para reinar. El reciente fallecimiento del histórico Antonio Cafiero recordó su traspié como el «Presidente que no fue» en las únicas internas pejotistas. Y reavivó el recelo ante una sangría por la herida que abrió en el peronismo la marea renovadora el año pasado.
«No nos puede pasar lo del 99», resumen los memoriosos del partido. En aquellos comicios, la interna palaciega de Carlos Menem y su pretendido heredero a la fuerza, Eduardo Duhalde, allanó el camino de La Alianza al poder, al punto de casi perder el bastión bonaerense, con su impronta del 38% del padrón electoral.
Como método defensivo, el peronismo se jacta de ser «verticalista». Por eso aguardan una bendición de Cristina Fernández de Kirchner para ordenar unas PASO detrás de un postulante nacional sin que la lucha derramada replique amores y odios al resto de los distritos.
Según El Cronista, el kirchnerismo tiene hoy un G7 de presidenciables del PJ, oficializados al otorgarles unas vicepresidencias ad hoc partidarias como parte de una estrategia de mostrar la cantera de dirigentes anti-fin de ciclo, que garanticen la continuidad del proyecto. Componen el pelotón, los gobernadores Daniel Scioli (Buenos Aires), Sergio Urribarri (Entre Ríos) y Juan Manuel Urtubey (Salta); los ministros Florencio Randazzo (Transporte), Agustín Rossi (Defensa); el senador Aníbal Fernández y el titular de Diputados, Julián Domínguez. Y a ellos hay que sumarle a Jorge Taiana del Movimiento Evita. Demasiados.
«Imagino que, de haber internas, habrá dos candidatos a lo sumo», reflexionó ante radio El Mundo Hugo Curto, el mandamás de Tres de Febrero que nadie le discute su control sobre el peronómetro. El intendente admitió algo que otros dicen a puertas cerradas pero que, si continúa el silencio presidencial sobre la próxima estrategia electoral, no dudan que le llevarán la inquietud a Cristina Kirchner a la misma Quinta de Olivos.
Unas PASO acotadas son fogoneadas por los más beneficiados en las prematuras encuestas. «Los únicos candidatos del Frente (para la Victoria) son Randazzo y Scioli. Los otros son como las fritas o la ensalada en la parrilla. Sirven solo para acompañar», ironizó, sin tapujos, el jefe de Gabinete del Ministerio del Interior, Aníbal Pitelli, en Twitter. El resto de los precandidatos no resigna sus aspiraciones, a la espera del dedo salvador de Cristina Kirchner.
Otro sector ni siquiera quiere optar entre el Yin y el Yang. Adquiere una nueva lectura el reiterado llamado a la «unidad» que expresa el PJ en cada cónclave, como el último en Moreno para celebrar el Día de la Lealtad, organizado por el matancero Fernando Espinoza. Por un lado, es una convocatoria (a través de una amnistía) para que regresen los que se fueron. Entrelíneas, la necesidad de hacer lo que siempre hizo el peronismo: encolumnarse debajo del un Elegido (a dedo).
El primero en plantear esta posibilidad, una receta kirchnerista de siempre, fue Gabriel Mariotto. «Las PASO pueden tener un candidato de consenso», aseguró el vicegobernador bonaerense en radio La Red. En junio lo dijo. Desde entonces, la idea de una oferta electoral acordada fue tomando peso en un peronismo que espera que el 2015 no sea su Waterloo.





