Perón nunca tuvo un monumento pese a que ya hay dos leyes que disponen erigirlo. Para Evita se proyectaron los bronces macizos más colosales que se puedan imaginar. Jamás llegaron a ser repujados. En cambio, los restos de Néstor Kirchner descansan en un mausoleo que vuelve insignificantes los de San Martín y Belgrano, mientras Menem, que está siendo juzgado sin dejar de ser senador, se apresta a convertirse en el primer ex presidente vivo al que se le levanta un monumento de veinte metros de altura. No hay duda: el peronismo tiene un trauma monumental. No tanto por el tamaño del trauma como por la otra acepción de este adjetivo, la que se reserva para lo relacionado con los monumentos.
Parece difícil que el escultor Juan Guzmán García saque el boceto de su modelo mirando el juicio oral por encubrimiento del atentado a la AMIA por televisión. Tarea dura la suya, esculpir a un prócer vivo que a la vez es un imputado importante –el estadista riojano; en simultáneo, el presunto encubridor del terrorismo– y tallarlo más alto, más fornido que ninguno. Le hizo ese encargo –a ser abonado por el peculio provincial riojano–, un entusiasta gobernador kirchnerista, Luis Beder Herrera. Seguramente lo saben en Bolivia, el kirchnerismo no paró de recordar a Menem durante diez años seguidos. Una catarata de insultos que aflojó de súbito cuando el senador empezó a colaborar con la no del todo autosuficiente bancada oficialista a cambio de un alivio en sus causas penales.
Oriundo de Cochabamba, admirador de Rodin, Guzmán García tiene más experiencia con dinosaurios que con políticos vivos, pero el haber sido seleccionado para esculpir a Menem fue algo ajeno a su dominio del Cretácico. Ya había hecho un par de trabajos para La Rioja, los de Chacho Peñaloza y Facundo Quiroga. La escultura de Peñaloza sólo alcanza los 10 metros. Con el pedestal llega a 17. En su momento la llevaron de Bolivia a La Rioja en un camión de 13 metros de largo, en 16 partes. Un agotador viaje de ida que sólo al sufrido de Colón podría darle envidia, luego de traquetear malherido de la Casa Rosada a la Costanera cuando Cristina Kirchner ordenó que lo sacasen de su vista.
Nuestro Menem de bronce (quizá también aluminio, cerámica, fibrocemento y mármol cultivado reforzado con fibra de vidrio e inyectado de poliuretano) necesitará un camión, huelga decirlo, más largo para llegar a Anillaco, el destino final. Sin embargo, antes que la envergadura del homenaje lo singular es el adelanto de la trascendencia. Como Evita, Menem ha podido opinar sobre su propio monumento. Privilegio faraónico.
Evita ordenó hacer en la Plaza de Mayo el monumento más alto del mundo, que se viera de todas partes, como la Torre Eiffel. Iba a ser “para los descamisados”. Durante la discusión el proyecto viró, con su venia, a sepulcro. Debería parecerse a la tumba de Napoleón, se decía. Esa idea se tradujo en ley el 26 de junio de 1952. Pensaban correr de nuevo la Pirámide de Mayo. Pronto se apersonaron los inconvenientes de escala. Para mejorar la perspectiva visual Héctor Cámpora propuso demoler varios edificios, como la intendencia, pero se prefirió relocalizar el proyecto en Palermo.
Tras la muerte de Evita hubo casi tres años de discusiones sobre el tamaño que debían tener su monumento y el de Perón, también estipulado por ley. Por fin, en 1955 Perón mismo puso la primera cucharada de cemento. Vino la Revolución Libertadora y en una noche llenó el pozo, lo único que había. En ese mismo lugar, al lado de la Facultad de Derecho, a José López Rega se le ocurrió plantar en 1974 el Altar de la Patria, otro mausoleo descomunal, que no sería sólo para Evita y Perón sino también para San Martín, Rosas, Facundo Quiroga y para él mismo. Pero esta obra, que durante largos meses obligó a un rodeo en la avenida Figueroa Alcorta, se encontró con un par de contratiempos que contribuyeron a marcar la época. Cuando los excavadores se toparon con la base de hormigón del primitivo mausoleo de Evita, al que algunos todavía seguían llamando Monumento al Descamisado, rompieron sin querer la cloaca mayor de Buenos Aires. Los más ácidos comentarios antiperonistas se desenfrenaron.
En 1976 se repitió la historia. Los militares liquidaron el proyecto, que languidecía. Videla ordenó cerrar el pozo y sacar de la residencia de Olivos el féretro de Perón, enviado a Chacarita, y el de Evita, que desde entonces está en Recoleta. Un cuarto de siglo más tarde el presidente Duhalde impulsó la construcción de un mausoleo en San Vicente, en la quinta de fin de semana de seis hectáreas de Perón y Evita, donde Isabel Perón estuvo detenida entre 1978 y 1981. Néstor Kirchner terminó la obra en 2006, pero no asistió al traslado de los restos del general, zarandeados con previsible ira macabra. Precisamente las hermanas de Evita consideraron que para el cuerpo embalsamado de ella el trajín ya había sido suficiente. Por eso el espacio previsto para la segunda esposa de Perón en el Mausoleo de San Vicente está vacío.
El mausoleo de Kirchner resultó lo opuesto. De origen privado, si así se entiende una donación del agradecido contratista de obra pública Lázaro Báez, batió un récord de velocidad. Al año de la muerte estuvo listo. Con sus dos plantas, 13 metros de largo, 15 de ancho y 11 de altura, es más grande que los sepulcros de Kennedy, Gandhi, Churchill, Luther King y la madre Teresa de Calcuta.
Se ignora si Menem expresó alguna voluntad relacionada con su futuro monumento. En todo caso, los territorios natales periféricos parecen fértiles a la megalomanía. Para el peronismo, que en 1951 reemplazó los nombres de dos provincias por los de la pareja gobernante y regó con sus estatuas todo el país, venerar jefes propios es una pulsión tribal, y antes que nada supralegal. Lo atestigua hoy Néstor Kirchner, de cuya muerte no pasaron los diez años que desde el siglo XIX exige infinidad de normas para poder ser calle, plaza o central atómica. Una ley de Frondizi, la 14.467, prohíbe “rendir homenaje a personas vivientes con estatuas o monumentos”. Como esa ley refrendó un decreto de la Libertadora, el peronismo la burla con jactancia.
Al renovar el rito, el beneficiario Menem podrá ahora comparar su estatura con la sombra de su bronce.
Por Pablo Mendelevich para La Nación



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