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A 12 años de la resolución 125: cómo fue la noche de Teresita Quintela y Menem

Este 11 de marzo se cumplen doce años de la publicación oficial de la resolución125/2008 dictada por el Ministerio de Economía de entonces, conducido por Martín Lousteau, durante el primer mandato de la presidenta Cristina Kirchner. Era el texto que intentó imponer las retenciones móviles a la exportación de soja. Los representantes de los productores del agro rechazaron la medida.

El conflicto escaló con una huelga de productores y actos y discursos del oficialismo cada más vez radicalizado. El campo rompió vínculos con el peronismo que aun no pudo recomponer. Todo terminó, o volvió a empezar de otro modo, tras la noche en la que el Senado votó en contra del Proyecto de Ley de las retenciones móviles. Se trató de una sesión espectacular, con detalles todavía desconocidos, que suele centrarse en el foco final, el voto del desempate del vicepresidente Julio Cobos.

El titular del Senado solo tiene la potestad de votar ante un empate entre los legisladores que definen las leyes en el recinto. Clarín reconstruyó el escenario menos conocido de aquel día inolvidable para la política nacional. Se trata de la operación que culminó con el empate, 36 a 36, entre los senadores que estaban a favor y en contra del plan oficial que había cohesionado a los ruralistas de diversos sectores y con patrimonios y trabajos variados y variables. Cobos votó esa madrugada porque desde muy temprano pasó de todo.

La hija del senador Carlos Menem, Zulemita, tuvo un rol crucial. El hermano de Menem, Eduardo, también. La familia de Cobos, quienes lo acompañaron en el Congreso, también. Una de sus hijas estudiaba veterinaria y había sufrido un pequeño accidente cuando se le cayó una vaca encima. Literal.

Cobos fue a este día leal a la Presidente Cristina Fernández. Luego un “traidor” imperdonable. La sesión estuvo al borde de suspenderse cuando el vice sabía que votaría en contra de la Casa Rosada y le transmitió a los Kirchner que podía pedir un cuarto intermedio para consensuar un nuevo proyecto. El jefe de la bancada del oficialismo, Miguel Ángel Pichetto, le avisó a Cristina Kirchner a medianoche que el empate era una posibilidad muy concreta y le informó sobre el pedido del vice apoyado por opositores. Su intransigencia y el final abierto las resumió en una frase corta y lapidaria: “Miguel, ordená que se vote y que cada uno se haga cargo después de lo que pase”.

Funcionarios nacionales, entre los que se encontraba el entonces jefe de Gabinete, Alberto Fernández, se desesperaron cuando confirmaron la paridad en la votación. Fue alrededor de las ocho de la noche, confirmaron fuentes inobjetables de aquel viejo oficialismo K. Cobos desempató a las 4:25 de la madrugada. Los jefes parlamentarios de la UCR tuvieron la certeza de iban a llegar junto a legisladores aliados a los 36 votos para empardar la votación doce horas antes. Guardaron el secreto lo máximo que pudieron.

En esas horas intermedias se ausentó un senador que ellos consideraban como propio y volvió después de internarse en una clínica por una neumonía. Era Carlos Menem. A veces, o tal vez siempre, operar en política es igual a jugar al truco, poker, o ser parte del mundo del espionaje. Vale mentir, confundir, callarse, hablar de más a propósito, o todo lo mismo pero en contrario. Como dice un dicho popular: “¿El secreto del éxito? El secreto”. Así fue la trastienda de la “Operación Empate”. Aquella noche la política argentina cambió. El país temblaba.

El jefe de bloque de los radicales era Ernesto Sanz. El del PJ, Miguel Ángel Pichetto. Los cálculos de la oposición cuando llegaron los legisladores al Congreso era que perderían la votación 37 a 35. El peronismo tenía más esperanza. 38 a 34. La primera senadora que acercó los números en favor de la oposición fue la riojana Teresa Quintela. A último momento le avisó a Pichetto que su voto sería en contra del proyecto de las retenciones.

Todo iba a cambiar a las cuatro de la tarde.

A esa hora llegó desde su provincia, Santiago del Estero, el radical K Emilio Rached.

Hay que poner en contexto el escenario político del 2008.

Néstor Kirchner había logrado dividir a la UCR. Cobos era el vice de Cristina Fernández.

Su relación con su coprovinciano Sanz estaba cortada.

Lo mismo con el resto de la bancada radical.

Rached pertenecía a ese nuevo espacio del partido de Alem que militaban junto a los Kirchner.

Rached, incluso, había sido vicegobernador de quien aún sigue al mando de su provincia pero transformado en un K radicalizado, Gerardo Zamora.

Rached llegó en avión de línea sobre la hora a la sesión.

Santiago del Estero, como casi todas las provincias argentinas, tiene buena parte de su economía basada en el agro.

¿Cómo volver al pago chico si se votaba en contra de los productores rurales, muchos de ellos amigos de toda la vida de los legisladores?

La Argentina empezó a “agrietarse” con el conflicto con el campo. La lógica de amigos y enemigos irreconciliables se gestó en aquella “guerra gaucha”.

Rached llegó al Senado y entró por una puerta lateral.

Le avisó a Cobos, a solas en su despacho, que su voto había cambiado y acompañaría a la oposición.

El empate empezaba a gestarse, aunque faltaba mucho tiempo aun para que se concrete.

Desde una habitación en un lugar secreto, Rached llamó a Sanz y a Gerardo Morales, senador y titular del Comité Nacional de la UCR. Encerrados los tres en ese ambiente, les comunicó que votaría junto a ellos. Sanz y Morales no podía creerlo.

Contaban a Rached como un voto oficialista. El trío acordó que la novedad se guardaría en secreto.

Rached fue aislado y aguardó hasta el momento que pudo en esa misma habitación inhabitual para él. Los radicales, hábiles conocedores de sus rivales peronistas, en medio además del apogeo del poder, acordaron con el santiagueño que estaría “guardado” sin tener siquiera acceso a su telefóno. Los llamados desde la Quinta de Olivos o desde la Gobernación, incluso de familiares o amigos “tocados” por la política podrían funcionar como presión en su contra.

Esta reconstrucción se realizó gracias al aporte de fuentes que protagonizaron los hechos, pero que prefieren no jactarse de la “Operación Empate” en declaraciones públicas.

El país hervía.

Sanz no cabía en su cuerpo de la felicidad pero sabía que debía ser cauto.

Acudió entonces a la ayuda, una paradoja, del ex senador con mayor experiencia de la Cámara alta, y quien más conoce del reglamento parlamentario. Es Eduardo Menem, el hermano de Carlos, quien fue su vice durante muchos años. Menem es el autor del único libro de Derecho Parlamentario de la Argentina.

El radical quería saber qué escenarios se abrían ante un empate entre los votos de los legisladores en el recinto.

Las opciones estaban claras y eran muchas, aunque hoy parezca lo contrario.

Sanz manejó todos los escenarios posibles con el Menem que estaba en el llano. Una opción era que, ante el empate, el vice definiera con su voto y todo terminase allí. Otras dos opciones casi ocurren.

Ante el empate de la votación en el recinto, el reglamento permite que pueda pedir un cuarto intermedio. Y la tercera posibilidad, que se intentó concretar desde el oficialismo, es que el vicepresidente esté ausente al momento de votar. Si eso hubiese pasado, el presidente provisional del Senado, José Pampuro, debía presidir la sesión y su voto valdría por dos: uno como senador, otro como titular del Senado en ese instante crucial.

El secreto de Rached se rompió alrededor de las ocho de la noche.

El senador por La Pampa, el hoy fallecido Pablo Verani, visitó a las ocho de la noche el despacho de Pichetto. Él le transmitió la posibilidad de que Rached votase con la oposición.

Pichetto entendió entonces que la sesión podía terminar mal.

Aunque Verani también lo tanteó para acordar que se pasase a un cuarto intermedio para negociar un nuevo proyecto de las retenciones a la soja con un techo de impuestos de alrededor del 40,5 por ciento.

Pichetto llamó a Olivos.

La orden de Cristina y Néstor Kirchner era que no se tocaría una coma del proyecto que estaba por votarse.

La angustia llegaba a la bancada peronista.

Pero también invadió de golpe a los radicales y sus aliados.

Pasaban las ocho de la noche cuando el secretario parlamentario, Manolo Casals, llamó a Sanz para hacerle un comentario.

“¿Qué pasó, Manolo?”, preguntó el jefe de bloque de la UCR.

Casals, según fuentes que vivieron esa noche dentro del recinto, estaba blanco, pálido: “Ernesto, se fue Carlos Menem. Dejó ‘La Casa’, no está”, le contestó el funcionario parlamentario con la jerga del Congreso.

Sanz no podía creerlo.

Se convenció con un nuevo dato sobre la novedad que hacía perder la “Operación Empate”: Menem había dejado un papel para que los taquígrafos incluyeran en el diario de sesiones a su discurso, que él no daría aunque sí quería que constase en los documentos oficiales.

Sanz desesperó.

Apeló entonces a sus aliados del PJ pro campo. Llamó al senador Adolfo Rodríguez Saá, amigo de Menem, para preguntarle por él. Adolfo no sabía nada pero quedó en averiguar llamándolo a su hermano, el gobernador de San Luis, Alberto. Éste último se sorprendió con la noticia.

El jefe de bloque de los radicales apeló entonces, una vez más, a Eduardo Menem.

Habían analizado juntos el escenario posible en esa votación crucial y ahora había desaparecido su hermano.

Eduardo Menem también se asombró cuando escuchó que el ex presidente y legislador había abandonado el recinto.

Pero calmó a Sanz asegurándole que había una persona en el mundo que sabía todo sobre el otro riojano que hizo trascender al peronismo provincial llegando al poder central. Era su sobrina, la hija de Carlos, Zulemita Menem.

Diez minutos después, sonó el celular de Sanz. Era Zulemita, con quien jamás había hablado en su vida.

“Senador, estoy con el ‘Papi’ en el Sanatorio Otamendi, tiene una neumonía…”.

Sanz replicó, cortés y apesadumbrado: “¿Y qué hacemos con el ‘Papi’, Zulemita, lo necesitamos para la votación”.

Ella, curtida también en mil batallas políticas, lo calmó: “Quédese tranquilo, ahora le dan una inyección y lo llevo de nuevo al Senado. Lo único que le pido es que la votación se haga a la una de la mañana porque no sé si él va a aguantar más horas como está”.

El empate se volvió a asegurar cuando Menem volvió con Zulemita al Congreso.

Rached salió de su “confinamiento” preventivo y dio un discurso que dejó en claro que votaría en contra del oficialismo.

Menem apareció en el hemiciclo de la Cámara alta a las tres de la madrugada.

Se lo veía muy blanco y tenía tos.

Cada vez que tosía tanto Gerardo Morales como Sanz se miraban en silencio, con miedo.

Afuera, el país estaba en vilo.

Alrededor de medio millón de manifestantes pro campo esperaba el final votación. En una escenario veían todo por televisión los representantes de la Mesa de Enlace.

Los militantes peronistas y los K más radicalizados estaban en las afueras del Congreso. En la Plaza de Mayo.

Cristina Fernández se fue a dormir. Su marido, Néstor Kirchner, siguió por televisión y operó hasta el final para dar vuelta el resultado.

Sanz supo que los análisis de Eduardo Menem habían sido perfectos cuando le acercaron un papel para informarle que Cobos, con quien él estaba muy peleado, estaba encerrado en su despacho con varios Fernández que intentaban ausentarlo del momento de la votación: eran Alberto Fernández, el ministro Aníbal Fernández, y el senador Nicolás Fernández, mano derecha en esos tiempos de Cristina.

Sanz debía cerrar después de que hablase el último senador no oficialista porque era el jefe de la bancada más numerosa de la oposición. Apeló entonces a una estrategia improvisada: pidió, a través de su exposición, que apareciese el vicepresidente, ya que no estaba al frente de la sesión. Aunque estaba enemistado con él, lo elogió, y fue muy firme e insistidor para que el hombre que desempataría ese 36 a 36 aparezca de una vez. La presión fue tanta que Cobos logró que salir de la charla cada vez más intensa con los Fernández para terminar con esa sesión frenética. Aun así, le mandó a decir a Pichetto que si él le daba su aprobación, pediría un cuarto intermedio para cambiar el proyecto de las retenciones y que se votase otro día.

Fue por esa cuestión que el discurso del vice se hizo tan largo y parecía indefinido cuando empezó a hablar.

Pichetto debía responderle mientras él hablaba si aceptaba o no su propuesta.

El jefe de los senadores peronistas le dijo entonces una frase bíblica de la que hoy no está muy convencido de haberla usado, según le contó a Clarín: “Haga lo que tenga que hacer, pero hágalo rápido”.

Pichetto dice hoy que el voto de Cobos fue tal vez un buen final para pacificar un país que en las calles palpitaba riesgos.

Escuchó a Cobos moviéndose en su banca con un estilo similar, aunque no parecido, al solía apelar, cunado era más joven, el cantante de rock Iggy Pop, alias “La Iguana”. A Clarín le consta que Pichetto desconoce quien es Iggy Pop. Incluso no recuerda sus movimientos corporales ondulantes mientras movía su banca escuchando a Cobos. El ex senador percibe en sus recuerdos que estaba calmo, pero ansioso porque sabía que su Gobierno perdería una votación increíble.

Sanz, a pesar de que convocó casi con desesperación a Cobos, no sabía cómo votaría tras el empate. Entendió que no le haría caso a la Presidenta porque por alguna razón había sido casi encerrado por los Fernández.

La intuición le dio la razón.

Cobos votó en contra, como dijo tras pronunciar su célebre: “Mi voto no es positivo. Voto en contra”.

La política se hace con palabras, con diálogos, acuerdos, enfrentamientos, acciones concretas, movilizaciones, gestos, fotos, por televisión, por teléfono, cara a cara, arriba de aviones, autos, ascensores, en un baño, en despachos y bancas de las sedes de los tres poderes del Estado, y con los votos del electorado. En política se gana todo, o se pierde todo, porque también, y sobre todo, el resultado de sus métodos de resolución más democráticos es también matemáticas.

Fuente: Clarín

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