El presidente de la Cámara de Diputados es el artífice de la nueva mayoría oficialista que absorbió al PRO y a la UCR. Mientras La Rioja queda rodeada por la nueva «liga de la gobernabilidad», el senador Fernando Rejal se despega del kirchnerismo y expone las fisuras del PJ local.
Pasó el temblor electoral del 26 de octubre y, a un mes de las urnas, el mapa político nacional muestra a La Rioja como el epicentro de dos realidades antagónicas. Por un lado, Martín Menem se erige como el arquitecto clave de la gobernabilidad de Javier Milei, «fagocitando» aliados para blindar el Congreso; por el otro, el gobernador Ricardo Quintela queda cada vez más encerrado en una isla opositora, rodeado por vecinos que ya pactaron con la Casa Rosada.
Fueron semanas frenéticas en los despachos del Palacio Legislativo. Mientras Patricia Bullrich reclutaba heridos del PRO, los riojanos Martín y Lule Menem se dedicaron a la tarea fina: desarticular al peronismo y negociar sin intermediarios. El resultado es un oficialismo que, tras las legislativas, se encamina a ser la primera minoría con 92 integrantes y un quórum que ya no depende de la «buena voluntad» del centro político.
La estrategia de los Menem fue quirúrgica: borrar a los intermediarios —rol que supo ocupar Miguel Pichetto— y hablar directamente con los gobernadores. Así nació la «liga de la gobernabilidad», un bloque pragmático integrado por mandatarios peronistas que decidieron colaborar. Allí están el tucumano Osvaldo Jaldo, el catamarqueño Raúl Jalil y el santiagueño Gerardo Zamora. Quintela no está invitado a esa mesa.
La soledad del “Gitano” y la rebeldía de Rejal
El gobernador riojano quedó clasificado en la «liga opositora», resistiendo junto a Axel Kicillof, Gildo Insfrán y Gustavo Melella. Sin embargo, el frente interno de Quintela muestra grietas que llegan hasta el Senado de la Nación y amenazan su conducción.
El senador nacional por La Rioja, Fernando Rejal, dio la nota esta semana al ausentarse de la cena de «unidad» del PJ en la sede de la calle Matheu. No fue un descuido. Rejal forma parte del bloque Convicción Federal, un espacio que marca distancia de la conducción de Cristina Kirchner y que se muestra reacio a seguir órdenes verticales.
«Puros, el que piense distinto que se vaya. Me parece que ese es el mensaje de hoy», se escuchó en los pasillos del Congreso como queja de este sector disidente. La ausencia de Rejal en la mesa peronista es una señal de alerta para el Panal: el senador, otrora alfil de Quintela, empieza a jugar con autonomía en un Senado donde José Mayans hace malabares para que el bloque no implosione y baje de los 28 a los 22 integrantes.
El cerco regional
La situación de La Rioja es compleja. Sus vecinos geográficos ya cerraron filas con la Casa Rosada a cambio de obras y gestión. La inminente incorporación de los cuatro diputados catamarqueños de Jalil a las fuerzas del cielo —a cambio, se dice, del control de Yacimientos Mineros de Agua de Dionisio (YMAD)— termina de cercar a la provincia.
Mientras Martín Menem ordena desalojar al radicalismo de sus oficinas en el segundo piso del Congreso —un símbolo del fin de los privilegios de los partidos tradicionales—, también teje las redes para que la billetera nacional fluya hacia quienes garanticen votos.
En este esquema de «gobernabilidad sí, cheque en blanco no», Milei se da el lujo de gobernar con los gobernadores aliados (como Cornejo o Frigerio) y los nuevos conversos del peronismo. Quintela, por ahora, se mantiene al margen de esos beneficios, apostando al desgaste de un modelo económico que, según las encuestas de Aresco, mantiene un núcleo duro de esperanza del 41%, aunque la paciencia social es una mecha corta.
La pregunta que sobrevuela en La Rioja es cuánto tiempo podrá sostenerse la postura de confrontación total cuando los operadores libertarios —nacidos y criados en la misma provincia— tienen ahora la llave maestra del Congreso y el teléfono directo con Balcarce 50.





