La vicegobernadora Teresita Madera y el intendente Armando Molina encabezaron la emotiva despedida de las imágenes del Niño Alcalde y San Francisco; en un clima de tensión nacional, el oficialismo provincial buscó en la tradición religiosa un mensaje de unidad para blindar el tejido social en el inicio de 2026.
El ciclo de las festividades más importantes de la fe riojana llegó a su fin este sábado. En una ceremonia cargada de simbolismo, que trasciende lo litúrgico para convertirse en un hecho político de masas, la vicegobernadora Teresita Madera y el intendente de la Capital, Armando Molina, despidieron las imágenes sagradas tras las celebraciones del Tinkunaco. Lejos de la pirotecnia verbal de la política nacional, la cúpula del gobierno provincial optó por un repliegue identitario y un llamado a la concordia social para afrontar el año que comienza.
La tradicional despedida frente a la Iglesia Catedral marcó el epílogo de días intensos donde el poder temporal y el espiritual se entremezclan. Madera, quien ocupó el centro de la escena institucional, definió el evento como un refugio de identidad local frente a la crisis externa.
El ruego por un año complejo
La vicegobernadora vinculó directamente la bendición religiosa con la estabilidad de los hogares riojanos, en un 2026 que la gestión de Ricardo Quintela anticipa como desafiante en materia económica.
«Después de compartir la gracia y el amor de este encuentro tan nuestro, despedimos las imágenes sagradas pidiendo que su bendición abrace a cada familia y acompañe a nuestro pueblo durante todo este 2026», expresó Madera. La funcionaria puso el énfasis en el concepto de «encuentro tan nuestro», una reivindicación del federalismo cultural y la autonomía de las tradiciones provinciales.
La tríada de Molina: Paz, Fe y Esperanza
Por su parte, el intendente Armando Molina, figura clave en el territorio capitalino, estructuró su mensaje sobre tres ejes rectores que el oficialismo busca instalar como paraguas de contención social. Al narrar el momento en que las figuras retornaban al templo, Molina utilizó mayúsculas para graficar la intensidad del pedido.
«Hoy despedimos las imágenes de nuestro QUERIDO NIÑO ALCALDE, acompañado por SAN FRANCISCO en su estadía en la IGLESIA CATEDRAL», relató el jefe comunal, para luego rematar con una síntesis de los deseos de la administración local: «PAZ, FE y ESPERANZA».
La insistencia en la «paz» no es casual. Ocurre en la misma jornada en que el gobierno provincial condenó la violencia en Venezuela y denunció la asfixia financiera de la Nación. Para el quintelismo, el cierre del Tinkunaco funcionó como una tregua simbólica y una recarga de legitimidad popular, apelando a la mística del Niño Alcalde —la máxima autoridad simbólica de la ciudad— para pedir calma y unidad ante las turbulencias que promete el nuevo calendario político.





