El intendente de la Capital se mostró junto a los Heraldos del Evangelio y guías de la Catedral en la plaza principal. En medio de la tensión política y social, el jefe comunal buscó una foto de unidad y “respeto” bajo el paraguas de la máxima celebración religiosa de la provincia.
En un enero marcado por la incertidumbre financiera y la rosca política interna del peronismo, el intendente de La Rioja, Armando Molina, apeló a la liturgia religiosa para enviar un mensaje de institucionalidad. En el marco de las celebraciones finales del Tinkunaco —el tradicional encuentro entre el Niño Jesús Alcalde y San Nicolás de Bari—, el jefe comunal encabezó el acto protocolar de izamiento de banderas, rodeado de sectores eclesiásticos y grupos conservadores.
La actividad, que tuvo lugar en el corazón político y religioso de la ciudad, sirvió para que Molina ratificara su alianza con la tradición católica, un factor de poder ineludible en la provincia. “Izamos nuestras banderas junto al Grupo de Liturgia, Heraldos del Evangelio y los Guías de la Catedral”, detalló el mandatario municipal, visibilizando a los actores que custodian la fe en la capital.
Unión y devoción en tiempos de crisis
El gesto de Molina no se limitó a lo ceremonial. En un contexto donde la política suele estar bajo fuego, el intendente buscó cobijarse en los valores del Tinkunaco, una festividad que históricamente simboliza la paz y el acuerdo entre partes en conflicto. “Nos unimos en este gesto de respeto y devoción, honrando nuestro Tinkunaco”, expresó Molina, utilizando palabras clave como «unión» y «respeto» que contrastan con la virulencia del debate político diario.
La presencia de los Heraldos del Evangelio, una asociación internacional de fieles de derecho pontificio conocida por su perfil tradicional, junto a los Guías de la Catedral, dotó al acto de una solemnidad particular. Para el Palacio Municipal, mantener aceitados los vínculos con la Iglesia y sus movimientos laicos resulta vital para garantizar la paz social en un inicio de año complejo.
Con este movimiento, Molina intenta cerrar la temporada de fiestas religiosas mostrando cercanía con la curia y apropiándose, desde la gestión, de los rituales que definen la identidad riojana, intentando que la «devoción» funcione como un bálsamo ante las urgencias de la gestión.





