El 10 de diciembre de 1983, Raúl Alfonsín encarnó la reconquista democrática y echó a rodar una colosal rueda libertaria que, a pesar del intento de algunos nostálgicos, ha resultado imparable. Tan imparable que empujó la historia hacia la gloria con aquella célebre alocución final de Julio Strassera: “Quiero utilizar una frase que no me pertenece, porque pertenece ya a todo el pueblo argentino. Señores jueces: ¡nunca más!”. Y los máximos responsables del genocidio fueron condenados.
Veinte años después, cuando algunos rayones de impunidad amagaron ensuciar los justos colores de la bandera de los derechos humanos, otro hombre decidido y lleno de coraje bajó el cuadro de Jorge Videla en la Escuela de Mecánica de la Armada. En un sencillo gesto, Néstor Kirchner puso la prepotencia y la soberbia de los dictadores donde debían estar: en el suelo.
Muchos dejamos de ser los mismos después de esos días en que se izara para siempre en la historia nacional otro pabellón para la humanidad. Tanto creo que las cosas han sido así, que la memoria dejó de ser un ejercicio para transformarse en una obra en construcción. En construcción permanente, como la verdad histórica que buscamos con pasión y responsabilidad.
La verdad nos pone manos a la obra y su realización no ha de detenerse nunca. Cada testimonio que hoy sigue surgiendo a borbotones del subsuelo del olvido viene derecho a la obra sin final de la construcción de la verdad.
Pero frente a semejante edificación simbólica, cualquier tecnicismo jurídico, cualquier rutina procesal se vuelve una excusa oportunista.
Es lo que me sugiere la mención, en el caso de César Milani, del principio de inocencia, justo en las puertas de la aprobación de los pliegos para otorgarle el cargo que con honor llevó José de San Martín. ¿Quién le explica esto a la madre del soldado Agapito Ledo o al hijo de Olivera?
Alguien quiere interrumpir la construcción permanente de la verdad que nos merecemos. ¿Por qué, con razones de utilería electoralista, si está probado que el sumario por “deserción” al conscripto Ledo fue iniciado por Milani, en la escuelita de Famaillá, el 28 de junio de 1976? ¿Por qué, si en su declaración de 1984 ante la Comisión Provincial de Derechos Humanos de La Rioja, Alfredo Ramón Olivera, ex preso político, denunció que el “teniente Milani” fue quien estuvo al mando de los efectivos militares que allanaron su casa el 12 de marzo de 1977 y se llevaron a su padre?
No condenemos a nadie. Nada de escraches ni de linchamientos mediáticos. Dejemos que la obra continúe. Con sabiduría, se ha apartado a decenas de funcionarios y militares ante la sola duda que los relacionara con los procesos de la dictadura. La sola existencia de estas denuncias debiera desalentar el absurdo capricho de promocionar al señor Milani a un rango que, desde la percepción social, sólo lo coloca en las alturas horribles de la impunidad. Más lejos de la justicia.
Mientras escribo estas líneas, me llega el último informe del Centro de Estudios Legales y Sociales (Cels) que, aportando nueva información, ratifica la impugnación al ascenso. Y me atrevo a suponer que somos muchos más de lo que parece quienes pensamos que aún estamos a tiempo de reparar el tropiezo. Este aniversario espera que seamos capaces de hacerlo.
Por Luis Juez (Senador nacional)



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