Angelelli, el obispo mártir argentino, un enamorado del Evangelio y su pueblo

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El obispo, figura destacada en Argentina por su compromiso con las líneas del Concilio Vaticano II (1962-1965), murió a poco de iniciarse la dictadura, el 4 de agosto de 1976

Enrique Angelelli, el obispo mártir que será beatificado el próximo día 27 junto a otras tres víctimas de la última dictadura en Argentina, fue un “enamorado” del Evangelio y de los pobres, dijo en una entrevista con Efe el teólogo Oscar Campana, autor de un nuevo libro sobre la vida del prelado.

El obispo, figura destacada en Argentina por su compromiso con las líneas del Concilio Vaticano II (1962-1965), murió a poco de iniciarse la dictadura, el 4 de agosto de 1976, en lo que simuló ser un simple accidente automovilístico que, casi cuarenta años después, la Justicia determinó que fue un asesinato.

“Angelelli fue un enamorado de la vida, de su gente, del Evangelio. Y obró como un enamorado, yendo hasta las últimas consecuencias de ese amor. Fue un apasionado de la gente y fundamentalmente de los pobres a los que le tocó servir”, sostuvo Campana, autor de “Su sangre en el lodo”.

En su libro, Campana, teólogo y rector del Profesorado Don Bosco de Buenos Aires, recorre la vida de Angelelli, nacido en la central provincia de Córdoba en 1923, hasta su trágica muerte en La Rioja (noroeste), tierra a la que llegó como obispo en 1968.

Angelelli participó en el Vaticano II y dentro del Episcopado argentino fue un “referente” de la puesta en marcha de las líneas conciliares para la renovación de la Iglesia.

En La Rioja, según señaló Campana, el joven prelado se encontró con una provincia “fuertemente marcada por la pobreza y la injusticia”, con “un reparto muy desigual de la tierra” y “un campesinado más bien pobre”.

Una “tierra fértil” para el “espíritu del Concilio” que Angelelli sembró con una acción pastoral que incluyó promover cooperativas campesinas y sindicatos de mineros y amas de casa y alzar su voz para denunciar las injusticias en célebres homilías que las fuerzas dictatoriales buscaron censurar.

“Ese axioma de Angelelli -‘un oído en el pueblo y otro en el Evangelio’- lo convertía en una práctica cotidiana, que atravesaba la predicación. Sus homilías son profundamente evangélicas y profundamente encarnadas en el tiempo que le tocó vivir”, observó Campana.

Mientras crecía el malestar de ciertos sectores económicos y políticos ante la forma de funcionar del obispo, La Rioja se convertía en una tierra de misión a la que, por invitación de Angelelli o por iniciativa propia, llegaban muchos que querían sumarse a una experiencia de renovación eclesial.

Pero con el golpe de Estado de marzo de 1976 se desataría en La Rioja una dura persecución a la Iglesia local, cuyo extremo de violencia llegó con el asesinato de los dos sacerdotes y el laico que también serán beatificados el próximo 27 de abril.

El 18 de julio de 1976 fueron secuestrados y asesinados el sacerdote diocesano francés Gabriel Longueville y el cordobés Carlos de Dios Murias, fraile franciscano conventual. Y el 25 de julio fue acribillado frente a su esposa y sus hijas Wenceslao Pedernera, un laico que trabajaba con los campesinos más pobres.

“Angelelli tenía miedo, ese miedo de muerte que el propio Jesús vivió”, afirmó Campana.

Intuía que él sería el próximo y se lo advirtió a sus hermanos en el Episcopado y al entonces nuncio apostólico, Pío Laghi, pero, según Campana, la mayor parte de la cúpula eclesial lo dejó en “soledad y abandono”.

El 4 de agosto de 1976, cuando el obispo dejaba su coche en Chemical, donde había celebrado una misa por Murias y Longueville y había recopilado información sobre su martirio, otro vehículo lo embistió, Angelelli salió despedido y falleció a un lado de la carretera, una muerte que muchos se adelantaron a calificar como un simple “accidente”.

En 2014, en una sentencia histórica, la Justicia determinó que la muerte de Angelelli “fue consecuencia de una acción premeditada, provocada y ejecutada en el marco del terrorismo de Estado”.

Según el tribunal, que condenó a prisión perpetua, entre otros, al exgeneral Luciano Benjamín Menéndez, se optó por un “accidente provocado” porque la investidura de Angelelli impedía aplicar la “clásica metodología” de la sangrienta dictadura.

“La muerte de Angelelli no solo fue el asesinato de un individuo sino el querer poner fin dramáticamente en su persona a toda una forma de pensar y de sentir la fe cristiana”, señaló el autor de “Su sangre en el lodo”.

“Yo creo que muchas de las víctimas de la dictadura pueden ser consideradas mártires”, afirmó.

Campana describe al obispo como alguien jovial, de “puertas abiertas” y “una máquina de hacer cosas”.

Pero, además, un hombre de una “espiritualidad muy profunda”, un verdadero “contemplativo” que hasta escribía poemas fruto de su vivencia “encarnada” de la fe.”Quizás sea trivial lo que digo, pero te dan unas ganas tremendas de conocerlo”, aseguró Campana sobre el obispo mártir, un verdadero “pastor con olor a oveja”, como diría Francisco. (EFE)