La confrontación entre el gobernador y el presidente va más allá de lo ideológico. Es una batalla por los recursos, la obra pública y el control político, donde ambos líderes se necesitan y se rechazan a la vez.
La relación entre la provincia de La Rioja, bajo el gobierno de Ricardo Quintela, y la presidencia de Javier Milei es una de las más tensas y complejas del mapa político argentino. Desde la asunción del líder de La Libertad Avanza, la confrontación ha sido la regla, pero en un juego de suma cero donde ambos actores tienen mucho que perder y ganar.
El conflicto por los fondos y la política del «no hay plata»
El principal punto de fricción es el ajuste fiscal del gobierno de Milei, que ha impactado directamente en las arcas provinciales. La suspensión de la obra pública nacional, el recorte de transferencias y la disputa por la coparticipación han sido los detonantes de una batalla legal y mediática. Quintela, que ha llevado sus reclamos a la Corte Suprema, ha logrado posicionarse como un referente del federalismo frente a lo que él llama un «avasallamiento» del poder central.
Desde la óptica de la Casa Rosada, La Rioja es un ejemplo de la «casta» política que se resiste a la austeridad. El gobierno nacional considera que la provincia ha dependido históricamente de los fondos federales y que el reclamo de Quintela es un intento por mantener un modelo de gasto ineficiente. En este escenario, la relación se ha convertido en una vidriera de la lucha entre el «viejo» y el «nuevo» modelo de gestión.
Del enfrentamiento público a la negociación forzada
A pesar de la retórica confrontacional, la realidad ha obligado a ambos a un pragmatismo forzado. La necesidad de La Rioja de mantener su funcionamiento y la de la Nación de evitar un estallido social han abierto canales de diálogo, aunque informales. Quintela, consciente de que no puede gobernar con recursos propios, ha enviado señales de que está dispuesto a negociar. El gobierno de Milei, por su parte, sabe que la gobernabilidad pasa por evitar la ruptura total con los distritos.
En definitiva, el vínculo entre La Rioja y la Nación es un juego de poder donde el enfrentamiento sirve para ganar rédito político, pero la necesidad obliga a buscar acuerdos. Es una relación en constante tensión, donde cada movimiento es calculado y donde la supervivencia política de ambos líderes está en juego.





