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El fin del «asado popular»: la inflación de la carne golpea la línea de flotación del modelo riojano y expone el deterioro social

Con subas de hasta el 40% en apenas 60 días, la carne vacuna deja de ser un consumo habitual para convertirse en un artículo de lujo en la provincia. El impacto sobre los salarios estatales deprimidos marca el fracaso de la contención de precios y amenaza con borrar el último ritual de la clase media local.


En la iconografía del peronismo histórico, y en la cultura profunda del interior argentino, el acceso a la carne no es solo una cuestión nutricional; es un indicador de bienestar social. Por eso, el dato que circula en los mostradores de las carnicerías de La Rioja tiene una gravedad política que excede a la economía: un aumento de entre el 35% y el 40% en los cortes vacunos en los últimos dos meses. Para la administración de Ricardo Quintela, este incremento no es una mera estadística del INDEC o de consultoras privadas; es la evidencia palpable de que el «modelo de protección» provincial ha sido perforado por la realidad del mercado.

La noticia golpea en el centro neurálgico de la sociedad riojana. En una provincia donde el sueldo promedio de la administración pública —el gran empleador local— navega la línea de la pobreza, destinar una porción cada vez mayor del ingreso solo para comprar un kilo de asado o de blanda se vuelve una ecuación imposible. La carne, elemento central de la mesa familiar y del rito social del fin de semana, empieza a sufrir un proceso de elitización acelerada.

La tijera entre precios y salarios

El salto del 40% en dos meses desnuda la pérdida brutal de poder adquisitivo. Mientras los precios viajan en ascensor impulsados por la dinámica nacional de sinceramiento de valores y costos de producción, los salarios riojanos suben por la escalera, y con escalones rotos. La «billetera de la gente», que el gobierno local promete defender con bonos y cuasimonedas (los «Chachos»), se encuentra inerme ante la remarcación de los frigoríficos y matarifes que deben reponer mercadería a valores de mercado.

Este descalce provoca un cambio de hábitos forzoso y doloroso. Los carniceros locales, termómetros del humor social, reportan una migración masiva hacia cortes más económicos, cerdo o pollo, y una caída drástica en el volumen de compra. El «deme dos kilos» ha sido reemplazado por el «deme por dos mil pesos». Es la «venezuelización» del consumo cárnico: se compra lo que alcanza, no lo que se quiere.

El costo político de la mesa vacía

Para Quintela, que ha construido su capital político sobre la base de la cercanía y la sensibilidad popular, este escenario es un campo minado. Si el Estado provincial no puede garantizar que un empleado público coma carne regularmente, el contrato social empieza a crujir. La narrativa de que «la culpa es de Milei» puede ser efectiva en el discurso militante, pero pierde eficacia cuando el votante llega a la caja y la tarjeta es rechazada o el efectivo no alcanza.

La Rioja se enfrenta a un fin de año y un inicio de 2026 donde la parrilla fría será la postal de la crisis. La imposibilidad de acceder a bienes básicos alimentarios en una provincia productora es la paradoja final de un sistema que privilegió la expansión del gasto público por sobre la productividad. Cuando el dinero vale poco y la carne vale mucho, el mal humor social no necesita de grandes operaciones políticas para encenderse; solo necesita mirar el plato vacío.

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