En una entrevista radial, el titular de Diputados confirmó que ya trabaja para la reelección del Presidente, pero esquivó definir su candidatura provincial. Detrás de la prudencia discursiva, se gesta la batalla final de dos modelos: el superávit libertario contra el «feudo del Chacho» de Quintela.
Hay silencios que en política gritan más que las proclamas. Cuando el periodista Luis Majul le preguntó a quemarropa si prefería seguir presidiendo la Cámara de Diputados o ser gobernador de La Rioja, Martín Menem eligió la respuesta del manual del buen soldado: «Voy a estar donde me toque, no tengo aspiraciones personales». Sin embargo, en esa negativa a levantar la mano antes de tiempo, se esconde la estrategia más letal de La Libertad Avanza para la provincia: nacionalizar la gestión para asfixiar, por contraste, al modelo local.
La definición más contundente que dejó Menem en la entrevista no fue sobre su futuro domicilio, sino sobre el calendario electoral mayor: «Ya estamos trabajando en la reelección de Milei». La frase, lanzada con la naturalidad de quien describe un trámite administrativo, tiene una gravedad institucional ineludible. Pero leída en clave riojana, funciona como un mensaje envenenado para el gobernador Ricardo Quintela.
El espejo invertido
La Rioja se ha convertido en el teatro de operaciones donde chocan dos placas tectónicas de la política argentina. Por un lado, el «modelo Quintela», caracterizado por la emisión de cuasimonedas (los «Chachos»), el default del Bono Verde, la denuncia de un «industricidio» y la expansión del empleo público como única política de Estado. Por el otro, el «modelo Menem-Milei», que el titular de Diputados defendió con ahínco citando la baja de la inflación, el superávit fiscal y el riesgo país en mínimos históricos.
Para Menem, la batalla por La Rioja no se gana prometiendo mejores subsidios que el peronismo, sino demostrando que la macroeconomía ordenada de la Nación termina derramando bienestar allí donde el caudillismo provincial solo reparte pobreza administrada. Al evitar lanzarse prematuramente a la gobernación, Menem evita desgastarse en la trinchera del día a día local y se mantiene en la torre de control nacional, capitalizando los éxitos de la «motosierra» mientras observa cómo la gestión provincial se enreda en su propia insolvencia.
La disputa por el sentido común
La entrevista dejó ver a un Menem cómodo en su rol de espada legislativa, minimizando las tensiones con el PRO y defendiendo la «inocencia fiscal». Pero el subtexto de sus palabras apuntaba al electorado de su provincia natal. Cuando habla de que «los países más libres son los que mejor viven» y ataca la «mafia de los juicios laborales» que quiebra PyMEs, está hablando el idioma de un sector privado riojano que, aunque raquítico, mira con espanto el rumbo económico de la Casa de las Tejas.
La estrategia libertaria parece ser la de la «fruta madura». Si la economía nacional se consolida y la inflación se desploma —como auguran los números que Menem recitó de memoria—, el contraste con una provincia empobrecida y dependiente de una moneda sin valor se volverá insoportable para el votante medio. En ese escenario, Menem no necesitaría hacer campaña; la realidad la haría por él.
¿Gobernador o alfil nacional?
La duda sobre su candidatura sigue abierta, pero la lógica política sugiere que La Rioja es una pieza demasiado simbólica para que el mileísmo la entregue. Ganar en la tierra de los caudillos, en el feudo histórico del peronismo, sería el trofeo definitivo de la batalla cultural. Martín Menem lo sabe. Por eso trabaja para «Milei 2027». Sabe que si el Presidente reelige con una economía floreciente, la gobernación de La Rioja dejará de ser una trinchera inexpugnable para convertirse, tal vez, en la próxima ficha del dominó libertario. Mientras tanto, Quintela sigue emitiendo Chachos, y Menem sigue contando dólares de superávit en Buenos Aires. Dos países, dos monedas, y un solo final posible.





