Mientras la carrera de Medicina en la UNLaR rompe récords de inscriptos, los hospitales públicos de la provincia sufren un éxodo silencioso de especialistas. La universidad se consolida como una «terminal de salida» para jóvenes que buscan un título con validez nacional para escapar de la asfixia salarial local.
En La Rioja, la vocación convive con la desesperación. El dato confirmado por la Universidad Nacional de La Rioja (UNLaR) de que Medicina se mantiene inamovible como la carrera con mayor cantidad de aspirantes para el ciclo 2026 encierra una contradicción que define el drama de la provincia. Miles de jóvenes se agolpan en las aulas universitarias soñando con el estetoscopio, mientras a pocas cuadras, en los pasillos del Hospital Vera Barros o el de la Madre y el Niño, los profesionales formados hacen las valijas o renuncian a las guardias porque los números no cierran.
El fenómeno del «boom» de Medicina no debe leerse solo como un éxito de la educación pública y gratuita, bandera que el gobernador Ricardo Quintela agita constantemente. Debe interpretarse también como un síntoma de la falta de opciones. En una provincia donde el sector privado es raquítico y el empleo administrativo estatal es sinónimo de pobreza encubierta, el título de médico aparece en el imaginario social como uno de los pocos salvoconductos hacia la clase media. O, más precisamente, como un pasaporte.
La universidad como «trampolín» migratorio
La pregunta incómoda que la política riojana evita hacerse es: ¿para quién estamos formando médicos? La Rioja invierte recursos millonarios en sostener una estructura académica masiva, pero el mercado laboral local —dominado por un Estado que paga sueldos básicos irrisorios y abusa de las figuras no remunerativas— expulsa a los graduados.
Lo que ocurre es una transferencia de recursos encubierta: la provincia pobre financia la formación de capital humano de alta calidad que terminará ejerciendo en Córdoba, en Buenos Aires, en Chile o en España. El aspirante que hoy se inscribe en la UNLaR sabe, casi con certeza matemática, que su futuro económico no está en una sala de atención primaria de los Llanos riojanos, donde la retribución apenas cubre la canasta básica. Estudia en La Rioja para irse de La Rioja.
El cuello de botella y la calidad en juego
La masividad también plantea un desafío estructural para la propia universidad y el sistema de salud. La medicina no se aprende solo en los libros; requiere práctica clínica. ¿Tiene el sistema sanitario riojano, desfinanciado y en crisis, la capacidad de absorber a esta marea de estudiantes para sus residencias y prácticas? La respuesta es, a todas luces, negativa.
El ingreso irrestricto y la explosión de matrícula chocan con la realidad de un sistema hospitalario saturado, donde faltan insumos y sobran reclamos gremiales. Se corre el riesgo de generar un «embudo» frustrante: miles de ingresantes, una deserción alta en los primeros años y una graduación que, aunque numerosa, se encuentra con un muro al intentar insertarse localmente.
La desconexión entre el relato y la realidad
Para el gobierno provincial, la foto de las filas de inscripción es funcional al relato del «ascenso social». Pero la película completa muestra el fracaso de la planificación estratégica. De nada sirve tener la fábrica de médicos a pleno rendimiento si el empleador principal (el Estado provincial) ofrece condiciones laborales que rozan la precarización.
Mientras Quintela se pelea por la coparticipación y culpa a la Nación por la falta de fondos, la UNLaR sigue inyectando aspirantes a un mercado que no existe. La carrera de Medicina es hoy la gran esperanza individual de miles de riojanos y, al mismo tiempo, la gran derrota colectiva de una provincia que no logra retener a sus mejores cerebros.





