El intendente de la Capital desplegó una agenda hiperactiva en ausencia del gobernador; encabezó actos en barrios populares, se mostró junto a la orden franciscana y apeló a la «riojanidad» como escudo ante la conflictividad social.


Con el gobernador Ricardo Quintela fuera de la escena provincial por su receso estival, el intendente de la Capital, Armando Molina, asumió el rol de garante de la paz social en el distrito más poblado de la provincia. Lejos de tomarse descanso, el jefe comunal activó un operativo de presencia territorial y simbólica que combinó la gestión de servicios básicos con la liturgia católica, buscando blindar la gobernabilidad en el arranque de un año que se proyecta complejo.

Molina dividió su estrategia en dos frentes: el control de la calle en los barrios populares y la alianza tradicional con la Iglesia durante las festividades de San Nicolás. El objetivo político fue claro: mostrar un Estado presente y cercano, bajo el paraguas de la unidad provincial.

La trinchera barrial y el guiño eclesiástico

El intendente eligió zonas demográficamente sensibles para su aparición pública. A través del programa «Municipio en tu Barrio», Molina se mostró rodeado de vecinos en los barrios Argentino, Evita y Vial, bastiones donde la crisis económica golpea con mayor fuerza. Allí, encabezó el izamiento de banderas, pero no lo hizo solo: sumó a la foto al rector de la Iglesia San Francisco, Fray Julio César Bunader.

«Izamos las banderas junto a los vecinos… por un nuevo año de trabajo y compromiso», expresó el funcionario, sellando una alianza táctica con la orden franciscana para contener las demandas sociales desde la fe y la asistencia.

En el cierre del 2025, Molina ya había marcado el terreno con un mensaje de agradecimiento a la militancia y a los vecinos que sostienen su gestión: «Compartimos el último izamiento del año 2025… Gracias por estar, gracias por acompañar», manifestó, cerrando filas con su base electoral.

La «Riojanidad» como doctrina

Durante las celebraciones centrales del Tinkunaco y la procesión del 1° de enero, Molina profundizó su perfil de dirigente conciliador. Participó de la solemne misa y caminó junto a la multitud, utilizando la festividad para bajar un mensaje antigrieta que contrasta con la polarización nacional.

«Caminamos con paz y esperanza en procesión con las imágenes de nuestro Niño Alcalde y San Nicolás», declaró el intendente. Sin embargo, su definición más política llegó al invocar la identidad local como factor de cohesión: «Nos volvemos a encontrar como un solo pueblo, unidos por la fe que nos guía… Sigamos sembrando encuentros de riojanidad».

El concepto de «riojanidad» funciona en el discurso de Molina como una barrera defensiva; una apelación al ser provincial para aguantar los embates del ajuste y mantener la estructura del peronismo local unida. Al pedir «mucha paz, amor y esperanza en este nuevo año», el intendente no solo expresó un deseo personal, sino que delineó la necesidad política imperiosa de la administración: mantener la calma en las calles mientras la cúpula provincial reordena sus fuerzas para el 2026.


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Por Eduardo Nelson German

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