La postulación anticipada de la diputada nacional como sucesora para 2027 relegó las ambiciones de Teresita Madera y Florencia López; el malestar de los históricos y el fantasma de los «Chachos» como disciplinador.
LA RIOJA.– La sorda batalla por la sucesión de Ricardo Quintela ingresó en una fase de abierta ebullición y amenaza con fracturar la aparente homogeneidad del Partido Justicialista riojano. El definitivo posicionamiento de la diputada nacional Gabriela Pedrali como la elegida del gobernador para disputar el sillón de Facundo Quiroga en 2027 provocó un profundo estado de shock en las principales terminales del oficialismo, que observan cómo la Casa de las Tejas clausuró de forma prematura el debate interno.
En el epicentro del impacto se ubican la vicegobernadora Teresita Madera y la senadora nacional Florencia López. Ambas dirigentes, con histórico rodaje territorial y legítimas aspiraciones ejecutivas, asimilaron con desagrado la maniobra. Cerca de ellas admiten que incurrieron en el mismo error de apreciación que el senador nacional Fernando Rejal: creer de manera lineal que, en la dinámica del poder feudal del Norte Grande, los cargos y las herencias políticas se traspasan de mano bajo códigos de estricta reciprocidad institucional.
En idéntico escenario de frustración se anota el diputado nacional y exgobernador Sergio Casas. En el peronismo local recuerdan que fue el propio Casas quien, al concluir su mandato en 2019, puso a disposición todo el aparato y la estructura del justicialismo provincial para que Quintela lograra desembarcar en la gobernación. El giro actual del mandatario, que optó por una postulación de carácter personalista, alteró las expectativas de los históricos socios fundadores del espacio.
La garantía del repliegue
En la mesa chica de Quintela la explicación para la unción de Pedrali prescinde de las lealtades pasadas y se rige por un pragmatismo puro: el gobernador sabe que la actual diputada nacional es la única figura de su entorno que le garantiza absoluta tranquilidad de cara al llano y un blindaje judicial efectivo a partir del 10 de diciembre de 2027.
Ese cerrojo defensivo se vuelve vital ante la principal amenaza que desvela al oficialismo riojano: la posibilidad concreta de que el presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, el libertario Martín Menem, capitalice el desgaste del aparato estatal y logre alzarse con la gobernación bajo la escudería de La Libertad Avanza.
Frente a este diseño estratégico de la cúspide, el resto de la dirigencia peronista experimenta una fuerte devaluación política. Los ministros del gabinete provincial, los intendentes del interior y los diputados oficialistas han quedado reducidos al rol de meros «convidados de piedra» dentro del espectáculo político montado por el quintelismo, limitando sus apariciones públicas a los estrictos y disciplinados márgenes de los actos institucionales y los anuncios de gestión dictados por la Casa de las Tejas.
La orden de salida y el refugio de los heridos
Lejos de habilitar un compás de espera, el gobernador ya trabaja en el andamiaje de contención política para su elegida. Mientras aguarda las visitas estratégicas de sus pares de Buenos Aires, Axel Kicillof, y de Santiago del Estero, Gerardo Zamora —destinadas a dar volumen federal a sus propias aspiraciones presidenciales—, Quintela comenzó a ordenar el alineamiento de toda la estructura del PJ.
La instrucción a la militancia y a los jefes comunales es clara: activar el aparato para salir a buscar votos de manera prioritaria para Pedrali, repitiendo el esquema de verticalismo ciego que el oficialismo ya implementó con éxito en las últimas contiendas legislativas locales.
La contracara del alineamiento se corporiza en la mítica residencia del exgobernador Luis Beder Herrera, histórico búnker de la política vernácula donde hoy suelen congregarse los dirigentes heridos por la lapicera oficial. Allí, el clima es de creciente preocupación. Desde el entorno del mandatario provincial se encargaron de hacer trascender un mensaje implacable hacia los díscolos: todos están «a tiro de un decreto». Quienes opten por resistir la bendición de Pedrali o ensayen fisuras en la estrategia oficialista se exponen al destierro financiero y político, bajo la concreta advertencia de que deberán aprender a sobrevivir administrando exclusivamente los devaluados bonos «Chachos».