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El síndrome de la rana hervida

Hace una semana siento que me toman el pelo para usar un vocabulario vulgar de lo que vivo. Me llaman los productores olivícolas con el propósito de difundir su malaria, especialmente en el departamento Arauco.

Muchos creen que si son escuchados por radio Cadena 3 Argentina sus lamentos llegarán a quienes tienen decisión. Y en cada informe se pone mucho esfuerzo, ya que la crisis olivícola, es casi similar a lo que se vive con la manzana en Río Negro, la uva en Mendoza, el limón de Tucumán, como otras economías regionales.

Y se informa y se vuelve a informar, mientras que quien debe salvaguardar los destinos de su departamento disfruta de las playas del Caribe y así su intendente se nos ríe en la cara con la complicidad de la Casa de Gobierno, que no ha sido capaz de llamarle la atención, ya que la cuna de la olivicultura está en Aimogasta, de donde por el caso Nucete se ha puesto en discusión la política económica del país, al cerrar las fronteras fundamentalmente con Brasil.

Al mirar un sitio digital español encontré que las fábulas, los símbolos, las historias, las parábolas, las alegorías, los cuentos han sido siempre excelentes técnicas para explicar, enseñar y transmitir ideas. He leído en algún lugar que la distancia más corta entre una persona y la verdad es un cuento. No sé si esta afirmación se podrá demostrar científicamente pero, por si fuera cierto, voy a utilizar para el comentario de hoy una curiosa metáfora.

Olivier Clerc, especialista en bienestar y desarrollo personal nacido en Ginebra y afincado hoy en Borgoña, escribió en el año 2005 un libro titulado “La rana que no sabía que estaba hervida… y otras lecciones de vida”.

En la introducción dice el autor que “todo es lenguaje, que todo nos habla”. Entre las historias que plantea una lleva el título del libro. Y a ella me voy a referir. Parece ser que esta alegoría fue propuesta por primera vez en el libro de Marty Rubin “The boiled Frog Syndrome”, publicado en 1987.

Imaginen una cazuela llena de agua, en cuyo interior nada tranquilamente una rana. Se está calentando la cazuela a fuego lento. Al cabo de un rato el agua está tibia. A la rana esto le parece agradable, y sigue nadando. La temperatura empieza a subir. Ahora el agua está caliente. Un poco más de lo que suele gustarle a la rana. Pero ella no se inquieta y además el calor siempre le produce algo de fatiga y somnolencia.

Ahora el agua está caliente de verdad. A la rana empieza a parecerle desagradable. Lo malo es que se encuentra sin fuerzas, así que se limita a aguantar y no hace nada más. Así, la temperatura del agua sigue subiendo poco a poco, nunca de una manera acelerada, hasta el momento en que la rana acaba hervida y muere sin haber realizado el menor esfuerzo para salir de la cazuela.

Si la hubiéramos sumergido de golpe en un recipiente con el agua a cincuenta grados, ella se habría puesto a salvo de un enérgico salto.

“Es un experimento rico en enseñanzas, dice el autor. Nos demuestra que un deterioro, si es muy lento, pasa inadvertido y la mayoría de las veces no suscita reacción, ni oposición, ni rebeldía”.

Pondré varios ejemplos para aplicar esta conclusión que nos ofrece Oliver Clerc. Una de ellas es lo que sucede con el deterioro del amor inicial, tan intenso y emocionante muchas veces. Poquito a poco, detalle a detalle, se va desvaneciendo hasta desaparecer.

Pienso algunas veces en el camino que sigue un niño, desde su inicial inocencia, hasta llegar a convertirse en un sanguinario terrorista.

Lo mismo sucede en la salud, que llega deteriorarse de forma tan lenta e invisible como segura.

Esta degradación silenciosa, constante e imperceptible se produce también, a veces, en la vida profesional.

El síndrome de la rana también se puede aplicar al ámbito social. Hay sociedades en las que, en un tiempo, se vivía en función de valores acendrados. Pero, poco a poco, se van perdiendo las referencias éticas y un ciudadano de la primera época no se podría reconocer en la situación a la que sin pensarlo se ha llegado. Año tras año, día tras día, hora tras hora prosigue la degradación.

Una creciente proliferación de la vulgaridad, de la grosería, de la falta de respeto hacen que nos sumerjamos en un clima éticamente irrespirable. ¿Cómo se ha pasado el la vida de aquellos pueblos en los que se dejaban las puertas abiertas a esta inseguridad que no eliminan ni los cerrojos, ni las alarmas ni la policía pública y privada?

La falta de reacción se debe a que el deterioro de paso lento es casi imperceptible. Por eso debemos estar siempre en situación de alerta. Oliverc Clerc nos dice en su obra: “Lo que nos enseña la alegoría de la rana es que siempre que existe un deterioro lento, tenue, casi imperceptible, tan solo una conciencia muy aguda o una memoria excelente permiten darse cuenta de ello, o bien un patrón de referencia que haga posible valorar el estado de la situación”.

Tres soluciones complejas, que no es fácil ejercitar de forma permanente y efectiva. La primera consiste en ejercitar la conciencia, sin la cual estaremos dormidos en el sentido estricto o figurado.

La segunda es el ejercicio de la memoria. Sin memoria no hay comparación, no hay discernimiento.

La tercera es la utilización de termómetros referenciales.

Pobre rana. Inconsciente, amnésica y embotada, no le queda más que esperar la cocción. Pobres de nosotros si perdemos la capacidad de reaccionar ante el deterioro paulatino e imperceptible.

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