Mauricio Driollet es uno de los sacerdotes franceses que vivió en la Argentina durante la dictadura. Perteneció a la misma congregación de misioneros de Gabriel Longueville, a quien conoció en 1970 en la Argentina cuando Longueville llegó al país.
Driollet hoy tiene 82 años y vive en Francia. Durante su estadía en el país visitó a Gabriel en Chamical, conoció al obispo Enrique Angelelli y a las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet. Dice por Página/12 que cuando supo del asesinato de Longueville se asustó porque se preguntó si ahora iban a empezar a matarlos a todos de esa forma.
“Eramos muchos del (Movimiento de Sacerdotes para el) Tercer Mundo, yo era simpatizante. En esa época directamente compromiso político no teníamos, pero como trabajábamos por la gente humilde, era muy difícil imaginarse, para los dirigentes políticos de la época y el gobierno militar, cómo iban a venir curas franceses a vivir en los barrios más humildes de la Diócesis. ¿Y por qué estábamos en los lugares más humildes? Porque primero no había sacerdotes, y así era.”
El juicio por los curas de Chamical estuvo signado por testimonios que dieron cuenta de ellos como parte de la pastoral del obispo Enrique Angelelli. Entre otras razones porque el mismo Angelelli situó los asesinatos de los dos curas y más tarde el del laico Wenceslao Pedernera como parte de una espiral de violencia que iba destinada hacia él.
Los alegatos dijeron que las razones de la muerte debían ser buscadas en esa trama. Pero también recordaron el rol que cumplió la jerarquía de la Iglesia y en particular Raúl Primatesta, que primero se sacó de encima a Angelelli mandándolo a La Rioja y luego no le dio protección cuando el obispo lo requirió.
El fiscal Carlos Gonella señaló la complicidad de la jerarquía de la Iglesia Católica con lo que sucedió en el país. De los datos que surgieron en ese sentido durante el juicio, recordó el testimonio que dio Rafael Sifre, del movimiento rural, sobre un encuentro entre Primatesta y Angelelli: “¿Quién te manda a meterte en estas cosas?”, le dijo Primatesta al obispo. Fue la respuesta de Primatesta a Angelelli cuando él le pedía apoyo con lágrimas en los ojos apoyo porque le estaban matando a la gente.
Los fiscales destacaron en el alegato que la embajada de Francia y la familia de Gabriel Longueville, a través de su abogada Sophie Thonon, estuvieron siguiendo permanentemente el juicio. Algunos testigos iban a declarar desde Francia, pero finalmente no lo hicieron porque los jueces abreviaron la etapa de las pruebas, ya que dos de ellos iban a formar parte del debate que comenzó esta semana en Córdoba por el centro clandestino de La Perla y La Rivera.
–¿Puede contar algo de Longueville?
–Lo conocí desde los primeros días de su llegada a la Argentina, cuando llegó a Corrientes. Era 1970. Yo, Mauricio Driollet, sacerdote, estando en Resistencia, Chaco, éramos vecinos. Nos visitábamos mucho, así como con los demás sacerdotes franceses del NEA. Luego, cuando él se fue a Chamical, hicimos en su casa un encuentro de varios días de todos los sacerdotes franceses en la Argentina. ¿De qué se trataba? De intercambiar (experiencias) sobre nuestro trabajo sacerdotal de evangelización en tierra argentina. A Gabriel lo veía muy respetuoso de la gente, había aprendido el idioma muy bien y se notaba el deseo de estar muy cerca de la gente más necesitada. Muy entregado, pero también muy lúcido, porque el momento era bravo. Se lo sentía sereno, listo para enfrentar el porvenir con coraje y mucha fe.
–¿Por qué se fue a La Rioja?
–En La Rioja escaseaban más los sacerdotes. Eso estimó y por eso se fue a Chamical, para estar más cerca de la gente más necesitada, más abandonada, digamos.
–¿Gabriel les habló de Angelelli?
–Angelelli, cuando venía con nosotros, era uno más, aportaba su punto de vista de sacerdote, su sabiduría sacerdotal, su afán de cristianizar. Estaba muy cerca de la gente humilde.
–¿Qué pasó cuando se enteraron de la muerte?
–Eran las vacaciones de invierno y teníamos unos encuentros de catequesis; y cuando esto llegó a mí me entró un susto, el susto de qué va a ocurrir ahora si empiezan a matarnos sobre todo de esta forma, porque enseguida supimos cómo había ocurrido la cosa. Nos quedamos cuidándonos, lógicamente, sabiendo que hacía falta poca cosa para perder la vida.
–¿Cómo se cuidaban?
–Nos cuidábamos, por ejemplo, no saliendo mucho de nuestra parroquia. Me cuidaba de lo que decía en los sermones; cuando salía de casa, sobre todo a la noche, porque hacía falta hacer encuentros, siempre tenía a mano mi cédula y qué sé yo…



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