En una recorrida en los pasillos de la estación de ómnibus porteña hubo varados por el paro de colectivos de larga distancia, que finalmente se levantó anoche, varias decenas de personas, entre ellos bebes, dormían en el suelo.

Celeste y su hijo Iván habían venido a la feria del libro. El sábado tenían que partir hacia Chilecito, en La Rioja. Hasta ayer no tenían otro modo de llegar. Si hubieran dinero para el avión tampoco les hubiera servido de mucho: a Chilecito no llegan. «Tenemos que pensar que cuando se levante el paro tenemos 18 horas para llegar a casa», decía Iván.
El paro de colectivos de larga distancia, una disputa que inició hace cinco días en medio de la negociación por un aumento salarial de los choferes, mantuvo de rehenes a usuarios que no sabían cómo hacerse oír. «Nos vamos a hacer famosos en los medios, que vienen a preguntarnos cómo estamos; de los políticos, de los gremialistas y de los empresarios, ni noticias. No aparece nadie», se quejaba Susana, una catamarqueña de 73 años, que le buscaba el lado bueno del asunto: «En la desgracia hice amigos, nos cuidamos como una familia». Hicieron vaquitas para comprar algo de comer cuando no pasaba alguien de una ONG entregándoles un sánguche. Se rotaban para dormir y cuidar los bolsos o salían a averiguar alguna noticia sobre el paro. Así pasaban las horas.
Santino, un bebe de dos meses, había logrado dormirse en brazos de su madre. Rocío del Cielo Herrera contaba que desde el viernes a la madrugada que había llegado con su familia desde General Las Heras, provincia de Buenos Aires, estaba en el hall de Retiro esperando el colectivo que los iba a llevar a Paraná, a donde debían viajar por trabajo. «Con Santino nos arreglamos con cartones que le pongo abajo y camperas y así lo hago dormir», decía Rocío y agregaba: «Si te fijabas tenía ojeras». Ella también las tenía: contaba que no había pegado un ojo en toda la noche porque había personas que daban vueltas esperando robar algo. «No quiero que le pase nada a él», decía. Trataba de respetar sus horarios de comida, pero en los bares le cobraban tres pesos la mamadera con leche. «Ya no tenemos más plata. No sabemos cómo pedirlo ya: queremos irnos».
Como la mamá de Santino, varias decenas de personas estuvieron varadas en la terminal de Retiro a causa del paro de transportes de larga distancia -que finalmente se levantó anoche-. La bronca y la impotencia fueron los sentimientos que prevalecían en la espera. Durante varios días no pudieron ducharse, apenas si disponían de los baños públicos para mojarse la cara; no había jabón ni toallas. «Al principio nos cobraban el baño, cuando se nos terminó la plata ya no le pudimos dar más monedas», dijo Pastora, de paso hacia Bolivia con tres chicos que no querían saber más nada de dormir en sillas.
Bibiana estuvo en Retiro desde el jueves hasta, al menos, esta madrugada. Tenía que viajar a San Luis (Carpintería). Tiene dos hijos de 10 y de 13. «Me esperan mis nenes allá», decía. Se emocionaba cuando pensaba en ellos, a los que apenas podía preguntarles cómo estaban por mensaje de texto. El tema del teléfono era limitado, por lo que costaba hablar a larga distancia y porque no siempre había señal entre las sierras. «Es una angustia, una desesperación», decía. Además tiene su trabajo: limpia cabañas. Cobra por día: si no limpia, no cobra. «¿Por qué vine a Buenos Aires? Para sacarle turno a mi nena al médico. Tuvo leucemia y tiene que hacerse el control mensual».
Pastora es de Bolivia. Hacia allá se iba el viernes pasado. Desde entonces había ocupado unas sillas en el hall de Retiro, frente al bar. Estaba con su cuñada y cinco chicos. Miraba los carteles: café con leche, 15 pesos. Imposible. Sánguche de milanesa: 28. «Al principio nos cobraban para ir al baño, ahora ya no. Si no tenemos más». Los chicos pedían, lloraban, corrían. «Menos dormir hacen de todo, escuchá cómo gritan que se quieren ir», dijo. No tenía ganas de hablar.



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