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Análisis: Inercia, jóvenes y la pulsión del cambio en la UNLaR

Por Leila Moreno Castro* Cuando todavía resuenan los cánticos del “sí se puede” de miles de voces que celebran el logro histórico de la comunidad de la UNLaR en pos de la democratización real, persisten algunos interrogantes: ¿Por qué explotó después de dos décadas de un gobierno unidimensional? Si hubo antes voces que se alzaron contra este sistema, valientes pero solitarias, ¿qué es lo distinto ahora? ¿Cambiar qué y para qué?image

Imaginemos una construcción circular, en forma de anillo, con una torre en el centro. En esa torre, hay alguien que observa. En el anillo hay múltiples celdas y, en cada una de ellas, una persona que es observada por ese poder central. El diseño, llamado Panóptico, fue creado en el siglo XVIII por el pensador inglés, Jeremy Bentham, como un espacio para albergar a los condenados por violar normas sociales y que merecían ser castigados, ya no en sus cuerpos, sino en sus almas, con una estricta normativa disciplinaria.

El filósofo francés Michel Foucault – en su célebre “Vigilar y castigar” (1975)-, rescató este modelo y sostuvo que vivimos en una sociedad panóptica, que el diseño se extendió desde cárceles a escuelas, hospitales, fábricas. Describió una sociedad donde el control se ejerce sobre los individuos vigilándolos de forma individual y permanente, formándolos para que cumplan determinadas normas. Vigilancia, control y adaptación a las reglas son las características de las relaciones de poder del mundo de hoy, señalaba Foucault. Pensar las instituciones educativas como sistemas panópticos es entenderlas como ámbitos donde la mirada de quien vigila (en un lugar de poder, en la torre central) se internaliza de tal modo en los individuos que luego ya no importa si hay alguien o no observando, porque el vigilante está dentro de ellos mismos. Se han convertido en sus propios guardianes. Ello puede explicar, quizás, la inercia y el miedo de muchos años en la UNLaR.

Jóvenes, motores del cambio

¿Y qué cambió ahora? es el otro interrogante, y debería reformularse en quiénes. Porque son los jóvenes estudiantes los que motorizaron el cambio. A ellos se sumaron los otros protagonistas de todo proceso educativo: los profesores, y los otros estamentos universitarios codocentes y egresados, contando con el apoyo de la sociedad riojana toda.  Pero ¿de qué jóvenes estamos hablando? Son jóvenes hijos de esta tierra de los hechos consumados, como describía triste pero acertadamente el gran Ricardo Mercado Luna. Crecieron en esta Rioja pero en un mundo muy distinto al que vivenciaron las generaciones que los precedieron. Las sociedades siempre fueron dinámicas, pero la velocidad con la que se han registrado transformaciones en las últimas décadas, no registra antecedentes en la historia. En tiempos de incertidumbre, de sociedades redes, de identidades flexibles que borran las fronteras geográficas para definir otras formas de constituirse como comunidades, los jóvenes riojanos visibilizan ese dinamismo y la necesidad de cambios comenzó a palparse en ellos.

Quien escribe estas líneas es docente en la Carrera de Comunicación Social de la UNLaR y en una de las cátedras, Sociología de los medios de comunicación social, después de estudiar distintas posturas teóricas sobre la sociedad contemporánea y el rol de los medios de comunicación, los estudiantes escriben, como Trabajo final, un ensayo donde analizan el contexto social de hoy apoyándose en las líneas de pensamiento revisadas. La propuesta es mirar a la sociedad con sus ojos de jóvenes, atravesarla con argumentación teórica pero también con la mirada generacional. Muchos de los alumnos de Comunicación Social que participaron en el movimiento que empezó a cambiar la historia de la UNLaR, cursaron esa cátedra, incluso varios de ellos se hicieron caras y voces conocidas en estos días por ser los voceros de la Asamblea Soberana; otros no estaban frente a cámaras ni micrófonos, pero sí a la par, conviviendo cada día de la toma universitaria. Revisar sus escritos ayuda a acercarse a esa mirada generacional que tienen de la sociedad.

Así, por ejemplo, en un mundo “líquido” como el que describía el sociólogo Zygmunt Bauman, con la caída de los grandes relatos que buscaron explicar el devenir de las sociedades y donde amenaza con imperar la bandera del relativismo, Bianca De Gaetano destacaba la importancia de darle sentido a lo que hacemos, de creer, porque sólo así comienza el cambio: “Hay quienes creen en Dios o en que los avances tecnológicos y científicos harán del mundo, un mundo donde no exista la desigualdad, o que el conocimiento, o el cuidado del medio ambiente lo harán. A pesar de aceptar que todo es un discurso (inclusive lo que estoy escribiendo en este preciso momento), sostengo que lo que importa es creer.  (Porque) creer en algo significa cambiar”.

En tanto, Nura Busleimán escribía sobre el reinado del mercado y el capitalismo y la necesidad de recuperar la utopía de una sociedad mejor, ello significaba “pensar la situación actual, cuestionarla y querer cambiarla. Es todo lo contrario al dogmatismo del mercado que nos nubla la vista, al determinismo que nos delinea y todo lo contrario a las nociones de imposibilidad. Así estamos acostumbrados a pensar, así nos acostumbraron a ver las cosas pero no debemos sacrificar nuestro espíritu utópico, y que persista (en cambio) esa imaginación, que es el motor de los procesos de invención y revolución”.

Mientras que Valentín Maraga Mercado Luna sostenía la urgencia de revisar nuestro sistema educativo: “Debemos aprender, nosotros como sociedad, que no existe un solo modelo, una sola forma, que la diversidad debe respetarte en todas sus formas. Debemos dejar que los chicos puedan decidir sobre qué pensar, hacer, sentir o actuar. La educación es de todos, porque todos cumplimos un papel”. Y también hacía referencia al rol de los medios de comunicación como agentes socializadores: “Basta de sobreinformación que desinforma, basta de mentiras y censuras, basta de priorizar los intereses por sobre los contenidos. Es necesario que los Medios recuerden que un niño, un chico, un adolescente o un adulto que quiere aprender, puede estar escuchando su radio, viendo su programa o leyendo su artículo. Hay que tomar conciencia sobre qué mostramos. Democratizar los contenidos, no masificarlos”.

Por su parte, Candela Romero, llamaba la atención sobre los jóvenes y su lugar en una sociedad que «se muestra más cruel que nunca. Realmente es un Panoptico moderno: los jóvenes se sienten observados constantemente, se sienten juzgados, se sienten denigrados». De esa desolación, afirmaba, provenían acciones como los suicidios, los delitos, la rebeldía: «La intención no es justificarlos pero es un poco y poco, un cincuenta y un cincuenta, la sociedad genera exclusión y ellos reaccionan».

Y Virginia Gorosito argumentaba sobre lo posible de una revolución cultural, recuperando el espíritu de la Modernidad: “Mi sueño moderno es que seamos libres. Tan libres como puedan permitirlo nuestras mentes”. Invirtiendo la célebre frase de Karl Marx, Virginia afirmaba que “los hombres no eligen las condiciones, pero hacen su propia historia”, así ella buscaba “reflejar la idea de que el potencial de cambio está en los hombres, más que en las circunstancias en las que éstos transiten”. Y destacaba: “Los individuos hacemos a las estructuras y las estructuras nos hacen como individu­os. Es tan simple como liberar nuestras capacidades innatas y estimularlas para su crecimiento, y tan complejo como romper con las cadenas que nos han mantenido ciegos e inmóviles”. Y concluía: “Nadie dijo que librar una revolución fuera fácil, sólo dije que una revolución es posible”. Utopía, fe, diversidad, democracia, revolución, son palabras que flotan en estos textos, reflejos de otros de sus compañeros que van en el mismo sentido. Son palabras que anunciaban deseos de cambios. Son palabras que querían volverse acción.

Tomar la torre, ¿para qué?

Tras una lucha histórica, otro aire se respira en la UNLaR, resta el desafío de seguir construyendo, haciendo palpable el objetivo central: real democratización.  Los primeros pasos de ese camino comenzaron a darse, pero aún restan muchos más. Como advierte Michel Foucault, en una entrevista publicada en 1980, cuando se le consultó si para los prisioneros de las celdas del Panóptico tenía sentido “tomar la torre central”, él respondió: “Sí, con la condición de que éste no sea el sentido final”. Cambiar sólo al vigilante es reemplazar personas pero no roles. El desafío es que no haya torre ni vigilante. Los jóvenes han motorizado el cambio, concretarlo es un proceso que requiere la participación de todos los estamentos universitarios, pero también de toda la sociedad riojana, esa que albergó a estos jóvenes, que los vio crecer, que los acompañó en forma creciente en cada marcha a la que convocaron. La UNLaR somos todos, rezaba una frase muy escuchada en estas últimas semanas, hacerla realidad es la gran meta desde ahora, que La Rioja no pueda llamarse más el lugar de los hechos consumados, sino tierra de hombres y mujeres hacedores activos de sus destinos.

*Licenciada en Comunicación Social, Docente universitaria, Maestranda en Estudios Sociales

Foto: Gustavo Fuentes

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