Inicio / Sociedad / Las tres injusticias de Eladio Torralba

Las tres injusticias de Eladio Torralba

Eladio Ramón Torralba sufrió varias injusticias a lo largo de su vida, pero tres de ellas le dejaron huellas, en el cuerpo y en el alma. El resiste en su multirrubro de la avenida Rivadavia al 1.500.
El 25 de marzo de 1976 Eladio tenía 24 años y vivía en La Rioja. Un día antes se había producido el golpe militar encabezado por Jorge Rafael Videla y él fue detenido en su vivienda de la ciudad de La Rioja por trabajar junto al movimiento de la iglesia tercermundista. Fuerzas del Ejército y la Policía Federal aplicaron toda su saña con quien era un joven idealista y comprometido con los más necesitados.
Esa noche Eladio caminaba a su casa luego de acompañar a su novia. Pasó frente de la Casa de Gobierno de la capital riojana que hasta un día antes gobernaba Carlos Saúl Menem y vio todas las luces prendidas. Eso le llamó la atención. Pero continuó su marcha.
“Algo debe estar pasando” pensó para sí. Llegó a su casa a las 0:30 y se acostó. Media hora después sonó el timbre. Su papá, Américo Torralba, director del diario El Independiente de La Rioja y conocido periodista, atendió la puerta. “Te buscan a vos Eladio”, le dijo.

LA EXPERIENCIA JUNTO CON LOS CURAS
Eran hombres del Ejército y la Policía Federal. “Eran los Falcon famosos; andábamos por los techos como si fuéramos delincuentes. Es que estábamos acusados de ser comunistas porque íbamos a trabajar al barrio pobre de La Rioja, el barrio Cementerio” recuerda Torralba.
Ahí en barrio Cementerio, Torralba ayudaba a construir viviendas para familias necesitadas. “Llegamos a hacer cinco casitas, tiramos abajo cinco ranchos de adobe, en donde había arañas, vinchucas. Hacíamos a mano los bloques” cuenta con nostalgia.
Eladio estudió seis años para ser cura. Cuando terminó el secundario, a los 19, quería trabajar en el campo social. No siguió los pasos de su padre en el periodismo porque creía que para ello había que nacer predestinado. Un muchacho lo acercó con las monjas y los curas del barrio Cementerio. Las mujeres hacían ferias de empanadas y Eladio ayudaba a los sacerdotes a levantar viviendas. Les enseñaban a construir y conformaban cooperativas de trabajo.
“Eramos gente de la iglesia. Las monjas les enseñaban a tejer a las mujeres con máquinas y nosotros hacíamos las casas”, explica. Entre 1973 y 1976 le habían pedido al gobernador Menem, muy íntimo amigo de su padre y de uno de sus cinco hermanos, que les prestase una bloquera eléctrica para construir, pero dice que el entonces hombre de las patillas optó por mandarles un camión lleno de colchones.
Eladio trabajó con el obispo Enrique Angelelli. “Yo tuve la suerte de conocerlo y trabajar con él en donde había mucha miseria y explotación. El pueblo estaba contaminado con las minas de arcilla”. El joven se arremangó y construyó casas junto con curas albañiles y soderos. “Angelelli era extraordinario, un fuera de serie para la época” recuerda.
Mientras tanto, en la universidad militaba en la Juventud Peronista. Dice que con el trabajo social aprendió a poner en práctica el valor de la solidaridad. “Es fácil regalar un pantalón cuando tenés cuatro; distinto es regalar un pantalón cuando tenés solo dos” sostiene.

“ME IBAN A FUSILAR”
A Eladio se lo llevó el Ejército. “Me tuvieron tres días, llenaron una cuadra de presos políticos y después me llevaron a la cárcel de La Rioja. Ahí me tuvieron tres meses y medio detenido padeciendo todos los problemas”, confiesa.
En una celda individual sin luz, le daban una colchoneta y una manta. “Hay gente a la que la torturaron. A mí me vendaron los ojos, me sacaron para afuera, me dijeron que me iban a fusilar. Me hicieron poner contra la pared, sentar en el piso y me pusieron la pistola en la cabeza. Después me llevaron a una habitación, retumbaba, estaba vacía, me sentaron ahí y me empezaron a hacer preguntas. Un interrogatorio”, describe sobre aquella detención en la época de la dictadura.
Luego lo trasladaron a un galpón, le sacaron la venda y le exigieron que no se diera vuelta. “Me pusieron frente a un tipo que escribió a máquina toda la declaración”. Eladio cuenta que estuvo incomunicado un mes y medio. Sin cigarrillos, sin leer, sin luz, todo el día encerrado.
Nadie podía hablar en voz baja, el que hablaba tenía que gritar. “Sentí mucho miedo” confiesa. Escuchó gritos, torturas, hasta que lo soltaron. Dice que recuperó la libertad junto con siete presos políticos más. “El gendarme que me atendió me dijo ‘estás en libertad, la próxima vez que entrés no salís con vida. Fijate qué hacés, te convendría desaparecer’. Entonces de ahí decidí venirme para acá, a Comodoro”, comparte con Letra Roja.
Esa fue la primera injusticia para Eladio. Una persecución y detención que lo desterró de sus afectos y de su hogar.
Lo dejaron libre a mediados de julio del 76 y llegó a Comodoro Rivadavia en setiembre. Antes se casó con Esther. “Una vez me llamó mi padre, me dijo que la Policía me andaba buscando en La Rioja y me fui a Buenos Aires, anduve deambulando en unos conventillos que no me convencieron y a la semana me volví: ‘que sea lo que Dios quiera’, dije”.
La pareja no tenía mucho dinero y su mujer compraba cien gramos de carne picada para hacer sopa. En 1978 ingresó a trabajar al Banco Chubut, como auxiliar administrativo, pero a los dos meses y medio lo echaron al aplicarle la “ley de prescindibilidad”, tan en boga en esos años de arbitrariedad. “Una ley que inventaron los milicos para hacer echar a la gente”, evoca Eladio. Habló con un abogado, pero no podía hacer nada contra la ley que después se derogó.
Sin embargo el golpe de suerte lo encontró en la plaza 83 cuando una compañera de trabajo, Perla Rodríguez, lo alcanzó y le dijo que un gerente de una financiera había preguntado por él porque tenía un puesto vacante. Solo un día se quedó sin trabajo. Necesitaba dinero para pagar el alquiler.
En 1979 renunció a esa financiera e ingresó a “La Deportiva”. Un viernes de ese mismo año llegó un policía hasta el local y le dijo que el lunes tenía que presentarse en la Unidad Regional. Lo habían encontrado y temía que volviese a quedar detenido. Pensó lo peor el fin de semana, aunque cuando se presentó en la Unidad Regional los jefes locales solo le dijeron que sabían que había tenido problemas políticos en La Rioja, limitándose a preguntarle datos sobre su vida en Comodoro. “Pero me trataron bien”, recuerda.
Su detención en la última dictadura militar figura en el libro de registro de ingreso de detenidos del Instituto de Rehabilitación Social de la Provincia de La Rioja. En el octavo renglón de la foja 37. En la columna se lee “autoridad que lo remitió” y una anotación en lapicera azul que dice “Poder Eje Nac”.

SOBREVIVIENDO
Torralba trabajó en La Deportiva -Alem al 700- hasta 1985 y luego decidió que le había llegado la hora de emprender el comercio por sí solo. Y así lo hizo. Tenía un multirrubro en Rivadavia al 1.500 cuando el 19 de marzo de 2010 David Arredondo y Daniel Talma lo asaltaron en forma violenta.
Eran las 2 de la mañana y Eladio estaba junto a su mujer. Los delincuentes le asestaron 14 puñaladas para acceder a la caja registradora. Uno lo tomaba de los brazos y el otro le aplicaba los puntazos con saña. Eladio solo imploraba para que no le ocurriera nada a su mujer, que gritaba en forma desesperada.
Un remisero, que justo llegaba al local comercial, observó lo que ocurría y salió corriendo hasta la Seccional Segunda de Policía, distante solo a una cuadra del lugar y avisó en la guardia. Llegaron los uniformados y detuvieron a los dos delincuentes in fraganti. Eladio nunca alcanzó a caer al suelo, siempre se mantuvo de pie. Cree que si caía lo mataban. Se tomaba el vientre y sentía cómo le brotaba la sangre. En ese momento sintió que se moría.
La mujer pidió que por favor lo llevasen directo al Hospital Regional, sin esperar la ambulancia. Otro remisero lo trasladó de urgencia. La rapidez con la que lo ayudaron le salvó la vida. Pero los conocimientos y la profesionalidad del especialista Mauricio Dugluck. Eladio lo encuentra de vez en cuando en La Loma y se funde en un abrazo con el médico. Es que dice que le debe la vida.
Permaneció en terapia intensiva por interminables días. Recibió 40 dadores de sangre. Y debió ser intervenido quirúrgicamente en varias oportunidades. Durante dos años fue al kinesiólogo, al psiquiatra y a la psicóloga.
Pero durante diez meses no pudo trabajar. Sin embargo las heladeras debían seguir encendidas, por lo que contrajo deudas con la Sociedad Cooperativa Popular Limitada (SCPL), que se las refinanció.
Le dieron una tarjeta social de 200 pesos, pero uno solo de los medicamentos necesarios para su recuperación le costaba 198 pesos.
Los que no lo perdonaron fueron los de la Administración Federal de Ingresos Brutos (AFIP) y debió hacer frente a la moratoria. Mandó cartas al municipio, pero nunca tuvo respuestas.
“Ni siquiera (Martín) Buzzi (entonces intendente). Le presenté notas a (Néstor) Di Pierro (actual jefe comunal) y no me recibió nadie. Solo quiero que me atiendan; que me mientan si quieren pero que me hagan sentir humano, porque soy una víctima de la delincuencia”, dice Eladio.
“¿El lengüetazo cuánto está?”, le pregunta una niña con guardapolvo.
“Dos con cincuenta”, contesta Eladio.
“Deme dos, del amarillo”.
Eladio recibe los cinco pesos detrás del enrejado que le construyeron su cuñado y su hijo para que se sienta más seguro y le dice a la niña “gracias”. Los que van a comprar lo saludan afectuosamente. Otro niño le queda debiendo y él le dice que no hay problema.
En medio de la entrevista llega un cobrador. A las cuentas Torralba las va saldando como puede. Confiesa que aún debe cinco meses de alquiler con los que está atrasado. En mercadería se ve diezmado. Pero detrás de su espalda tiene toda clase de cigarrillos. Aunque tenga el tabaco tan cerca de él no fuma desde que lo asaltaron. Bajó veinte kilos y le quedó algo pendiente: conocer a sus dos nietos que nacieron en La Rioja, a los que estaba a punto de ir a visitar cuando lo asaltaron.
“¿Tiene tarjeta Movistar?”, le pregunta una mujer.
“Sí, ¿ce cuánto?”, pregunta Eladio.
“30”, le contesta la cliente.
“¿Pan no vende?”, le consulta la mujer con uniforme.
“No, a mitad de cuadra tenés una panadería”, orienta.
“El daño psicológico y en el cuerpo lo producen. Pero después ves las injusticias que se cometen y es más el daño el que le hace la justicia al damnificado porque benefician al delincuente. Yo cuando lo fui a ver al fiscal (Adrián) Cabral que me atendió después de tres veces, me dijo que estaba trabajando en el caso y que les iba a pedir diez años. Y después me dice que iba a pedir un juicio abreviado. ¿Por qué un abreviado? Si la vida me la hicieron difícil. Había que juntar las pruebas y llevárselas al juez y pedirle diez años y que le den diez”. Finalmente se acordó una pena de cinco años para ambos.
Tras ser condenado, Talma estuvo prófugo durante seis meses y fue detenido por otro robo. Junto con Arredondo, accedieron a la libertad condicional. Mientras tanto Torralba no se recupera de los números.
No odia a quienes lo dañaron porque incluso un conocido de ellos llegó preguntándole eso. “Tengo más bronca con la gente que administra la Justicia. Que si lo hicieran bien uno estaría tranquilo” resume sobre su tercera injusticia. “Acá falta solidaridad, y ser justo. Darle a todos lo que corresponde”. Hoy trabaja 16 horas por día. Ingresa a las 23:30 y se va a las 16 de la otra jornada.

Etiquetado:

Descubre más desde Rioja Política

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo