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Ana Robles: caricias de sol en Mendoza

La calidez mezclada con el sueño se transparenta en la voz de Ana Robles, que por teléfono recibe la llamada. “Justo me estaba despertando de la siesta”, dice, y así, con los sueños frescos, comienza a deshilvanar las historias y paisajes que se esconden detrás de su nuevo disco “Pedacitos de sol”.

Nacida en La Rioja, y viajera desde los 17 años, Ana recorrió lugares que despertaron en ella la música que lleva a Mendoza. “Los duendes del agua” fue su último trabajo, realizado en Inglaterra junto a su marido, con nostalgia corriendo por las venas hinchadas de cada canción.

Pasaron 9 años, y con ellos la vida de Ana se fue enriqueciendo, y así también su nuevo disco. Con delicadeza, calidez y sutileza en los arreglos “Pedacitos de sol” ofrece un viaje hacia el pasado, de la mano de la cantautora, que va despertando lentamente en nosotros esas sensaciones y recuerdos de la niñez.

Inspirada en los espejos del alma de sus hijos, sus ojos, hoy Ana se entiende adulta, decide crecer y decide abrir una brecha musical, para ella y para nosotros, en la que podemos volver a ser niños.

– ¿Qué contrastes ves entre este nuevo disco, teniendo en cuenta que fue grabado en tu tierra natal La Rioja, y el anterior en Londres?

– No hay mucho contraste en cuanto a lo técnico. Yo creo que el principal cambio que hay son los nueve años que pasaron, y en ese tiempo las cosas que sucedieron en mi vida particular: cambié de ciudad dos veces (Inglaterra, luego Buenos Aires y ahora La Rioja), tuve hijos. Crecí mucho a nivel personal, y en las canciones eso se refleja mucho a la hora de escribir arreglos.

– ¿Cómo son esos mundos inspirados en tu niñez que construís en “Pedacitos de sol”?

– Creo que nunca me quise resignar al hecho de crecer, en muchos sentidos me seguí manejando de la misma forma que cuando era chica. Tuve una infancia muy linda, muy cálida, en esas épocas uno andaba más suelto.

El tema de crecer en las mujeres pasa como de un día para el otro, estuve muchos años incluso con bronca, hasta que fui madre. Este disco se acerca al hecho de que tener hijos hizo que me pudiera reconciliar con ser grande. Ser mamá te ayuda a entender, y a poder volver a vivir la niñez a través de ellos, viendo esos ojitos que se maravillan con todo.

– En una entrevista hablás de enojo al perder tu niñez, ¿has logrado en este álbum encontrar un lugar para volver a ella?

– Sí, totalmente. De hecho el primer disco habla mucho de la nostalgia, siendo que las canciones las escribí en Inglaterra y, a pesar de que cada minuto que viví allá estuvo buenísimo, escribí el disco desde un lugar como de pérdida. Este nuevo disco, aunque habla del pasado, lo hice desde un lugar de encuentro, de reconciliación, especialmente de reconciliación con la pérdida.

Ya hace 15 años que me fui de La Rioja y ahora, cuando volví, las cosas habían cambiado mucho: gente y lugares que ya no están. Pero entendí que la esencia de la vida es esa, la transformación.

– Tu disco nació de un lugar tan íntimo, ¿pensás que tiene el poder de ‘aniñar’ a quienes lo escuchen?

– Creo que sí, por ahí hay algunas imágenes que guardan un sentir, una historia que son -como dice Eckhart Tolle- “postes indicadores”. Y con eso tal vez la gente pueda volver a ese lugar en su cabeza.

– ¿Cómo ves este retorno a Mendoza y al público que va a recibir tu nuevo trabajo?

– La última vez que estuve en Mendoza fue hace 4 años. Vuelvo a tocar con mucha alegría y con muchísima ansiedad, como me he dedicado más a mi familia en este último tiempo vengo tocando una vez por año.

Para mí el salir a tocar es un medio para expresarte, conocer gente y viajar. Lo más lindo que tiene la música es que es una profesión que te sigue en cualquier parte del mundo y es un idioma para gente que no habla tu idioma.

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