Alberto Ledo fue fusilado en 1976.
El soldado conscripto Alberto Ledo, a los 20 años de edad fue fusilado y su cuerpo desaparecido, el 17 de junio de 1976 en Tucumán. El 11 de abril de 1974, su nombre apareció en un extenso listado publicado en el diario El Sol, de La Rioja.
Se le atribuyó ser partícipe de la Alianza de Grupos Marxistas y el obispo Enrique Ángel Angelelli. Las secuencias, con desenlace trágico, confirman que, como en todo plan, el terrorismo de Estado tuvo etapas y engranajes que vinculan a civiles con militares, en acciones siniestras. Acabo de leer Lo que no dije en Recuerdo de la Muerte, libro de Miguel Bonasso.
En conversación con el autor, Graciela Ledo, hermana mayor de Alberto, señaló: “Había servicios de inteligencia dentro mismo del grupo juvenil al que nosotros pertenecíamos; nos fuimos enterando poco a poco de que ahí había informantes (…) O sea, que la inteligencia funcionaba en ese entonces, como funciona ahora también”.
Por Guillermo Alfieri para analisisdigital.com.ar
Yo habitaba en La Rioja y me consta que el periódico El Sol publicaba páginas enteras con material proporcionado por la cloaca delatora. Su dueño era Tomás Agustín Álvarez Saavedra, accionista principal de la cadena de hoteles Sussex. Desembarcó en La Rioja en 1968, con sus modales exuberantes y la creencia de que el que tiene plata hace lo que quiere.
Logró la concesión para la explotación del casino, con el incumplido compromiso de construir un complejo turístico en Termas de Santa Teresita, en el departamento de Arauco. No pareció casualidad que con la privatización de las ganancias del juego, se incentivara la prostitución, el tráfico de drogas y la usura, problemáticas denunciadas por el obispo Angelelli y el diario El Independiente, dirigido por Alipio Tito Paoletti. Al poder financiero, Álvarez Saavedra quiso sumar poder político. Donó fondos para el reequipamiento de la sede del Partido Justicialista, pero viró a la formación del Movimiento Popular Riojano, para respaldar la fórmula presidencial postulada por el Gran Acuerdo Nacional, pergeñado por el general Alejandro Lanusse, mandamás de facto. La cosecha de votos del MPR fue paupérrima: 1.841, equivalentes al 2,43 por ciento de los ciudadanos que concurrieron a las urnas.
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Álvarez Saavedra sintió que le faltaba aliento espiritual y prensa gráfica adicta. Proyectó fundar un diario. En entrevista formal le pregunté si también iba a instalar un obispado. “No, porque no me lo permiten”, fue la respuesta. El Sol entró en circulación el 2 de mayo de 1972. Durante los dos primeros meses de existencia, el doctor Eduardo Menem fue director periodístico; lo reemplazó Federico Méndez Álvarez y luego el licenciado Ricardo Furey.
Pasada la corta tregua y euforia provocadas por los comicios de 1973, se tensionó la situación. La rosca de sectores reaccionarios, incluido el lopezrreguismo, redobló la ofensiva contra la pastoral profética de monseñor Angelelli. Para El Sol, el obispo era “Satanelli” y Tito Paoletti un terrorista que no merecía vivir. Basta repasar la hemeroteca para constatar en qué magnitud el fascismo marcó a personas en el módulo de una represión anticipada.
Una nota del 10 de abril de 1974 planteó que en La Rioja se instrumentaba la experiencia piloto de una conjura diabólica, de alcance internacional. Por estar en el complot el dedo índice apuntó a políticos, gremialistas, cooperativistas, artistas, trabajadores de sociales, estudiantes y docentes. El 11 de abril de 1974, el texto desprolijo y mal escrito llevó el título Alianza de Grupos Marxistas y el obispo Angelelli. En el párrafo sobre “dirigentes laicos” figuró Alberto Ledo, de 18 años de edad. Los informantes de los que habló Graciela Ledo, podían leer el fruto de su miserable trabajo en el diario de Álvarez Saavedra, conducido por el licenciado Furey.
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No es aventurado enhebrar los listados de 1974 con el terrorismo de Estado desplegado por la dictadura desde la noche del 23 de marzo de 1976. En una población de 150 mil personas hubo 32 capturados-desaparecidos, cuatro mil presos políticos y un indeterminado número de riojanos que acudieron al exilio interno y externo para eludir la persecución. En la culminación del horror, el asesinato del obispo, dos sacerdotes y un laico.
Alberto Ledo comenzó el servicio militar en La Rioja, ciudad en la que nació el 2 de julio de 1955. Le asignaron tareas como la de asistir al capellán militar Felipe Pelanda López, que oficiaba misa para presos políticos, entre los que yo me encontraba, en el Instituto de Rehabilitación Social. Semanas después lo trasladaron a Tucumán, donde las fuerzas regulares lograban aniquilar a la guerrilla rural.
Cabe la especulación de que Alberto Ledo estaba fichado y el ámbito castrense implicó introducirlo en la boca del lobo. En Tucumán hay una causa judicial abierta por el delito de lesa humanidad del que fue víctima el ex soldado riojano, el 17 de junio de 1976. Por la falta de noticias de su hijo, su mamá, Marcela Brizuela de Ledo, viajó a Tucumán. En el libro de Bonasso se referencia que en la guardia del batallón le afirmaron que Alberto Ledo era un “desertor”, con pedido de captura recomendada.
Marcela Brizuela sólo consiguió los lentes que de modo permanente usaba su hijo, guardados por el conscripto Orlando Orihuela. En el expediente que se tramita en el juzgado federal de Tucumán, hay documentos que revelan la falsedad con que se intenta encubrir lo ocurrido. “Adjunto elevo al señor Jefe las presentes actuaciones, por la grave falta de primera deserción simple cometida por el soldado conscripto Agapito Alberto Ledo (clase 1955, matrícula 11.496.577, Distrito Militar La Rioja)”. El acta fue firmada por el entonces subteniente César Milani, hoy comandante en jefe del Ejército de la República Argentina.
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El diario El Sol ya no existe. Tomás Álvarez Saavedra falleció. De su devastador paso por La Rioja queda un simbólico gran edificio casi abandonado, que fue de Sussex. Lo sobreviven otros miserables espías, mimetizados en democracia, al punto de acceder a altos puestos del funcionariado y ser electos para cargos relevantes. Alguno de ellos marcó a Alberto Ledo como partícipe de la Alianza de Grupos Marxistas y el obispo Angelelli. Con este tipo de infamia operó el terrorismo de Estado.






