La inminente ruptura del catamarqueño con el kirchnerismo consolidará un interbloque de gobernadores dialoguistas que promete ser clave para la supervivencia financiera del Norte. Mientras sus vecinos se agrupan para negociar en manada, el riojano queda del lado de los «invalidados» por la Casa Rosada junto a Kicillof e Insfrán.
La política del Norte Grande vive horas decisivas y todas las miradas apuntan a un solo hombre: Raúl Jalil. El gobernador de Catamarca tiene en su poder la llave maestra para activar el nuevo interbloque federal, una «cooperativa» legislativa diseñada por Gustavo Sáenz (Salta) y Osvaldo Jaldo (Tucumán) para garantizar la gobernabilidad de Javier Milei a cambio de recursos. La decisión está tomada; solo falta el timing.
Para la Casa Rosada, la jugada es perfecta: si Jalil retira a sus cuatro diputados de Unión por la Patria, el peronismo perdería su condición de primera minoría en la Cámara baja, quedando con unos 92 votos frente a los más de 93 que amasará el oficialismo desde el 10 de diciembre. Pero para La Rioja, este movimiento tectónico en la región tiene el peso de una sentencia de aislamiento.
El costo de quedar afuera
La lógica que empuja a Jalil, Sáenz, Jaldo y al misionero Hugo Passalacqua es la supervivencia pura y dura. Entienden que, con un oficialismo fortalecido en el Congreso, la negociación «mano a mano» ya no rinde frutos. Necesitan actuar en bloque para que sus votos valgan oro en la discusión del Presupuesto 2026 y las reformas estructurales.
En este esquema de pragmatismo extremo, Ricardo Quintela aparece como el gran perdedor. Mientras sus vecinos tejen una red de contención para blindar sus cajas (Jaldo, por caso, reclama $50.000 millones por obras), el gobernador riojano eligió la trinchera ideológica.
El contraste es brutal. El nuevo espacio de gobernadores dialoguistas se perfila como el interlocutor privilegiado de un Gobierno nacional que necesita aliados, pero que también elige enemigos. El análisis que hacen en el Norte es que el «paredón violeta» de Milei tiene nombres propios vetados: Axel Kicillof, Gildo Insfrán, Gustavo Melella y, en primera línea, Quintela.
Zamora, el llanero solitario
La única pieza que aún se mueve con autonomía en este tablero es Gerardo Zamora. El santiagueño, dueño absoluto de los 10 votos de su provincia (7 diputados y 3 senadores), se da el lujo de negociar por su cuenta, sin licuar su poder en un interbloque. Su «precio» es alto, pero la Casa Rosada lo paga.
La Rioja, en cambio, no tiene ni el volumen de Santiago del Estero ni la cintura política de Catamarca o Salta. Sin un bloque propio de peso y con sus diputados atados a la suerte de un kirchnerismo en retroceso, la provincia corre el riesgo de enfrentar un 2026 de asfixia financiera.
La conformación de este interbloque federal no es solo una noticia parlamentaria; es la confirmación de que el mapa político se ha partido en dos. De un lado, los que negocian y sobreviven. Del otro, los que resisten y esperan. La Rioja, por ahora, se queda sola en la resistencia, viendo cómo sus socios históricos cruzan la vereda para asegurarse el futuro.





