Frente a una interna desbocada por la sucesión de Ricardo Quintela y un evidente vacío de conducción, el peronismo provincial es un polvorín. El ex mandatario regresó de una cumbre minera en Canadá decidido a frenar el «desguace» de su legado estatal y no descarta erigirse, una vez más, como la única prenda de unidad posible.
En los pasillos de la Casa de Gobierno y en las mesas de café que rodean la Plaza 25 de Mayo en la capital riojana, el diagnóstico es unánime: en el peronismo hoy no hay conducción. La carrera hacia el 2027 se ha desatado de forma prematura y caótica, marcando el pulso de un oficialismo que mira con preocupación el recambio de poder.
La sucesión del gobernador Ricardo Quintela ha destapado una olla a presión. El síntoma más evidente de esta orfandad de liderazgo es un dato que rompe la lógica histórica de la política local: hoy sobran los nombres que se prueban el traje para la gobernación, pero escasean los voluntarios para suceder a Armando Molina en la intendencia de la capital, tradicionalmente el trampolín natural hacia el máximo sillón provincial. Todos quieren el premio mayor; nadie quiere la trinchera.
En ese río revuelto, la interna femenina del justicialismo cobra un protagonismo feroz. La vicegobernadora Teresita Madera y la senadora nacional Florencia López —dos figuras con peso propio y estructura— venían midiendo fuerzas en una guerra fría que ahora suma un nuevo frente. La diputada nacional Gabriela Pedrali, apoyada en su construcción territorial y su cercanía con la base quintelista, se ha animado a desafiarlas, exigiendo su lugar en la mesa chica donde se definirá el 2027.
El regreso del «Patriarca» y la defensa del legado
Frente a esta balcanización del poder, un fantasma recorre el peronismo riojano. Luis Beder Herrera, el histórico ex gobernador que superó la barrera de los 70 años, ha comenzado a emitir señales inequívocas desde su aparente ostracismo político.
Días atrás, el ex mandatario aterrizó en La Rioja tras participar en la feria PDAC (Prospectors & Developers Association of Canada) en Toronto, el evento minero más importante del mundo. Su presencia allí no fue casual ni meramente protocolar. Según advierten desde su círculo más íntimo, Beder Herrera volvió alarmado y dispuesto a dar la batalla retórica —y quizás electoral— ante lo que considera la destrucción sistemática de las políticas de Estado que él mismo gestó.
El enojo del ex gobernador tiene nombres y apellidos institucionales. En su entorno mastican bronca por el destino de las SAPEM (empresas estatales), con especial foco en la venta y reestructuración del Parque Eólico Arauco, que fue la nave insignia de su gestión energética. A esto se suma la paralización o el mal manejo —según la óptica bederista— de la proyección de La Rioja como una provincia inminentemente minera, una agenda que intentó instalar a costo político altísimo y que hoy ve desdibujada.
¿La última prenda de unidad?
La gran pregunta que hoy sacude al justicialismo es si Beder Herrera puede ser, a su edad, la prenda de unidad que evite una fractura en 2027.
Sus operadores aseguran que sí. El argumento es pragmático: ante la falta de un líder ordenatorio y con tres o más candidatas dispuestas a ir a una interna sangrienta, la figura del ex gobernador funcionaría como un «paraguas» protector. Un liderazgo vertical clásico que obligaría a las distintas facciones a encolumnarse detrás del creador del modelo provincial moderno.
Sin embargo, sus detractores dentro del mismo espacio señalan que su tiempo ya pasó y que un regreso significaría un retroceso institucional y generacional para el PJ riojano, que necesita renovar sus cuadros frente a un electorado cada vez más esquivo a los «viejos caudillos».
Lo cierto es que Beder Herrera ha vuelto a mover las fichas. El viaje a Canadá fue el pretexto; la defensa del litio, el viento y las empresas estatales, la bandera. En una provincia donde la política es un juego de ajedrez permanente, el ex gobernador acaba de anunciar que todavía guarda celosamente al Rey. Queda por ver si el peronismo riojano está dispuesto a jugar una vez más su partida.





