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El ocaso de Udpinango: radiografía del histórico pueblo riojano que resiste con solo 10 habitantes y ruega no desaparecer

En el corazón del departamento Arauco, una joya colonial y arqueológica lucha contra el olvido. Llegó a albergar a casi 300 personas, pero el éxodo rural lo redujo a una decena de pobladores mayores de 60 años. La fe, las leyendas y el reclamo de la Argentina profunda que se apaga.

En el interior profundo de La Rioja, donde el tiempo parece haberse detenido y las antiguas casas de adobe aún resisten los embates del viento, se encuentra Udpinango. Este paraje, ubicado en el departamento Arauco y al que se accede desviándose por un sinuoso camino de tierra desde la Ruta Nacional 75, es hoy el escenario de una silenciosa batalla contra el olvido que refleja una problemática de impacto nacional: la paulatina desaparición de los pequeños pueblos rurales argentinos.

Su nombre, que proviene de una mezcla de vocablos originarios («urpila» y «anco»), significa «alto de la aguada de las palomas». En su época de mayor esplendor, Udpinango llegó a ser una comunidad pujante y activa de agricultores y pastores con 290 habitantes. Hoy, la cruda realidad demográfica marca que solo viven allí 10 personas, la inmensa mayoría de ellos superando la barrera de los 60 años.

Fe tallada en madera y reliquias coloniales

A pesar de su drástica merma poblacional, el pueblo resguarda un patrimonio histórico invaluable. Su iglesia, construida en 1788 con gruesas paredes de barro amasado, es una de las más antiguas de la región. En su interior se venera a la Sagrada Familia con una particularidad que sorprende a los visitantes: una inusual pintura al óleo donde la Virgen María aparece con el pecho al descubierto, amamantando al niño Jesús.

La espiritualidad es el pilar de la resistencia. Toño, un habitante local que sin ser artesano sintió el llamado de la fe, talló un enorme Cristo en madera de algarrobo blanco. La imponente figura fue entronizada en lo alto de una loma en el año 2003, con la mirada puesta directamente hacia la población para proteger a los pocos vecinos que quedan.

Tradiciones que se niegan a morir

El estilo de vida de Udpinango es un museo vivo de la cultura andina y del norte argentino. En el pasado, a sus habitantes se los conocía como «los pucos», en referencia a los moldes de arcilla utilizados para elaborar el tradicional patay. Doña Hilda, una de las guardianas de esta receta ancestral, sigue preparando este alimento a base de harina de algarroba negra bajo la técnica «al sereno», un proceso que aprendió de su madre cuando el pueblo aún bullía de vida y los campos de olivos estaban en plena producción.

El rostro de la perseverancia también lo encarna Luciano, un hombre de 83 años que lleva más de medio siglo fabricando cañizos (techos de caña atada). Con sus manos cansadas pero expertas, selecciona las cañas maduras de los molinos para continuar un oficio que, irremediablemente, corre el riesgo de extinguirse con su generación.

El legado diaguita y las leyendas del agua

El valor de Udpinango trasciende lo colonial y se hunde en las raíces de los pueblos originarios. A pocos metros del asentamiento, sobre las formaciones de arcilla, descansan más de 60 morteros tallados en la roca viva por los diaguitas. Estas cavidades, utilizadas comunitariamente para moler granos y preparar medicinas, son mudos testigos de un pasado próspero.

El entorno natural también está envuelto en misticismo. Los lugareños aún relatan la leyenda del «Agua fría», una historia sobre un arriero sediento que, persiguiendo a sus mulas perdidas en la siesta riojana, se topó con una misteriosa mujer de pelo largo sentada a la orilla de una vertiente. Al verse descubierta, cuenta el mito que la «madre del agua» abandonó el lugar, provocando que el caudal disminuyera para siempre.

Un grito de auxilio desde la Argentina profunda

El contraste entre la inmensidad de su riqueza cultural y la desolación de sus casas abandonadas con corrales vacíos genera un nudo en la garganta. La escuela del pueblo, que alguna vez supo albergar a 60 alumnos llenando de risas los recreos, es hoy un recuerdo melancólico.

Marcela, una de las férreas habitantes que oficia de guía y custodia de la memoria local, resume el sentir de los 10 sobrevivientes de Udpinango con un ruego que resuena como un eco hacia el resto del país: «El sueño sería que se hagan las obras o las acciones que se tengan que hacer por parte de las autoridades o a quienes corresponda para que el pueblo no desaparezca, que siga vigente».

Un reclamo urgente desde las entrañas de La Rioja para que la historia, la cultura y la vida de la Argentina rural no se conviertan, definitivamente, en un pueblo fantasma.

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