La creación del museo dedicado al obispo asesinado une al gobierno provincial, la intendencia y la Iglesia en una foto de fuerte densidad simbólica, buscando mística militante frente al avance del relato libertario.
En la liturgia política riojana, la figura de monseñor Enrique Angelelli no pertenece al pasado, sino al presente más inmediato. La firma del convenio para la creación del museo que llevará su nombre, encabezada por la secretaria de Culturas, Patricia «Pini» Herrera, junto al secretario general de la Gobernación, Ricardo Herrera, el intendente capitalino Armando Molina y el obispo Dante Braida, es una muestra cabal de cómo el oficialismo provincial recurre a su acervo histórico y espiritual para cohesionar filas en un momento de extrema intemperie económica.
«Un paso importante para preservar su legado y fortalecer la memoria como parte de nuestra identidad colectiva», afirmó la funcionaria de la cartera cultural.
La foto de la firma es, en sí misma, un mensaje político de múltiples bandas. Por un lado, sella la sintonía fina entre la Iglesia local conducida por Braida —que mantiene viva la bandera de la opción por los pobres— y el andamiaje estatal del quintelismo. Por el otro, reúne en una misma mesa a terminales clave del Ejecutivo provincial y del municipio capitalino, mostrando una cohesión interna necesaria ante el desgaste de la gestión diaria. En tiempos donde los recursos escasean, el peronismo de La Rioja apuesta a la producción de sentido y a la mística militante como herramientas de resistencia cultural frente al discurso individualista de la Casa Rosada.
Hacer foco en la memoria de Angelelli, el obispo con «un oído en el pueblo y otro en el Evangelio» asesinado por la última dictadura militar, implica también plantar una trinchera ideológica. Mientras a nivel nacional se discuten las políticas de derechos humanos y el rol de los años setenta, La Rioja institucionaliza el legado de su mártir secular. Para el gobierno de Ricardo Quintela, el futuro museo no será simplemente un espacio de conservación paleontológica o arqueológica, sino un faro político-cultural destinado a recordar que, en la tierra de las montoneras, la fe y la justicia social históricamente caminaron de la mano.