Luis Ricardo Jassán dejó La Rioja en plena crisis de los años 80, llegó a la Patagonia sin recursos y terminó convirtiéndose en uno de los vendedores callejeros más reconocidos de Neuquén. Su historia refleja el fenómeno de miles de riojanos que buscaron oportunidades fuera de la provincia.
La historia de Luis Ricardo Jassán resume uno de los procesos migratorios que marcaron a varias generaciones de riojanos. En marzo de 1982 dejó La Rioja junto a su familia, sin trabajo estable y con escasos recursos, para probar suerte en Neuquén. Más de cuatro décadas después, su nombre ya forma parte de la identidad popular de la capital patagónica, donde todos lo conocen simplemente como «El Riojano». Su recorrido sintetiza el destino de miles de comprovincianos que encontraron en el sur del país la posibilidad de construir un futuro.
Jassán recuerda que llegó a Neuquén con apenas una máquina para fabricar masa y la decisión de empezar de inmediato. Tres días después de instalarse ya elaboraba pastelitos junto a su esposa y recorría las calles para venderlos. Aquella apuesta, nacida de la necesidad, terminó convirtiéndose en un emprendimiento que atravesó generaciones.
Antes de emigrar había trabajado frente a la Casa de Gobierno de La Rioja con un puesto de diarios y revistas. Allí conoció de cerca a quien años más tarde sería presidente de la Nación, Carlos Menem. Incluso recordó el vínculo familiar que mantenía con el exmandatario y las conversaciones que ambos sostuvieron cuando Menem visitaba Neuquén durante su presidencia.
Los primeros años estuvieron lejos de ser sencillos. La familia vivió con enormes dificultades económicas y comenzó prácticamente desde cero. Con el tiempo compró un pequeño almacén, abrió una fábrica de pastelitos y soportó incendios, persecuciones de inspectores municipales y las dificultades propias del comercio ambulante, hasta consolidarse como una figura tradicional de las calles neuquinas.
Su caso también refleja la transformación económica y urbana de Neuquén. Durante décadas vendió en la vieja terminal de ómnibus, el aeropuerto histórico y los balnearios del río Limay, acompañando el crecimiento de una ciudad impulsada por el desarrollo energético de la Patagonia. En sus mejores años llegó a coordinar decenas de vendedores y comercializar cientos de docenas de pastelitos durante un fin de semana.
Ni siquiera un grave accidente de tránsito logró alejarlo de su oficio. Tras permanecer internado, pasar meses en silla de ruedas y perder la visión de un ojo, volvió rápidamente a las calles. Desde entonces mantiene una rutina que combina el trabajo con gestos solidarios, donando mercadería a comedores, escuelas y organizaciones barriales.
Hoy, a sus más de cuatro décadas de trayectoria, sigue recorriendo los mismos puntos de venta que lo hicieron conocido. Aunque se define orgullosamente neuquino por adopción, nunca renunció a su identidad de origen. «Soy riojano, pero me considero neuquino», resume quien convirtió una historia de migración y esfuerzo en un símbolo popular de la capital patagónica.