El gobernador concentró el control presupuestario en Hacienda a través de un hombre propio y asfixió los recursos independientes de los candidatos; el avance de Gabriela Pedrali y el diseño de un proyecto «por dos décadas».
El escenario político de La Rioja ingresó en una fase de estricta disciplina presupuestaria bajo el diseño vertical del gobernador Ricardo Quintela. A través de una estudiada centralización de las partidas, el mandatario provincial ejecutó una maniobra que dejó prácticamente sin recursos de manejo autónomo a la estructura del peronismo local de cara a los comicios del año próximo. La estrategia apunta a un objetivo unívoco: garantizar que cualquier aspiración sucesoria deba pasar inexorablemente por el filtro económico de la Gobernación.
El instrumento central de este esquema es el ministro de Hacienda y Finanzas Públicas, Fabián Blanco, un técnico de máxima confianza de Quintela que asumió la conducción económica tras desempeñarse como secretario del área. Con Blanco al frente de la caja provincial, la totalidad de los postulantes oficialistas que buscan posicionarse en la carrera electoral quedaron bajo una situación de estricta dependencia de la «billetera del Estado». La escasez de fondos por fuera de este resorte institucional neutralizó de antemano cualquier intento de rebelión o construcción de líneas internas independientes de la conducción central.
En este tablero de recursos regulados, la diputada nacional Gabriela Pedrali consolidó su posición como la favorita en el esquema sucesorio tutelado por el quintelismo. Pedrali retiene bajo su órbita la administración y el despliegue del Plan Angelelli, el programa habitacional e integral que funciona como la principal herramienta de inserción y contención social en la periferia de la capital y los departamentos del interior.
La influencia de la legisladora nacional en la botonera estatal sumó además un casillero estratégico de alta sensibilidad institucional: la designación de Ricardo Herrera al frente de la Secretaría General de la Gobernación. La colocación de este alfil no es menor; en los despachos del PJ riojano recuerdan que la ingeniería original contemplaba la eventual creación de un Ministerio del Interior diseñado a la medida de Pedrali, una plataforma pensada para exigirle que abandone su banca en el Congreso y se asiente de manera definitiva en el territorio riojano de la gestión local de cara a la postulación ejecutiva.
El disciplinamiento de la tropa interna coincide con la proyección nacional que el propio Quintela busca imprimirle a su figura. En el entorno del mandatario riojano confirman que, una vez concluido el Mundial de Fútbol, el gobernador iniciará un raid de recorridas por distintos distritos del país para formalizar su candidatura a presidente por el Partido Justicialismo (PJ).
Si bien de cara al público el riojano se presenta bajo el ropaje de un «articulador necesario» de las distintas facciones del movimiento, el diagnóstico que transmiten sus colaboradores es mucho más pragmático: en el actual escenario de fragmentación partidaria, Quintela advierte un vacío de liderazgos con el volumen político o la voluntad real de confrontar abiertamente con la gestión de Javier Milei.
El despliegue simultáneo de la proyección nacional del gobernador y el blindaje económico del territorio provincial responden a una premisa de largo alcance que repiten en la mesa chica de la residencia oficial: el quintelismo no contempla bajo ninguna circunstancia abandonar el control del Ejecutivo provincial. El diseño político que Blanco y Pedrali custodian desde la gestión no está pensado para la contingencia electoral inmediata, sino para garantizar la continuidad de un proyecto de poder que, según los planes del propio mandatario, aspira a prolongarse por las próximas dos décadas en La Rioja.