La experiencia inigualable del Hércules
Ahí está el gigante verde, reposando sobre la pista del aeropuerto de La Rioja, a la espera de transportar hasta Copiapó unos cincuenta periodistas que conforman la caravana Dakar. Hace más de 10 días que unas 3000 personas recorren caminos de Perú, Argentina y Chile. Una rara sensación me invade. Faltan apenas segundos para tener mi bautismo en uno de los grandes hitos de la Fuerza Aérea Argentina.
Mientras nos acercamos la imagen cada vez impacta más. Son metros y metros de hierro con dos motores gigantes en cada ala. La tripulación recibe el equipaje por la parte trasera del avión, que abre una compuerta enorme y recibe las pertenencias de unas cincuenta personas entre periodistas y miembros de la organización. Las opiniones se contraponen: unos prometen vivir un momento muy emocionante y otros se preparan para pasarla mal.
En un par de minutos se ponen en marcha los motores. El ruido es verdaderamente ensordecedor. Mientras tanto, nos intentamos acomodar en una especie de largos asientos hechos con redes a los costados y al medio de la aeronave que no parecen nada cómodos. El reloj marca las 9.05 de una mañana lluviosa y nos esperan como mínimo dos horas para llegar al otro lado de la Cordillera de los Andes. Pasan el tiempo y el sonido de los motores no deja escuchar ni al que está al lado. El olor a combustible tiene una mezcla de kerosene y nafta y el calor comienza a sentirse, sumado a una sensación de encierro. No es un viaje más y todo aporta a esto.
Pasan unos veinte minutos de ruidos, preparativos y expectativa hasta que el Hércules comienza a carretear en la pista riojana. La velocidad se siente, aunque el sonido y la vibración es tanta que no me doy cuenta cuando toma vuelo. Comenzó el largo periplo y el calor ya es más sofocante. Con el correr de los kilómetros uno empieza a habituarse. El gigante no sufre con las turbulencias y hasta se puede dormitar un poco para que el tiempo pase más rápido.
El calor en los costados de la aeronave me obliga a alejarme y me despierta después de una breve siesta. Algunos se animan a pararse y mirar por las pequeñas ventanas circulares el majestuoso paisaje de la cordillera. El piso también refleja la alta temperatura. Pasó una hora y todavía falta mucho. El ruido no cesa y el calor, mucho menos. Hay que acomodarse como se puede y esperar que siga pasando el viaje. Algunos duermen, otros intentan escuchar música y muchos sólo observan sin mirar el rústico interior del hércules, en busca que el reloj agote las dos horas que promete hasta llegar al desierto chileno.
El reloj indica que apenas pasaron las 11 de la mañana y el capitán comienza a descender. Allí se pone un poco más nervioso el avión y algunas turbulencias se hacen sentir. Los pasajeros ocasionales se la aguantan porque saben que falta poco. En un par de minutos más y casi sin esperarlo un fuerte sacudón indica que aterrizamos. Los motores en reversa vuelven a hacer imposible escuchar algo más en el interior. El hércules comienza a frenar y busca un lugar en el aeropuerto de Copiapó para finalizar la experiencia.
El avión se detiene totalmente. Las caras de sonrisa y alivio se multiplican. Se abre la compuerta trasera y entra una corriente de viento que parece un bálsamo. Es hora de bajar y ponerle punto final a una experiencia única. Un día el Dakar cruzó los Andes en un hércules y estuve ahí para contarlo.
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