“La decisión de las listas la va a tener Cristina, únicamente ella”, señalan las voces más gruesas del kirchnerismo. A pesar de esto, hay dos nombres que son fundamentales en ese armado, son Carlos Zanini y Andrés Larroque. Cómo se mueven estos dos nombres. 
“La decisión de las listas la va a tener Cristina, únicamente ella”, aseguran las voces más gruesas del kirchnerismo. Se refieren a la nómina de diputados nacionales y al poder de veto y de pedido que ejercerá sobre los territorios provinciales.
Carlos “Chino” Zanini y Andrés “Cuervo” Larroque tienen roles distintos pero fundamentales en ese armado. El primero como última instancia antes de la aprobación final de la Presidenta, y terminal obligada de todos los “jefes políticos” en las negociaciones previas.
Larroque, en tanto, será quien acerque la nómina de todos los muchachos de las organizaciones juveniles K que, se presupone, inundarán las listas, sobre todo las seccionales.
A Andrés Larroque le dicen “Cuervo” por ser fanático de San Lorenzo de Almagro, club que últimamente parece ser talismán para algunos de sus hinchas. Como secretario general de La Cámpora tiene a cargo la conducción de esa organización, y es, junto a Wado De Pedro, uno de los predilectos de Cristina y uno de los escasos dirigentes con acceso directo a la Presidenta.
Verborrágico, de pocas pulgas, con voz de mando y ambicioso políticamente, Larroque es un “Ciclón” que cautiva hacia dentro y genera rechazos en muchos peronistas ortodoxos. Ni hablar en la oposición. Su religión es la militancia 24 x 24, y su credo, el ultrakirchnerismo más crudo, con Néstor y Cristina como únicos dioses.
Conduce la feligresía de los pibes K con esta concepción, y es “Matador” en las discusiones políticas, sin pelos en la lengua para tratar de “narcosocialismo” a sectores de la oposición, decirle “atorranta” a la diputada del PRO Laura Alonso o desafiar al aire a un conductor de la Televisión Pública. Tiene en su haber un rosario de esas manifestaciones, que son pecado para la política tradicional pero música celestial para los modos del cristinismo.
Por eso, para la Presidenta es uno de sus “Santos”, por ahora intocable (aunque en el kirchnerismo nunca se sabe cuánto dura esa devoción). Está por estos días en el cielo, y en la ambiciosa carrera política no se conforma con ser el conductor de La Cámpora y primer referente de Unidos y Organizados; el Cuervo busca volar alto, empollando su futuro político en el nido de la juventud oficialista.
A Carlos Zanini le decían “Negro” cuando era un joven cordobés y militaba en Vanguardia Comunista, a principios de los ´70, momentos en que la moda era el peronismo revolucionario. Luego de estar cuatro años preso tras el advenimiento de la dictadura, regresó a Córdoba, y con el título de abogado se fue al extremo sur. Llegó a ser juez, pero la política siempre tiró más. La amistad con Néstor Kirchner hizo el resto.
Cuando llegó, en 2003, a la Casa Rosada, ya era el “Chino”. Lleva una década como secretario Legal y Técnico de la Presidencia; primero con Néstor y luego en los dos períodos de Cristina.
Desde esa oficina, su influencia hacia dentro del kirchnerismo no ha conocido retrocesos. Se lo señala como el principal proveedor de ideología, cerebro de las principales acciones de gobierno -como la reciente reforma judicial- y dueño de todos los secretos de Estado desde el 25 de mayo de 2003 hasta hoy.
Para llegar a la Presidenta hay que llegar primero a él. Sus órdenes son interpretadas como una transmisión directa de la primera mandataria, y sus recomendaciones a Cristina pocas veces son desestimadas por ella. Le gusta moverse con bajo perfil, es punto de encuentro de todos los sectores K y su poder crece en los tiempos electorales. Para él, la confección de nóminas para octubre debe ser solamente con los puros.
En su concepción no hay grises, es todo blanco o negro. El “Chino” tiene un sueño, y cumplirlo lo obligará a derribar varias murallas, entre ellas, las de la ortodoxia peronista. Pero Zanini también se desvela por ser algo más que un operador subterráneo.



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