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Un diario mendocino en forma irónica por la indigencia

En una nota de opinión, firmada por el periodista Marcelo Zentil, el diario Los Andes dice que el gobernador riojano extrañamente no festejó la desaparición de la indigencia y recuerda que eso que se extinguió la promoción industrial. Lo hace en la nota titulada «Los desvaríos del poder», en la que informa: «En Mendoza sólo hay 1% de indigencia según el Indec, no importa si los chicos faltan a la escuela o se portan mal y se insiste con cambiar la Constitución por una votación de 2001». Los desvaríos del poder - Diario Los Andes

La nota completa:

Tiempos raros estos que atraviesan Argentina y Mendoza. Pareciera que no hay buena noticia que pueda opacar a las malas nuevas que se empeñan en azotarnos. La preocupación constante por lo que falta nos enceguece, incluso a los gobernantes: Francisco Pérez está obsesionado con buscar un parche que tape el agujero que dejó la brasileña Vale en su fuga del proyecto de Potasio Río Colorado, y tan ocupado está en esos menesteres que no ha tenido tiempo de festejar, entre viaje y viaje, que en Mendoza hay sólo 1 por ciento de indigencia.

Con estos datos en las manos, el Gobernador, un convencido kirchnerista si los hay, podría haber anunciado públicamente el triunfo del proyecto «nacional y popular» que dice encarnar Cristina Kirchner.

¿Qué otra reacción hubiera cabido si Mendoza queda a un pequeño paso de lograr la utopía eterna de toda revolución: erradicar el hambre y la miseria? Tal vez por eso, no hay datos actuales sobre desnutrición infantil.

Pero Pérez, muy afecto a los titulares de los medios y muy reacio a las preguntas de los periodistas, pasó por alto la ocasión. Y eso que él es de los pocos que dice creer en las cifras del Indec (no como el ministro de Economía, Hernán Lorenzino).

De no ser así, no habría eliminado la medición provincial de la variación de los precios al consumidor, o sea la inflación, a pocos meses de asumir, para descansar en los índices que informa el organismo nacional.

Está claro que mucho más para festejar tiene el gobernador riojano Beder Herrera, aunque extrañamente tampoco lo hizo. En su provincia ya se logró la meta: no hay indigencia, según los datos difundidos el pasado miércoles, y eso que se extinguió la promoción industrial. No muy lejos de lograrlo están Jujuy (0,2%) y Tucumán (0,3%).

Aquel Norte pobre, del que siempre las provincias ricas se compadecieron, parece haber quedado atrás. Todo gracias al «modelo» y en sólo diez años. Pero algo maldito deben tener esos números que hasta a la Presidenta se le pasó por alto anunciarlos con bombos y platillos desde algún atril de la Casa Rosada.

El colmo del desvarío son las decisiones tomadas por la Dirección General de Escuelas, alineada con directivas nacionales: no habrá más repetidores en primer grado, se eliminan las amonestaciones y nadie quedará libre por exceso de faltas. Es decir, no importa si los chicos estudian, si se portan mal o si no van a clases.

Nadie pagará. Según María Inés Abrile de Vollmer, esto se trata de algo que definió como «calidad inclusiva». A simple vista, es más de lo segundo que de lo primero. Pero también es el blanqueo de bajadas de línea que se vienen haciendo a los docentes hace años.

Lo cierto es que si la escuela no mejora sus contenidos, no actualiza su método de enseñanza y no exige, difícilmente tenga calidad. Nada de esto se está haciendo. Entonces la equidad tan proclamada por este gobierno no es más que un discurso vacío y la realidad es que los que más tienen se diferencian cada día más de los que menos tienen, que ven así reducidas sus posibilidades de crecer en el futuro. Con ello se reducen las posibilidades de progresar de la sociedad y el país.

Extraño esto en un gobierno peronista, cuando uno de los méritos que nadie puede discutir al primer peronismo fue la «democratización» (palabra tan usada por estos días) de la educación. La escuela pública a partir de los ´50 no sólo contuvo, sino que atrajo a muchos más estudiantes sin bajar su nivel ni su exigencia y ayudó incluso a acceder a la universidad a hijos de obreros, contratistas y pequeños comerciantes, que hasta poco antes debían resignarse, como sus padres, a no terminar la primaria y trabajar desde muy chicos.

Esa educación fue protagonista del mayor proceso de movilidad social ascendente que tuvo el país. Las de ahora son políticas más propias del menemismo, justamente el disparador de un proceso de movilidad social descendente que ha marcado a fuego a nuestra sociedad.

Los objetivos incumplidos

El miércoles, Pérez irá a la Legislatura a rendir cuentas de lo que hizo en el último año y a anunciar sus objetivos para los doce meses siguientes. Pero llegará con un déficit: ninguno de los tres ejes centrales de su discurso anterior a la Asamblea Legislativa se ha cumplido.

Las reformas constitucional y política quedaron presas de las mezquindades políticas propias y ajenas. La expropiación de tierras a deudores de Irrigación, quizá su anuncio más sorprendente, quedó varado por las inconsistencias jurídicas del proyecto.

Esta distancia entre lo que anuncia y lo que efectivamente se hace, le quita peso a un discurso ajeno a la mayoría de los mendocinos y que se pierde en la tediosa enumeración de obras de envergadura municipal, sin mención de las dificultades reales de la provincia y sus causas.

Porque si el Gobernador habla de Vale, seguramente cargará todas las culpas en la minera brasileña (a la que hasta hace tres meses no se le hacían reproches) y olvidará las culpas propias, porque ya sabemos que un buen kirchnerista no habla de inflación. ¿O acaso se animará a decir que el alza de costos en dólares complica las inversiones extranjeras en el país y las exportaciones locales?

Pero tal vez el mayor déficit sea la falta de un proyecto de provincia, una revolución real y no discursiva, que provoque un salto cualitativo en la vida de los mendocinos. Esa falta de un plan superior la admiten con dolor algunos funcionarios que no se dejan engañar por los brillos del poder y que han acompañado su devota militancia con un estudio profundo de algunas áreas del Estado. Pero esto no es culpa sólo de Pérez. Tiene un vicegobernador, Carlos Ciurca, y un gabinete que parecen no aportar mucho para avanzar en la gestión.

Cuando se consulta en el Gobierno cuál es el gran proyecto de Pérez, se repite que es la reforma de la Constitución, una obsesión que cree lo pondrá en el bronce, como si tal cambio fuera a cambiar la vida automáticamente a los mendocinos. Tan empecinado está que, como la oposición no aprueba su proyecto de reforma en la Legislatura, piensa seriamente en convocar a la elección de convencionales constituyentes, salteándose dos pasos y aferrándose a aquella consulta popular que hizo Roberto Iglesias en 2001 y que no alcanzó los votos mínimos exigidos por la Corte. En esto no está solo: lo acompaña, convencido, Ciurca.

Mientras tanto, no hay grandes obras a la vista (porque la Provincia no tiene plata y depende de fondos nacionales que nunca llegan), ni una ampliación del horizonte productivo provincial, ni doble turno en los consultorios de los hospitales, ni incorporación real de las nuevas tecnologías al aula (no sólo netbooks entregadas sin un fin educativo claro).

Pérez no ha definido aún qué hacer con la Convención Constituyente por temor al efecto que pueda tener en la ciudadanía. A su lado hay quienes le dicen que avance y también quienes la aconsejan que no lo haga.

Él cree que sería también una forma de ganar la elección legislativa de octubre: en las listas de convencionales constituyentes irían los intendentes del peronismo para arrastrar votos en sus territorios y compensar el peso electoral del radical Julio Cobos, a quien todas las encuestas dan como ganador.

Pero esos intendentes parece que han puesto objeciones al Gobernador e insisten en que se debata en la Legislatura el plan oficialista y no se avance con el que tenía el radicalismo hace más de una década. Por eso, justicialistas y opositores esperan una pronta definición y algunos se esperanzan con que eso ocurra el miércoles.

¿Qué hará Pérez? Oficialistas y opositores lo saben imprevisible, pero hay algo que está claro: él va a tomar la decisión en base a sus convicciones y mientras más resistencias tenga su idea más va a defenderla. Una vieja anécdota, de mucho antes de que ocupara su actual cargo, tal vez sirva para entenderlo mejor.

Era domingo al mediodía y almorzaba en la casa de uno de sus mejores amigos junto a otras familias invitadas. Entre bocado y bocado, la charla terminó girando hacia la política, como pasa casi siempre, y la discusión con otro comensal, antiperonista él, fue subiendo de tono cada vez más. Pérez no se movió ni un centímetro de su postura y, ya furioso, se paró y empezó a cantar la marchita peronista a viva voz. La discusión había terminado.

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