A 50 años del asesinato del obispo y los mártires riojanos, el sacerdote que vivió aquellos años en primera persona recuerda la «orfandad» tras los crímenes y traza un duro paralelismo con la actualidad: «Hoy el agua vale más que el oro, y se la sigue negociando al margen de los pobres».
La Rioja se prepara para un año de memoria y reflexión. Al cumplirse medio siglo del martirio de monseñor Enrique Angelelli, los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville, y el laico Wenceslao Pedernera, el padre Gonzalo Llorente rompió el silencio para recordar aquellos años de plomo. En un testimonio conmovedor, el sacerdote —quien llegó a la provincia en 1974 siendo un joven estudiante porteño de 19 años— describió la violencia de la época, reivindicó la iglesia «de puertas abiertas» del Concilio Vaticano II y lanzó una fuerte crítica a la situación social actual, vinculando el legado de los mártires con la lucha por el agua y contra la megaminería.
«La memoria de nuestros mártires es un regalo incómodo», definió Llorente, citando a un teólogo para explicar la vigencia del mensaje de Angelelli. Para el cura, la figura del obispo asesinado no es una estampa del pasado, sino un «signo de contradicción» que persiste en la sociedad riojana. «Todavía nos cuesta asumir este regalo. Sigue la sospecha», admitió, cuestionando la superficialidad con la que a veces se abordan estas fechas.
Una Iglesia de «aire fresco» y la llegada del terror
Llorente recordó su arribo a La Rioja invitado por su hermana, una religiosa que colaboraba estrechamente con el obispado. El contraste con su Buenos Aires natal fue inmediato. Se encontró con una iglesia «de puertas y ventanas abiertas, de aire fresco», que bajo el pastoreo de Angelelli se había encarnado en los problemas de su pueblo. «Monseñor descubrió una postergación y un atropello al pueblo riojano. Una provincia empobrecida con mucho éxodo», relató.
El sacerdote rememoró el trabajo en la «Parcela de la Buena Estrella», un proyecto cooperativo agrícola donde compartió la vida cotidiana con Wenceslao Pedernera y otros militantes rurales. Sin embargo, hacia finales de 1975, el clima cambió drásticamente. «La persecución cada vez era más cruda. Ya se empezaban a detener gente, militantes de iglesia y catequistas», señaló.
El asesinato de los cuatro referentes religiosos en 1976 marcó un quiebre emocional que Llorente describió con una sola palabra: «Orfandad». Al enterarse de los crímenes desde Buenos Aires, donde había regresado por seguridad a pedido de sus padres, el sentimiento fue devastador. «Nos mataron un padre, un pastor que nos cobijaba en un proyecto de Iglesia. Uno se preguntaba: ¿cómo puede ser tanta violencia?», confesó.
«El agua vale más que el oro»
Lejos de quedarse en la nostalgia, Llorente conectó las luchas de los años 70 con los conflictos socioambientales del presente. Recordó que Angelelli ya planteaba en sus poesías y homilías que «el agua es para todos», un reclamo que hoy resuena con fuerza en las asambleas ciudadanas de La Rioja, Mendoza y Catamarca.
«Hoy tenemos poblaciones enteras que siguen reclamando el agua como un derecho humano, para que esté a disposición de las personas y no de las corporaciones mineras», disparó el sacerdote. En una crítica directa a la gestión de los recursos naturales, denunció los «negociados al margen de los pobres» y sentenció: «Tanta agua que se tira para sacar oro, que no se puede beber. El agua vale más que el oro, eso es seguro».
Un jubileo para el «Nunca Más»
De cara al jubileo convocado por el actual obispo Dante Braida para el próximo año, Llorente instó a realizar una «memoria agradecida» pero también activa. El objetivo, según sus palabras, no es solo celebrar el testimonio de entrega de Angelelli y sus compañeros, sino reafirmar el compromiso democrático.
«Vamos a hacer memoria del Nunca Más. Que no nos pase más este atropello de querer exterminar al que piensa distinto», concluyó, llamando a recuperar el sueño de una «patria de hermanos» donde la justicia social no sea una utopía perseguida.





