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Boom de consumo cárnico: el cerdo y el pollo marcan récords mientras la carne vacuna resiste el salto de precios

Con un promedio de 116,4 kilos por habitante, Argentina cerró 2025 con el nivel de ingesta de proteínas más alto de los últimos cinco años. La brecha de costos entre el mostrador y la inflación aceleró la diversificación de la dieta.

En un escenario de reconfiguración de la mesa de los argentinos, la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca confirmó que el consumo total de carnes trepó un 3,85% interanual durante 2025. El dato no es menor para la Casa Rosada: el indicador alcanzó los 116,4 kilos per cápita, consolidando una serie histórica que supera los registros de la post-pandemia y marca un hito en la diversificación proteica.

El fenómeno responde a una dinámica de precios quirúrgica. Mientras que los cortes vacunos acumularon subas que, en casos como el cuadril o la paleta, rozaron el 72% anual —superando ampliamente la inflación general—, el pollo y el cerdo funcionaron como el dique de contención para el bolsillo. La carne aviar, con un incremento apenas superior al 19%, se consolidó como la opción más competitiva, permitiendo que el consumo global no solo se mantuviera, sino que creciera.


Radiografía del consumo: El avance de las alternativas

La hegemonía de la vaca, aunque sigue siendo el pilar cultural con 49,92 kg por persona, convive ahora con un sector porcino que anotó su decimoquinto año de crecimiento consecutivo.

CategoríaConsumo 2024 (kg)Consumo 2025 (kg)Variación (%)
Carne Bovina48,4949,92+2,94%
Carne Porcina17,4218,89+8,44%
Carne Aviar46,2547,68+3,07%
Total112,16116,40+3,85%

El salto del 8,44% en el cerdo es la clave del informe oficial. El sector porcino no solo aumentó su faena a más de 8,5 millones de cabezas, sino que logró que sus cortes y chacinados se integren de forma definitiva en el consumo cotidiano, dejando de ser un sustituto ocasional para las fiestas.

Exportación vs. Mercado Interno

La paradoja del 2025 fue que, a pesar de la suba del consumo doméstico, la producción de carne vacuna no mostró una expansión equivalente. La mayor demanda interna se cubrió, en parte, con un redireccionamiento estratégico de las ventas externas. Si bien las exportaciones bovinas cayeron cerca de un 12% en volumen, la facturación creció un 24% gracias a los altos precios internacionales y al foco en cortes de mayor valor para mercados como Europa e Israel.

«Se llegó al objetivo de sostener el abastecimiento interno en un año de márgenes históricos para la ganadería, donde el mercado externo traccionó precios pero la oferta de pollo y cerdo evitó un desabastecimiento en las góndolas locales», señalaron analistas del sector.

Este equilibrio permitió que el Gobierno celebre los números como una victoria de la «competitividad y desregulación», mientras que el mostrador de las carnicerías operó como el termómetro real de un cambio de hábito que parece ser estructural: la Argentina ya no es solo «vacuno-dependiente», sino un consumidor multicausal de proteínas.

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