Mientras el kirchnerismo pierde sus mayorías históricas en el Congreso y retrocede hacia los ministerios bonaerenses, el gobernador riojano busca erigirse como referente de la renovación tras el fracaso de los «Chachos» y su olvidada promesa de renuncia.
La noche del 14 de abril de 1912, mientras el Titanic pasaba sus últimos minutos a flote y los pasajeros buscaban desesperados los botes salvavidas, la pequeña orquesta del barco decidió seguir tocando. Fiel a esa misma lógica, el peronismo de hoy sobreactúa normalidad y disimula la crisis, pero en el fondo sabe que el derrumbe estructural es inevitable.
En este escenario de naufragio nacional, el ecosistema opositor exhibe dos caras de una misma moneda: en Buenos Aires, el repliegue táctico hacia los fondos estatales; y en el interior, La Rioja como el laboratorio de una resistencia que choca de frente contra la realidad.
El «modelo riojano» y los fantasmas del pasado
Que hoy el gobernador Ricardo Quintela intente posicionarse como uno de los referentes de la renovación peronista habla del gigantesco divorcio que la dirigencia mantiene con el termómetro de la sociedad argentina.
El mandatario provincial, que apela de manera recurrente a los viejos fantasmas destituyentes, es el mismo que prometió públicamente que renunciaría a la gobernación si Javier Milei llegaba a la Presidencia. Dos años después, optó por la amnesia política frente a aquella promesa.
Pero el síntoma más claro de la intemperie política que atraviesa el peronismo riojano fue la aventura de las cuasimonedas. Acorralado por la falta de fondos y en abierta confrontación con la Casa Rosada, Quintela decidió emitir los Bonos de Cancelación de Deuda (BOCADE), popularmente conocidos como «Chachos». Lo que desde el oficialismo provincial y sectores del kirchnerismo duro se vendió como una gesta de soberanía financiera (celebrada en redes por figuras mediáticas afines), terminó en un abrupto final: apenas tres meses después de su lanzamiento, la provincia debió discontinuar la cuasimoneda por su ineficacia para sostener el consumo real.
El refugio bonaerense y el «fondo de la olla»
La soledad de la estrategia riojana se entiende al mirar el panorama nacional. El peronismo, un partido que históricamente fue una máquina de acumular y ejercer poder, hoy es una maquinaria de perder elecciones y bancas.
Perdieron el control del Senado (quedándose sin autoridades por primera vez desde 1983), ceden terreno en Diputados y acaban de sufrir derrotas legislativas históricas en menos de 48 horas: la caída de la ley de glaciares, la aprobación del régimen penal juvenil y la estocada final de la reforma laboral.
Ante la pérdida de la hegemonía parlamentaria, el kirchnerismo asume la derrota y se refugia en «las cajas» de Axel Kicillof para sobrevivir. La Cámpora ya controla áreas clave en la Provincia de Buenos Aires (Justicia, Salud, Ambiente, el Instituto Cultural y el IOMA), administrando presupuestos multimillonarios que funcionan como el último bote salvavidas de la estructura militante.
Mientras tanto, en la superestructura, la desesperación genera alianzas impensadas. En lo que parece ser el fondo de la olla de la política, Cristina Kirchner volvió a recibir en su departamento a Miguel Ángel Pichetto (quien supo ser menemista, duhaldista, macrista y ahora retorna al redil), mientras Máximo Kirchner se abraza con el líder de ATE, Rodolfo Aguiar, y sectores del progresismo piden sumar a la trotskista Myriam Bregman. Una mezcolanza idéntica a la que originó el fallido Frente de Todos en 2019.
La impotencia como síntoma
Con la ex vicepresidenta recluida, un expresidente asediado por causas de violencia y corrupción, y apenas siete gobernadores propios sobre veinticuatro, la angustia del peronismo se traduce en una retórica cada vez más radicalizada.
Mientras Kicillof ensaya un operativo de moderación que se rompe cada vez que suelta insultos contra el Presidente en público, dirigentes como Quintela agitan el caos institucional. Olvidan, en el camino, la pesada herencia que dejaron: una deuda multimillonaria por YPF, inflación de tres dígitos y un Banco Central quebrado.
Hoy, el peronismo ya no discute expansión, sino supervivencia. Cuando un movimiento que se pensó hegemónico comienza a contar los votos legislativos de a uno y a emitir billetes sin respaldo en provincias aisladas, ya no está planificando su retorno al poder; simplemente está tratando de no irse al descenso.





