El gobernador de La Rioja transita sus últimos meses de gestión apurando cambios intempestivos de gabinete y agitando el conflicto social. Sin embargo, detrás del ruido político y la retórica combativa, Fabián Blanco asume la cartera económica con una caja vacía, la obra pública paralizada y un mensaje de auxilio urgente dirigido a la Casa Rosada.
El final de mandato en La Rioja empieza a tomar la forma de una retirada ruidosa. Con la certeza de que los meses se agotan, el gobernador Ricardo Quintela parece haber decidido «tirar el mantel» de la política provincial: sacude su gabinete, agita advertencias contra financieras informales y deja un tendal de frentes abiertos. Sin embargo, la puesta en escena del mandatario choca de frente con la cruda realidad de la caja. Mientras Quintela desordena la salida, su flamante ministro de Hacienda, Fabián Blanco, asumió con una misión diametralmente opuesta y urgente: tragar saliva, sincerar la crisis y rogar que se abra un canal de diálogo con el gobierno de Javier Milei.
La caja vacía y el ruego a Balcarce 50
Blanco, conocedor de los pasillos de Hacienda tras su paso como Secretario, no tuvo margen para la épica en su asunción. El diagnóstico que trazó dejó en evidencia que, más allá de las maniobras políticas del gobernador, el margen de supervivencia financiera de la provincia es nulo sin el auxilio nacional.
Lejos de los discursos encendidos, el nuevo ministro blanqueó que La Rioja está de rodillas ante la recesión y la caída de la recaudación:
- Desplome de fondos: «En el primer bimestre recibimos una baja importante en fondos de coparticipación, y marzo-abril no será la excepción», advirtió Blanco, anticipando meses de extrema dureza.
- Aumentos bajo la lupa: Ante el reclamo salarial, el ministro enfrió expectativas. Explicó que cada peso se proyecta y que, desde Nación, el monitoreo es constante. «Tenemos la obligación de encuadrar el pedido del Gobernador en algo que se pueda responder de manera prudente», avisó.
- El fin de la obra pública: Blanco sepultó cualquier esperanza de grandes inauguraciones. «Los recursos no los tenemos, el punto de compensación sigue sin enviarse», sentenció, confirmando que apenas se dará una «lenta continuidad» a algunas viviendas.
La conclusión del ministro fue un mensaje de rendición práctica ante la Nación: «Agotamos todas las instancias, esperamos tener eco y estamos abiertos al diálogo». Un puente de plata indispensable para evitar el colapso, justo cuando el jefe provincial eleva el tono.
El caos social y el «síndrome del mantel tirado»
Mientras Hacienda hace cuentas de supervivencia, Quintela optó por exacerbar el microclima provincial. Durante la misma jura de Blanco, el mandatario expuso la dramática situación de los empleados públicos, a quienes el sueldo se les escurre entre deudas y embargos, cobrando apenas «papeles».
En un intento por mostrar autoridad en pleno desgaste, el Gobernador apuntó contra los prestamistas informales y la usura, a los que acusó de extorsionar a las familias riojanas con quitarles sus motos o casas. «Les pedí a las fuerzas de seguridad que investiguemos quiénes son… si vienen a La Rioja, que vengan a colaborar, no a querer sangrarla», disparó, en referencia a prestamistas de origen extranjero. Una jugada discursiva fuerte que busca desviar la atención de la licuación salarial hacia un enemigo externo.
Oxígeno de última hora: cambios y despedidas
La táctica de retirada de Quintela se completa con una purga interna. Bajo el eufemismo de que «hay etapas que se cumplen», el mandatario anticipó una reestructuración de su equipo que evidencia la necesidad de un blindaje para el tramo final.
«Habrá más cambios con nuevas caras y caras conocidas», anunció, dejando en claro que no hay tiempo para curvas de aprendizaje: «Yo no puedo poner un ministro para que esté 6 meses aprendiendo». En una provincia donde el Estado es el motor casi exclusivo de la economía, los ejes de este «nuevo proceso» se achicarán a la mera administración de la crisis: salud, educación y seguridad.
La Rioja se asoma a una transición esquizofrénica. Por un lado, un gobernador que asume su salida moviendo fichas bruscas y endureciendo el relato doméstico; por el otro, un ministro de Hacienda que revisa los números rojos y sabe que, si no logran sentarse a negociar con la Casa Rosada, el mantel que acaba de tirar Quintela arrastrará la poca vajilla que queda en la provincia.





