Mientras el gobierno se debate entre el extremismo y la institucionalidad, el presidente de la Cámara busca construir una narrativa alternativa: la del político que no vive de la política y que mantiene sus raíces en La Rioja
En las antípodas del perfil de político profesional que la Argentina conoce desde hace décadas, Martín Menem se presenta como un empresario que decidió incursionar en política hace apenas cuatro años. Esta caracterización, que emerge con claridad de sus declaraciones recientes, no es meramente autobiográfica: es el andamio conceptual sobre el cual Menem estructura su defensa del gobierno de Javier Milei frente a las críticas que emergen no solo de la oposición, sino también desde el interior de La Libertad Avanza.
La insistencia en que sortea su sueldo como diputado, en que mantiene una empresa con 78 empleados, en que viaja cada quince días a La Rioja para conectar con la realidad del sector privado, responde a una estrategia deliberada de diferenciación. Menem busca establecer una frontera entre quienes «tienen vida» fuera de la política y aquellos que, como reprocha al establishment peronista, sobreviven de cargo en cargo. Es, en cierto sentido, la personificación de los valores que Milei predica: la primacía del sector privado, el rechazo a la dependencia estatal, la productividad como virtud cardinal.
Sin embargo, la claridad de este discurso contrasta notablemente con las ambigüedades que emergen cuando Menem se adentra en cuestiones de estilo político, de manejo de conflictos internos y de sostenibilidad institucional del proyecto que encabeza.
La defensa del extremismo como autenticidad
Cuando se le cuestiona el tono brutal del presidente Milei hacia empresarios, periodistas y políticos opositores, Menem no ofrece matices. Invoca la frase de Bufón: «El estilo es el hombre». Milei, sostiene, es genuino. No caretea. Y esta autenticidad, en su lectura, es lo que le confiere legitimidad política. «El día que veas un Javier este distinto perdió su esencia», afirma con una certeza que cierra más que abre el debate.
Este argumento presenta un problema conceptual profundo. Primero, porque asume que la autenticidad es, por definición, virtuosa en política. Una proposición que la historia política argentina desmienta constantemente: los autoritarios también suelen ser auténticos en su brutalidad. Segundo, porque sitúa la cuestión del tono presidencial como asunto de preferencia estilística, cuando en realidad afecta la sostenibilidad institucional del proyecto.
Menem, al interrogársele si las descalificaciones permanentes hacia empresarios, periodistas y políticos que no convergen con la línea oficial no generan una acumulación de resentimiento que eventualmente cobrará su precio, responde con una tautología: si es el estilo de Milei, entonces es correcto. Y si alguien no lo acepta, «que se la banque». No hay ahí reflexión sobre los costos políticos a mediano y largo plazo de una estrategia que, como advierte quien lo entrevista, genera «comportamiento como si no hubiera mañana».
La tensión entre el pragmatismo territorial y el radicalismo ideológico
Aquí reside quizás la contradicción más reveladora en el pensamiento de Menem. Por un lado, reivindica constantemente su rol como articulador territorial, como quien conoce provincia por provincia cómo se estructura La Libertad Avanza, como quien mantiene diálogo con diputados de diversas tendencias internas. Por el otro, cuando se trata de zanjar diferencias políticas sustantivas, recurre a la pureza ideológica como criterio excluyente.
Menem sostiene que los que no se alinean con la cosmovisión liberal están «ideológicamente a 150,000 km». Que los peronistas que hablaron del equilibrio fiscal durante gobiernos anteriores no tienen autoridad moral para criticar. Que confrontar ideas que «fracasaron» es como discutir la ley de gravedad. La lógica es binaria: o aceptas el liberalismo de Milei, o estás del lado del «huevo de la serpiente», como denomina al gobierno de Néstor Kirchner.
Esta rigidez conceptual entra en tensión con su autopresentación como constructor de puentes institucionales. No se puede simultáneamente afirmar que se cultiva el diálogo con rivales ideológicos y asegurar que esos rivales carecen de legitimidad para opinar sobre política económica. La primera afirmación requiere cierta magnanimidad; la segunda demanda la cancelación de todo lo que no converge con la propia cosmovisión.
La cuestión de la sostenibilidad
El punto más vulnerable de la argumentación de Menem emerge cuando se le pregunta sobre la posibilidad de que el ruido mediático, las operaciones políticas internas y los ataques permanentes impacten en las expectativas económicas y, consecuentemente, en los resultados electorales de 2027. Su respuesta remite nuevamente a la pureza de la gestión: si «la política se deja de [ __ ]», la inflación bajaría, el crecimiento se aceleraría, todo funcionaría.
Pero esta propuesta contiene una petición de principio. ¿Cómo una política radical que descalifica permanentemente a sectores empresariales, sindicales y políticos puede, simultáneamente, esperar que esos sectores se abstengan de «joder»? Si los empresarios protegidos sienten atacados; si los sindicalistas perciben una amenaza existencial a su rol; si los políticos tradicionales ven perder poder, ¿no es acaso previsible que resistan?
Menem asume que la responsabilidad del «microclima complejo» es enteramente de la oposición y los «medios de comunicación financiados». Pero el gobierno que lidera Milei, y que Menem defiende, ha adoptado una estrategia comunicacional que, deliberadamente, genera conflicto permanente. No es que la oposición y los medios decidan operar contra el gobierno: el gobierno ha tomado la decisión de confrontar de manera permanente con prácticamente todos los actores políticos, empresariales y mediáticos que no convergen con su línea.
La pregunta que Menem no contesta es si esa estrategia es sostenible indefinidamente. Particularmente cuando el gobierno necesita pasar leyes en el Congreso, cuando la inflación sigue siendo superior a los niveles que se consideraban alcanzables, cuando los salarios reales siguen perdiendo contra los precios, y cuando el desánimo se instala en amplios sectores de la población.
La Rioja como narrativa de arraigo
Precisamente porque estas contradicciones emergen en su defensa del gobierno nacional, la insistencia de Menem en La Rioja adquiere una significación particular. Al reivindicar que La Libertad Avanza «nace» como partido de distrito en La Rioja, al mencionar regularmente que viaja cada quince días a la provincia, al recordar que sortea su sueldo entre «la gente de La Rioja», Menem construye una narrativa de arraigo y continuidad.
Es, en cierto sentido, una apelación a la legitimidad local frente a las críticas que enfrenta nacionalmente. La Rioja, en este relato, es la prueba de que el proyecto tiene raíces reales, que no es fruto de operaciones mediáticas o movimientos digitales sin substancia territorial. La presencia física, el emprendimiento que mantiene, la pareja que tiene en la provincia, funcionan como anclas de autenticidad.
Pero esta narrativa también revela una inquietud implícita. Si un político líder en Buenos Aires necesita recurrir constantemente a su provincia de origen para reafirmar su legitimidad, es quizás señal de que la construcción política a nivel nacional enfrenta fragilidades que el discurso de pureza ideológica no logra resolver.
El dilema de la institucionalidad sin consenso
Hacia el final de la entrevista, cuando se le pregunta si confía en la justicia argentina, Menem responde que debe confiar porque de lo contrario, ¿para qué defender la Constitución y la división de poderes? Es una respuesta que destila cierta desesperación conceptual. No se confía en las instituciones porque éstas sean confiables; se confía porque el sistema no tiene alternativa.
Este punto resume quizás el dilema más profundo al que se enfrenta el gobierno de Milei, y que Menem encarna sin poder resolverlo: ¿cómo construir un orden liberal institucional sin consenso político básico sobre las reglas del juego? ¿Cómo defender la Constitución si los actores políticos permanentemente se sienten atacados por quienes la invocan? ¿Cómo lograr que la oposición acepte sus derrotas electorales si la mayoría de los actores políticos y económicos perciben que sus intereses están bajo amenaza permanente?
Menem no responde estas preguntas. Apenas constata que deben ser así, que el sistema requiere de la fe en las instituciones, que la alternativa es el caos. Es, probablemente, una visión correcta sobre lo que la democracia requiere. Pero es también una visión que no aborda cómo se construye esa fe cuando la estrategia política de quien lidera el gobierno consiste, de manera sistemática, en socavarla.
Conclusión: el empresario sin salida política
Martín Menem representa un tipo de político que la Argentina necesita en cierto sentido: alguien con experiencia en el sector privado, que no vive de la política, que mantiene arraigo territorial. Pero las respuestas que ofrece a los dilemas políticos contemporáneos sugieren que la experiencia empresarial no es suficiente para resolver problemas que son, en esencia, políticos.
Su defensa del gobierno se sostiene sobre una fe cuasi religiosa en los principios liberales y en la autenticidad de Milei como portavoz de esos principios. Pero opera con indiferencia respecto de la pregunta central que enfrenta la Argentina: ¿cómo puede una democracia funcionar si la mayoría de los actores políticos perciben que sus intereses, sus valores y sus derechos están siendo atacados sistemáticamente?
Menem, el hombre que viaja cada quince días a La Rioja para mantener los pies en la tierra, ofrece respuestas que suenen a puro aire: fe en las instituciones, confianza en que si la política «se deja de joder» todo funcionará, autenticidad como equivalente de virtud política. Son respuestas que podrán mantener viva la coalición libertaria en el corto plazo. Pero la pregunta de si serán suficientes para construir una mayoría electoral en 2027, en un país donde la inflación sigue siendo un problema real y donde el desánimo se instala en amplios sectores, permanece abierta. Y Menem, a pesar de su pragmatismo empresarial, no ofrece una respuesta política convincente a esa pregunta.