Ernesto Pérez, ministro de Producción y miembro del círculo íntimo del gobernador, apuntó contra Martín Menem acusándolo de querer restaurar un sistema de negocios para el entorno de su padre. Entre críticas a la gestión de los 90, amenazó con usar la mayoría legislativa para bloquear a la Nación.
La batalla política en La Rioja ha encontrado en el revisionismo histórico su nueva trinchera. El oficialismo provincial, encarnado en la figura del ministro de Producción Ernesto Pérez, lanzó una virulenta ofensiva contra el apellido Menem, buscando asociar al actual presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, con los supuestos vicios de la gestión de su padre, el exsenador Eduardo Menem. La estrategia del quintelismo es clara: contrastar el «Estado presente» actual con una narrativa de los años 90 teñida de «apagones» y beneficios para «amigos».
Pérez, quien no es un funcionario raso sino una pieza clave del esquema de poder familiar —es esposo de Karina Becerra, sobrina del gobernador Ricardo Quintela y presidenta del Tribunal Superior de Justicia—, utilizó las redes sociales para cargar las tintas contra el legado menemista. Su objetivo fue desarticular las críticas libertarias a la empresa estatal de energía (Edelar) y a los parques recreativos, atribuyendo los cuestionamientos de La Libertad Avanza a un resentimiento de clase política desplazada.
El fantasma de «Eduardo» y los apagones
El eje del ataque consistió en personalizar la crisis energética y el manejo de los servicios públicos en la figura de Eduardo Menem. «El sistema eléctrico de Milei es el que nos heredó el tiempo de los Menem con Edelar, del que estamos saliendo y al que Martín Menem quiere volver: al de los amigos de Eduardo gestionando los apagones», disparó Pérez, vinculando directamente al titular de Diputados con un pasado de ineficiencia privada.
Para el ministro, la insistencia de la oposición en criticar el modelo estatista riojano responde a la pérdida de privilegios de aquel entorno. «En tiempo de los Menem los amigos de Eduardo tenían la energía. Ahora es del pueblo de La Rioja», sentenció, trazando una línea divisoria moral y administrativa. La acusación fue más allá, sugiriendo que durante aquella época se boicoteó el desarrollo para favorecer negocios particulares: «Por eso defaultearon los compromisos con La Rioja, para que el modelo de desarrollo renovable se detenga».
Martín Menem, el blanco de la «resistencia»
La diatriba de Pérez busca esmerilar la figura de Martín Menem en su propio territorio, presentándolo no como lo nuevo, sino como la restauración de un orden prebendario. «En la época de los Menem no había parques acuáticos ni empresas estatales, todo era de los amigos de Eduardo. Es por eso que desacreditan a las empresas estatales, es por eso que están tan enojados con los riojanos», insistió el funcionario.
El mensaje subyacente es que la crítica libertaria al gasto público provincial —frecuentemente apuntada hacia las empresas del Estado como Edelar o los parques recreativos— no es técnica, sino que busca recuperar cajas perdidas. «Quintela los dignifica y los incentiva a desarrollarse», defendió Pérez, contraponiendo la gestión de su tío político a la «entrega de recursos naturales» que, según él, promueve el RIGI nacional.
Amenaza institucional: «Jugarán nuestras reglas»
El cruce escaló de la chicana histórica a la amenaza de gobernabilidad. Ante el recorte de fondos discrecionales por parte de la Nación, el integrante del «clan» Quintela advirtió que la provincia utilizará su hegemonía absoluta en la Legislatura para resistir el ajuste. «Nosotros vamos a aplicarles el brutal número de la cámara y jugarán nuestras reglas», amenazó Pérez.
La frase, cargada de tensión institucional, anticipa un conflicto de poderes donde La Rioja se prepara para ejercer su autonomía al límite, desafiando a la Casa Rosada y a su alfil local, Martín Menem. «No tienen el ‘frente de la esperanza’, no pueden hacer pie. Con el sistema electoral vamos a ganarles», concluyó, dejando en claro que para el quintelismo, la disputa con los Menem no es solo por el pasado, sino por la supervivencia política del futuro.





