El gerente de Aguas Riojanas, Roberto Valle, reveló el dramático escenario que atraviesa la provincia a causa del cambio climático y la sequía. Con napas que descienden más de un metro al año y un consumo que supera la capacidad de recarga natural, las autoridades advierten sobre la necesidad urgente de modificar los hábitos domiciliarios.
La imagen de ríos caudalosos es una utopía en gran parte del territorio riojano. En una provincia marcada por la aridez y el rigor de su clima, el agua potable no es solo un servicio básico, sino un recurso crítico cuya escasez comienza a encender las alarmas a nivel nacional. La crisis hídrica ha dejado de ser una amenaza futura para convertirse en una cruda realidad cotidiana, obligando a replantear por completo la relación de la sociedad con su entorno natural.
Roberto Valle, gerente de Aguas Riojanas, trazó un diagnóstico preocupante sobre la situación que atraviesa la región, impulsada por los efectos irreversibles del cambio climático y sus extremos. En La Rioja, a diferencia de otras provincias de la Argentina, no existen grandes cursos de agua superficiales o caudalosos que se puedan captar, potabilizar y distribuir de forma sencilla; por lo que el abastecimiento depende de un sistema radicalmente distinto y complejo.
El desafío de perforar las entrañas de la tierra
La capital provincial se sostiene principalmente gracias a un importante paquete de perforaciones subterráneas. Sin embargo, la sobreexplotación del recurso ha llevado la ingeniería a límites cada vez más exigentes y costosos. «Perforamos a 350 metros, es ya un costo importante la perforación. Tenemos además la electrodependencia, son bombas muy potentes que necesitan una buena energía para poder funcionar», explicó Valle detallando la infraestructura que sostiene a la ciudad.
El dato más alarmante radica en el comportamiento de los acuíferos subterráneos. Según los monitoreos constantes que realiza la empresa estatal, el nivel del agua está en un franco y peligroso descenso. Las mediciones indican bajas permanentes de entre 50 centímetros y hasta 1,50 metros en la profundidad de las perforaciones. La ecuación, advierten, es letal: «Estamos consumiendo más agua de lo que la naturaleza recarga».
El régimen de lluvias agrava este panorama desolador. En la provincia, las precipitaciones se concentran casi exclusivamente en una estrecha ventana entre los meses de diciembre y febrero, dejando muy poco margen de recarga frente a un consumo desmedido que se sostiene durante los doce meses del año.
La paradoja de la lluvia urbana y el derroche doméstico
Uno de los principales desafíos para las autoridades es concientizar a una población que, en muchas ocasiones, se deja engañar por fenómenos meteorológicos engañosos. Valle ilustró esta situación con un ejemplo contundente sobre la incomprensión de las cuencas hídricas de recarga y lo difícil que fue explicar la escasez durante la crisis hídrica: «Esos tres días que llovieron acá en la ciudad 150 milímetros, cruzaba el túnel que va al dique y no llovía una sola gota».
Ante la imposibilidad fáctica de aumentar la oferta de agua en el corto plazo, la única salida viable es reducir drásticamente la demanda. Desde la entidad se impulsa una fuerte campaña educativa para erradicar el derroche invisible de acciones cotidianas.
El gerente detalló cómo el simple acto de lavarse los dientes con el grifo abierto puede significar un gasto de 80 litros diarios por persona, lo que en una familia tipo de cuatro integrantes representa más de 320 litros de agua potable arrojados directamente a la cloaca. Lo mismo ocurre con las duchas prolongadas, el lavado de vehículos con mangueras o el riego irresponsable de jardines en horarios de alta temperatura. «Si nosotros regamos el pasto, gastamos alrededor de 100 litros solamente por regar esa alfombra verde», advirtió.
Un cambio cultural como única salida
Frente a este escenario de sequía severa, donde incluso el vital acueducto de Sanagasta —que abastece al 30% de la zona alta de la ciudad— llegó a trabajar con menos de la mitad de su capacidad, el pedido gubernamental es abandonar las costumbres que chocan con la geografía local.
Se insta fuertemente a la población a reemplazar el césped por especies de flora autóctona que requieran mínimos volúmenes de riego, a restringir el uso de agua en exteriores a los horarios nocturnos para evitar la evaporación, y a utilizar baldes en vez de mangueras de flujo constante.
La profunda crisis en La Rioja funciona hoy como un laboratorio a cielo abierto y un espejo que anticipa el impacto del estrés hídrico que podría replicarse en otras regiones de la Argentina. La emergencia ha dejado de ser una simple estadística para convertirse en un llamado de atención nacional: el agua no es infinita, y el tiempo para aprender a cuidarla se agota tan rápido como los niveles de las napas.





