El ministro de Economía celebra un incremento de 353% en exportaciones textiles como prueba de competitividad argentina tras la apertura, pero los datos revelan que mientras se vende más materia prima al exterior, la industria opera al 24% de su capacidad, ha perdido 20.000 empleos desde 2023 y las prendas importadas avanzan sobre el mercado interno desfinanciado.
Luis Caputo encontró en las cifras de exportación textil de febrero 2026 la evidencia que buscaba para validar su apuesta por la apertura comercial y el fin de las retenciones a las exportaciones. Las exportaciones de productos textiles crecieron 353 por ciento en volumen y 144 por ciento en valor respecto a febrero de 2025. Los hilados —el segmento que el ministro había calificado explícitamente como potencialmente competitivo— alcanzaron un espectacular incremento de 500 por ciento en volumen y 263 por ciento en valor.
En su defensa de la estrategia desreguladora, Caputo afirmó hace meses: «En hilados, Argentina puede competir tranquilamente porque es algodón y energía, podemos ser súper competitivos». La frase captura la lógica del Ejecutivo: eliminar las trabas que, según su diagnóstico, maniataban a los exportadores. Retenciones, valores de referencia, sistemas de garantía depósito —todos ellos mecanismos de control heredados de gobiernos anteriores— fueron desmantelados. Y en febrero 2026, los números parecieron darle la razón al ministro. Una industria que el Ejecutivo había criticado por «proteccionismo crónico» demostraba que, cuando se le liberaban las restricciones, podía competir.
Pero esta narrativa de triunfo económico oculta una realidad industrial más compleja y, para muchas jurisdicciones argentinas, devastadora. Mientras Caputo celebraba el crecimiento de las ventas externas, la Federación de Industrias Textiles Argentinas (FITA) registraba datos que desmienten la idea de una industria recuperada. El Índice de Producción Industrial textil cayó 23,9 por ciento en enero de 2026, el desplome más profundo desde que comenzó la serie en 2016. La industria general cayó apenas 3,2 por ciento. Los textiles sufrieron una contracción siete veces mayor.
La capacidad instalada del sector operaba al 24 por ciento de su capacidad. Esto significa que siete de cada diez máquinas estaban paradas. Esta tasa de ociosidad sitúa al sector textil entre los más golpeados de la economía argentina, compartiendo el último lugar con la industria automotriz. No es un dato marginal. Refleja una industria en colapso estructural.
El costo social es aún más evidente. Desde fines de 2023, el sector perdió acumuladamente más de 20.000 empleos. Solo en el último año —entre diciembre de 2024 y diciembre de 2025—, la caída fue de 12.000 puestos de trabajo. Esto equivale a destrucción de empleo a ritmo de casi 1.000 personas mensuales perdiendo sus ingresos en una industria que históricamente fue un colchón de empleo en el interior del país, particularmente en provincias como La Rioja, Chaco, Misiones y Entre Ríos.
La paradoja que emerge del análisis detallado de los números es que Caputo tiene razón en un sentido muy restringido, y profundamente equivocado en el sentido que importa. Es cierto que Argentina, con su algodón y su energía, tiene capacidades competitivas en la producción de hilados —insumos básicos textiles—. Pero la naturaleza de esa «competitividad» es fundamentalmente distinta de lo que el ministro sugiere. Según especialistas en comercio exterior, el crecimiento exportador responde principalmente a un «rebote técnico»: la eliminación de retenciones en enero de 2025 liberó exportaciones que estaban reprimidas por las restricciones previas. No fue que Argentina se volvió «súper competitiva» de repente. Fue que dejó de castigar a quien exportaba.
Pero hay más. En febrero de 2026, Argentina importó 12.800 toneladas de productos textiles por US$32 millones y exportó apenas 1.006 toneladas por US$2,5 millones. La proporción es brutal: por cada tonelada que Argentina exportó, importó doce. Esta asimetría no refleja competitividad sino sustitución de producción local por importaciones.
El patrón de lo que se exporta versus lo que se importa revela la verdadera estructura de esta «apertura». Los hilados que Argentina exporta van principalmente a Brasil, Colombia y Uruguay —mercados regionales cercanos—. Las materias primas se venden a China y Pakistán. Los tejidos planos a China y Chile. Pero lo que entra al país son prendas terminadas: ropa confeccionada que desplaza a la producción local. Mientras los insumos industriales como hilados colapsaron más del 35 por ciento en importaciones, las prendas terminadas crecieron 54 por ciento en volumen.
Luciano Galfione, presidente de la fundación Pro Tejer, sintetiza el dilema: «Exportar aparece como una estrategia de supervivencia para colocar el excedente de producción de insumos, luego de un ciclo récord de inversiones». Dicho de otro modo: las fábricas exportan lo poco que producen porque el mercado interno ya no demanda. No es crecimiento. Es triage. Es intentar salvarse de la asfixia vendiendo al exterior lo que no logran colocar adentro.
Diego Dumont, especialista en comercio exterior, articula la crítica política más profunda: «Argentina no está entrando al mundo como industria textil sino como proveedor de insumos. A la región le vendemos lo que no terminamos de industrializar, a Asia le vendemos lo que directamente no procesamos. Podés exportar hilado sin industria, pero no podés desarrollar una economía sin industria».
Esta inserción internacional limitada —donde Argentina vende materias primas y compra prendas terminadas— no es accidental. Refleja decisiones políticas: la apertura sin apoyo a la cadena de valor agregado; la apreciación del tipo de cambio que desestimula la competencia con importaciones; la depresión de la demanda interna derivada del ajuste fiscal que hemos documentado en La Rioja y otras provincias. El Gobierno Nacional redujo transferencias a provincias, contraía el gasto público, deprimía salarios —todo en nombre del «orden fiscal»—. El resultado: mercado interno destrozado, industrias intentando sobrevivir vendiendo al exterior lo que no pueden colocar localmente.
El informe de FITA agrega un dato más: la inversión en maquinaria importada cayó 11 por ciento interanual en el primer bimestre de 2026, totalizando US$22 millones. Las empresas no están apostando al futuro. Están en modo supervivencia. Y cuando una industria entra en ese modo, la recuperación requiere años, no meses.
La afirmación de Caputo —»Todos pueden competir. La diferencia está en que algunos prefieren quejarse porque estaban más cómodos cobrándole caro al consumidor»— es políticamente astuta pero factualmente engañosa. No se trata de industriales cómodos quejándose de la competencia. Se trata de empresas cerrando plantas, despidiendo trabajadores, paralizando máquinas. Se trata de provincias como La Rioja, donde sectores de empleo intensivo se contraen a la vez que reciben menos transferencias del Gobierno Nacional. Se trata de una estrategia fiscal y comercial que sacrifica la capacidad industrial del país en el altar de la «estabilización macroeconómica».
La pregunta que Caputo no responde es por qué, si Argentina es verdaderamente «súper competitiva» en hilados, necesita importar doce toneladas de ropa por cada tonelada de insumos que exporta. La respuesta incómoda: porque no tiene capacidad de industrializar eso que exporta. Porque la apertura sin visión industrial es desindustrialización acelerada. Y porque el costo de esa estrategia —20.000 empleos perdidos, capacidad ociosa, inversión colapsada— se paga en las provincias, donde la industria textil era históricamente un motor de empleo y que ahora ven cómo sus regiones se vacían de capacidad productiva mientras el Gobierno Nacional celebra números que esconden un colapso.





