El sacerdote Miguel La Civita, colaborador de Angelelli, describió el significado de tener cerca de Bergoglio durante los difíciles momentos de la dictadura. Nos cuidó, nos cobijó, remarcó. Miguel La Civita, sacerdote, por Radio Continental
El sacerdote Miguel La Civita fue un fiel colaborador del obispo Enrique Angelelli, cuya trágica desaparición es investigada por la Justicia bajo la sospecha de que fue asesinado por un grupo de tareas. Fue también uno de los que prestó declaración en el juicio por los asesinatos de los sacerdotes Carlos Murias y Gabriel Longueville durante el proceso militar. Pero tiene otra historia que contar, porque no se la contaron, la vivió: «Bergoglio ayudó y sacó a mucha gente del país en la época de la dictadura».
La Civita es el actual cura párroco de Villa Eloísa (pequeña localidad de 4 mil habitantes ubicada a 90 kilómetros de Rosario) estuvo radicado en la provincia de La Rioja hasta hace unos ocho años, cuando tuvo que volver a su pueblo natal para cuidar a su familia.
La Civita estuvo en San Miguel, provincia de Buenos Aires, durante los últimos años de estudio, antes de consagrarse sacerdote y allí conoció a Jorge Bergoglio, con quien convivió dos años cuando el actual Papa estaba a cargo de la misión jesuita.
El sacerdote de Villa Eloísa tuvo protagonismo tiempo atrás por haber prestado declaración en el juicio por los asesinatos de los sacerdotes Carlos Murias y Gabriel Longueville durante la dictadura cívico militar. Dijo en ese entonces que esos crímenes «fueron un tiro por elevación» para el por entonces obispo de La Rioja, Enrique Angelelli, quien luego también fue asesinado.
El 4 de agosto de 1976, Angelelli fue asesinado en un accidente automovilístico provocado, según la carátula de la justicia represiva, pero días antes, en El Chamical, el párroco francés Gabriel Longueville y el sacerdote Carlos de Dios Murias fueron secuestrados y sus cuerpos fusilados aparecieron en un descampado de la ciudad.
La Civita advirtió que él mismo vio cómo el ex arzobispo de Buenos Aires ayudó a irse del país a varias personas que eran perseguidas por los militares.
“Creo que estos son los signos de Dios para darle un aporte a la humanidad”, enfatizó en referencia a la elección del jesuita.
“Estábamos terminando los estudios en La Rioja; compartimos muchas charlas y comidas en tiempos muy difíciles. Siento un gran cariño por lo que él nos brindó: asumió una especie de paternidad sobre nosotros, nos guió, nos cuidó”.
“No puedo opinar de lo que no conozco…hablo de lo que experimenté en este hombre, que nos acompañó en momentos de persecución y cuando perdimos a quien era nuestro padre en la fe, monseñor Angelelli”, aseguró.



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