De domingo a domingo: El riesgo de tener una dirigencia política “pindonga”

“Pindonga” puesto en los labios siempre filosos de la precandidata a vicepresidenta Cristina Kirchner para referirse a los productos elaborados por pymes argentinas lleva a pensar en si lo verdaderamente de ´segunda marca´ no será la dirigencia política argentina.

   Cruzada a cada rato por denuncias de corrupción, pero como nunca en los doce años y medio de kirchnerismo, la dirigencia al más alto nivel pareció estructurar un sistema de coimas de alto calibre destinado a dar sustento material a un modelo político.

   Ya no está aquí para defenderse, pero todo indica que Néstor Kirchner construyó un esquema de corrupción nunca visto en la historia democrática argentina, aún a espaldas de su esposa.

   Las denuncias, que se multiplican a medida que pasan los años, parecen confirmar también que su viuda ni siquiera estaba al tanto de la mayoría de las trapisondas de su marido, reivindicado como paladín de los derechos humanos a pesar de su cuestionado manejo de las formas democráticas y las reglas republicanas.

   Los testaferros dominaron buena parte del relato kirchnerista, a tal punto que se han descubierto fortunas en manos del fallecido secretario presidencial de Néstor Kirchner que pasaron por tantas manos que ahora son difíciles de recuperar.

   Un estudio de técnicos del Conicet estima en US$ 36.000 millones el monto que quienes comandaron el Estado entre 2003 y 2015 acapararon en coimas, en especial durante el período de Néstor Kirchner.

   La proyección, elaborada por los investigadores Ariel Coremberg y Martín Grandes, se basa en el supuesto de que las coimas hayan implicado el 20% de la obra pública, y que ésta haya alcanzado el 3% del Producto Bruto anualmente.

   Pero tal vez lo que más llama la atención es que, a pesar de las denuncias de corrupción, el elector argentino parece adscribir cada vez más al “roban pero hacen”.

   En realidad, parece más indicada la frase “roban pero algo reparten”, para entender el comportamiento del electorado.

   “Con Cristina se robaba pero yo podía comer todos los días”, fue una de las frases que sorprendieron en los ´focus group´ que hicieron algunas consultoras en el conurbano bonaerense profundo.

   El problema entonces no es la corrupción, sino quedar al margen del reparto aunque sea mínimo de la torta que la dirigencia “pindonga” se está robando.

   Así las cosas, las discusiones que se suceden en la Argentina reflejan que lo verdaderamente de segunda es la clase política.

   Con comportamiento de rapiña, algunos dirigentes políticos y sindicales sólo quieren acceder al poder para manejar a su antojo la caja.

   Pasa no sólo en el Estado Nacional, sino también en las provincias, en muchas de las cuales los gobernadores se dedican a promover la “fábrica de crear empleo público”, para acomodar a amigos y familiares, pero también para captar el voto de gran parte de la población a cambio de un empleo público.

   El crecimiento de la maquinaria estatal y el empleo público fue reflejado en tono de comedia por la película italiana ¿Quo vado?, la más taquillera de la historia en su país, que narra las peripecias de un empleado estatal cuyo mundo se derrumba cuando ve que su “puesto fijo” corre riesgo.

   Antes que aceptar una indemnización y buscar otro trabajo, el protagonista acepta varios traslados –al valle de Susa, en el extremo norte, y Lampedusa, la isla más sureña– y finalmente se aviene incluso a trasladarse a Noruega para trabajar como guardián de una estación científica italiana en el Polo Norte.

   Desopilante, si no tuviese tantos puntos de contacto con un estilo de gobernar en la Argentina que parece tener demasiados adeptos.
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El panorama electoral.
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En este escenario controversial, los últimos sondeos arrojan que la dupla “Fernández” sigue al frente de la intención de voto rumbo a las primarias del 11 de agosto.

   Tal vez Cristina Kirchner se esté arrepintiendo de haber impulsado las PASO y logrado su aprobación en el 2009.

   Sin PASO, el binomio del Frente de Todos tendría muchas chances de quedarse con la presidencia en octubre, sea por alcanzar el 45% de los votos positivos, o por superar el 40% con más de diez puntos sobre el segundo.

   Pero al estar las PASO, la mejor encuesta de todas, dos meses antes de las elecciones que valen de verdad, sube el riesgo de derrota de la oposición, y hacia ese objetivo apunta el oficialismo.

   A pesar de los pedidos para levantar las Primarias, Mauricio Macri apostó a seguir adelante con un sistema que costará una millonada y que en la mayoría de los distritos irá con lista única.

   En el Gobierno confían en que cuando el electorado advierta una chance muy probable de que el kirchnerismo regrese al poder, apostará en masa, aunque sea con la nariz tapada, a elegir las listas del oficialismo, por aquello de la elegir al “menos malo”.

   Algunos sondeos ubican a la oposición hasta ocho puntos por arriba del oficialismo, aunque con tendencia a achicar distancias.

   Buena parte de los magros votos que lograrían Roberto Lavagna o José Luis Espert el 11 de agosto irían a parar al bolsillo de Macri en octubre, ante el temor del regreso de Cristina al poder.

   Es el gran problema que afronta la fórmula encabezada por Alberto Fernández, quien aún no logra convencer de que Cristina incidirá poco en la toma de decisiones y él será realmente el Presidente.

   Ambas fuerzas buscarán sumar votos en escenarios esquivos en los pocos días que quedan para las PASO.

   Alberto Fernández apunta a Córdoba y Santa Fe, distritos complicados para el peronismo cuando de presidenciales se trata.

   A través de María Eugenia Vidal, Macri intentará rescatar una porción del electorado en el siempre esquivo conurbano, una provincia dentro de otra que puede volcar cualquier elección.

   Para el oficialismo, aún hay chances de emparejar los votos en las PASO y en octubre lograr darlo vuelta.

   En la oposición creen que la economía y el deterioro de la calidad de vida de la gente harán casi imposible para Macri acceder a un segundo período.

   El juego de Macri se llama “recuperar al desencantado”. El de Alberto Fernández es convencer de que será capaz de gobernar para todos, sin la visión sectaria, uno de los rasgos que más rechazo genera la figura de Cristina.