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El ocaso del poder en La Rioja: Quintela enfrenta el fin de ciclo sin caja, sin reelección y sin un sucesor que garantice la supervivencia

El gobernador pasó de ser el mimado de la gestión de Alberto Fernández a la asfixia financiera de la era Milei; el desgaste de la gestión municipal complica a Armando Molina y la falta de votos propios limita a Gabriela Pedrali, mientras el nerviosismo oficial se traduce en ataques furiosos contra figuras históricas.


Una sensación de vértigo recorre los pasillos de la residencia oficial en La Rioja. Al gobernador Ricardo Quintela se le acaba el tiempo y, con él, la inercia que sostuvo su construcción política. La imposibilidad constitucional de acceder a una reelección opera como una fecha de vencimiento que ya condiciona cada movimiento del oficialismo local. El mandatario experimenta en carne propia el «síndrome del pato rengo», pero agravado por una realidad insoslayable: no tiene un sucesor natural que garantice la continuidad del proyecto.

La angustia que se respira en el entorno del gobernador no es solo por la pérdida del mando, sino por la fragilidad de la estructura que deja. La danza de nombres para la sucesión expone más debilidades que fortalezas. En el bolillero oficialista aparece Gabriela Pedrali, actual diputada nacional. Sin embargo, en el peronismo riojano la sentencia es dura y pragmática: su figura se diluye fuera del círculo íntimo. «Gabriela es la madre de los hijos del gobernador, pero es una candidata de aparato; no tiene votos propios ni tracción territorial para una parada tan difícil», confiesan operadores históricos del PJ provincial.

La otra carta sobre la mesa es el intendente de la Capital, Armando Molina. Si bien su perfil político es alto, su realidad administrativa es un ancla. Molina se encuentra muy golpeado por la gestión municipal, con un deterioro en los servicios que impacta directamente en su imagen. La intendencia, lejos de ser un trampolín, se convirtió en una trinchera de desgaste diario.

Nerviosismo y metralla digital

La falta de opciones claras y la inminencia del declive generaron reacciones intempestivas en el gabinete. El síntoma más evidente de este desorden fue la reciente aparición tuitera del ministro de Producción, Ernesto Pérez. El funcionario encendió una «metralladora de mensajes» contra el exsenador Eduardo Menem, en una embestida que muchos leyeron como una sobreactuación producto de la desesperación.

«Cuando se ataca a los históricos de esa manera, es porque se perdió la brújula del presente; el nerviosismo los lleva a pelear con el pasado porque no pueden resolver el futuro», analizan desde la oposición local, vinculando los exabruptos digitales con la debilidad estructural del quintelismo.

El giro de 180 grados y el fin de la abundancia

El trasfondo de esta crisis política es, inevitablemente, económico. Ricardo Quintela ostenta un récord que hoy se le vuelve en contra: fue el gobernador que más fondos nacionales discrecionales manejó durante la administración del expresidente Alberto Fernández. Esa lluvia de recursos permitió tapar ineficiencias y aceitar la maquinaria clientelar.

Hoy, la realidad es opuesta. Con la llegada de Javier Milei a la Casa Rosada, la relación financiera dio un giro de 180 grados. La «motosierra» nacional dejó al desnudo la dependencia extrema de La Rioja de las arcas federales. Sin los giros extraordinarios, la gestión local cruje.

En las mesas de café del peronismo riojano, donde se cocina la política real, la preocupación mutó en un interrogante existencial que nadie se atreve a responder en voz alta: «¿Qué hará el quintelismo sin caja después de 2027?». La conclusión, cargada de fatalismo, resuena con fuerza: sin el respirador artificial de los fondos públicos y sin un liderazgo de relevo, el sector quizás desaparezca como espacio político, dejando al PJ provincial ante la necesidad de una reinvención total o el riesgo de una larga travesía por el desierto.


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