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Los tiempos cambian, y un padre que castiga puede terminar procesado

Hace unos días, la justicia porteña confirmó el procesamiento, por “lesiones graves”, de un hombre que había zamarreado a su hija hasta fracturarle el brazo. La primera reacción, a juzgar por los comentarios de los foristas a los pies de las notas publicadas en los diarios, es de indignación con el padre. Pero, ¿quién no escuchó decir más de una vez “a mí me educaron con chirlos y tan mal no me fue”; “nadie se murió por un zamarreo”, “a mí me dieron unos cuantos golpes y me hice hombre”; “son tan tremendos que de alguna manera hay que ponerles límites; si no, te pasan por encima”? También es cierto que después surgen las justificaciones, los arrepentimientos y -por ende- las contradicciones. 

En América, según cifras oficiales de Unicef, uno de cada cuatro padres les pega o les ha pegado alguna vez a sus hijos. Por este motivo, la ONU pidió a los países americanos que tomen medidas para que se condene el maltrato, pero con leyes específicas y no generales.

Nuestro país
En Argentina está vigente la Ley N° 26.061 de Protección de la Infancia, que reconoce el derecho de los niños a su dignidad e integridad física, y expresa la prohibición del castigo corporal, aun cuando no provoque lesiones visibles. Además, haciéndose eco de los pedidos internacionales, el artículo 647 del proyecto de modificación del Código Civil hace las especificaciones solicitadas: “Se prohíbe el castigo corporal en cualquiera de sus formas, los malos tratos y cualquier hecho que lesione o menoscabe física o psíquicamente a los niños o adolescentes”. 

Las contradicciones en las que caemos los argentinos quedan patentes en la Encuesta sobre Condiciones de Vida de Niñez y Adolescencia que realizaron en 2011-2012, en conjunto, la Unicef y el Ministerio de Desarrollo social de la Nación. El relevamiento muestra, entre muchos otros datos, que si bien el 86% de los consultados afirma que apela a las explicaciones para corregir una mala conducta, el 22% reconoce haber zamarreado a un hijo, y más del 27%, haberle dado un chirlo. Esos porcentajes son mayores cuando los hijos son pequeños (2 a 5 años)

Los límites
Un chirlo, un tirón de pelo, una cachetada, un grito o un insulto, lejos de contribuir a una crianza sana en la que el niño asuma sus responsabilidades mientras se siente protegido y resguardado, en realidad no son más que formas de violencia, explica la psicóloga tucumana Mariela Álvarez, y afirma que con esta reforma del Código Civil se abre una posibilidad para preguntarnos, replantearnos y reflexionar acerca de si son necesarios los chirlos. 

“Muchas veces confundimos el límite con el castigo. El castigo no es límite. El límite es un instrumento necesario a través del cual vamos ayudando al armado del niño. Es importante ponerle los límites de forma coherente, de un modo que le permita vivenciarlos”, explica Álvarez. “Ser padres es un proceso de aprendizaje y construcción permanente, por lo que sería importante poder preguntarnos acerca de este modo de ser padres naturalizado en nuestra sociedad (el que “pega chirlos”), y animarnos a construir otros modos de ser mamá y papá”, añade. 

Niños, padres y maestros
En su trabajo “El estado mundial de la infancia 2014 en cifras”, la Unicef indica que muchos de los progenitores y cuidadores siguen recurriendo al castigo físico y/o a la agresión psicológica para corregir la mala conducta de los niños, lo que constituye una violación de sus derechos humanos. En este sentido, el abogado defensor de menores Silvio Maza Villalba resalta que siempre hay que tener en cuenta que los chicos son sujetos de derecho; que el padre no “tiene derecho” a golpearlo por ser el progenitor; y que los niños no son propiedad de nadie. 

Julio Sosa Castro es maestro jardinero, pero también padre. Como docente, resalta, le es necesario poner en claro lo que está permitido y lo que no dentro del jardín; enseñarles a los chicos lo que es correcto, hacerles ver en qué se equivocaron, y sobre todas las cosas, no hacerles pasar vergüenza delante de sus pares. Pero que como papá (tiene “por ahora” cuatro hijos”), se le presentan otros desafíos: “no existe un manual que te enseñe a saber qué hacer con tus hijos, cómo educarlos y cómo manejar los sentimientos. Pero creo que siempre es bueno remarcar los errores y hablar con ellos todo el tiempo. No sé si hasta cansarlos, pero que sepan que vos estás ahí siempre”.

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